Waller eleva la presión para que la Fed considere un alza si la inflación repunta

La próxima decisión de la Reserva Federal de Estados Unidos ya no se perfila únicamente como un debate sobre cuánto tiempo mantener sin cambios las tasas de interés. Christopher Waller, uno de los gobernadores con voto en el Comité Federal de Mercado Abierto, afirmó que respaldaría un incremento en la reunión del 15 y 16 de septiembre si los datos confirman que la inflación volvió a acelerarse. Su postura no anticipa una decisión tomada, pero sí modifica el equilibrio del debate: la Fed mantiene abierta la puerta a endurecer de nuevo su política monetaria.

El mensaje central de Waller es condicional y depende de los indicadores de agosto. Si la inflación sigue acercándose al objetivo de 2.0%, consideraría apropiado conservar la tasa oficial en el nivel actual. Pero si los precios muestran una reactivación clara, un alza volvería a estar sobre la mesa. Esa formulación refleja el dilema actual del banco central: actuar demasiado pronto podría frenar innecesariamente la actividad y el empleo; esperar demasiado podría permitir que las presiones inflacionarias se consoliden.

Una mayoría más vigilante ante los precios

Las palabras de Waller adquieren relevancia porque se agregan a las de otros integrantes con derecho a voto. Al menos cinco funcionarios del comité han señalado que estarían dispuestos a subir las tasas si la inflación deja de descender. No se trata todavía de una mayoría explícitamente comprometida con elevar el costo del dinero, pero sí de un grupo suficientemente amplio para cambiar las expectativas de mercados, empresas y consumidores antes de que llegue la reunión.

En julio, tres presidentes regionales de la Fed apoyaron mantener sin variación las tasas. Ese dato ilustra que, hasta entonces, predominaba la cautela frente a un nuevo endurecimiento. Sin embargo, la discusión puede girar con rapidez cuando los responsables de la política monetaria perciben que el descenso de la inflación pierde fuerza. La Fed no necesita esperar a que los precios alcancen otra vez niveles extremos para reaccionar: su función es evitar que las expectativas de inflación se alejen de su objetivo y vuelvan más costoso controlarlas después.

Kevin Warsh, presidente de la Fed, tampoco ha dicho de manera directa que votaría por un alza, pero su diagnóstico apunta en la misma dirección. La semana pasada sostuvo que, si la inflación no baja, el banco central aún tiene “trabajo por hacer”. Más importante aún, cuestionó la idea de que las condiciones financieras sean restrictivas. A su juicio, el aumento de las inversiones y la intensa actividad crediticia sugieren que la economía todavía absorbe el nivel actual de tasas sin una desaceleración suficientemente fuerte.

El dato de agosto será la prueba decisiva

La atención se concentrará ahora en dos publicaciones previas a la reunión: el informe de empleo de agosto y el Índice de Precios al Consumidor. La inflación es el factor que define el giro retórico de varios funcionarios, pero el mercado laboral sigue siendo el segundo mandato de la Fed. Un escenario de precios elevados combinado con contratación sólida reforzaría el argumento de que la demanda mantiene demasiada fuerza. En cambio, una moderación simultánea de inflación y empleo daría razones para prolongar la pausa.

El indicador preferido por la Fed, el índice de precios de los gastos de consumo personal, se ubicó en 3.7% en julio. Aunque fue un leve descenso respecto del máximo de tres años observado en mayo, sigue muy por encima de la meta de 2.0%. La diferencia no es menor: significa que la institución todavía no puede declarar victoria después de más de cinco años sin alcanzar de forma sostenida su objetivo. Para los responsables de la política monetaria, una reducción aislada no basta; necesitan evidencia de una trayectoria consistente.

La experiencia reciente explica esa exigencia. El indicador llegó a 7.2% en 2022 y posteriormente descendió, pero la guerra con Irán y las políticas arancelarias del presidente Donald Trump volvieron a impulsar las presiones sobre los precios este año. Ambos factores tienen capacidad de elevar costos de energía, transporte, insumos y bienes importados. La Fed no controla esas causas directamente, pero sí puede contener la demanda interna para impedir que un choque externo se propague a salarios, servicios y precios más persistentes.

La Fed enfrenta un problema de credibilidad, no solo de porcentajes

Un posible aumento de tasas tendría efectos que irían más allá de la cifra anunciada al final de la reunión. Enc encarecería el crédito para hogares y empresas, afectaría las condiciones de financiamiento y podría enfriar decisiones de inversión. Pero la señal buscada sería igualmente importante: demostrar que la Fed no tolerará una inflación estancada cerca de 4.0% cuando su mandato establece una meta de 2.0%. La política monetaria funciona en parte por esa capacidad de orientar expectativas.

La posición de Waller también revela que la discusión interna dejó de centrarse exclusivamente en cuándo recortar las tasas. La pregunta se ha desplazado hacia si el nivel vigente realmente restringe la economía. Si la inversión y el crédito continúan creciendo con vigor pese a tasas elevadas, la Fed podría concluir que su postura es menos contractiva de lo que aparenta. En ese caso, un alza no sería solo una respuesta al dato mensual de inflación, sino un reconocimiento de que el mecanismo de transmisión monetaria está teniendo un efecto limitado.

Septiembre, por tanto, será una prueba de datos y de interpretación. La Fed deberá decidir si el repunte inflacionario es temporal, vinculado a choques geopolíticos y arancelarios, o si revela una presión más duradera dentro de la economía estadounidense. Waller ha dejado claro cuál sería su umbral de respuesta. Falta saber si los indicadores de agosto ofrecerán la evidencia necesaria para que esa disposición individual se convierta en una decisión colectiva.

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