El nearshoring continúa ocupando un lugar central en la narrativa económica mexicana: la cercanía con Estados Unidos, el marco comercial del T-MEC y una base industrial ya consolidada convierten al país en una alternativa lógica para empresas que buscan reducir su dependencia de Asia. Sin embargo, la oportunidad no equivale automáticamente a una transformación productiva. El estudio Tendencias del Entorno Laboral en México 2026, elaborado por Kelly, introduce una advertencia relevante: la relocalización de operaciones depende menos del anuncio de una inversión que de la capacidad real del territorio para operar con certidumbre, velocidad y personal calificado.
La encuesta, que recoge opiniones de líderes y trabajadores de distintas industrias y funciones, identifica una jerarquía clara de obstáculos. Para 59.33% de los líderes consultados, la infraestructura adecuada y una logística eficiente representan el principal reto. Le sigue la falta de personal especializado, señalada por 48.19%; después aparecen la adaptación a regulaciones y tratados internacionales, con 36.49%, la presión para elevar competitividad y calidad, con 33.98%, y la necesidad de contar con proveedores confiables, con 26.46%.

La lectura de esos datos va más allá de una lista de pendientes. Revela que México enfrenta un problema de sincronización: las decisiones de inversión se toman a escala global y con plazos corporativos cortos, mientras que carreteras, puertos, redes eléctricas, sistemas de agua, formación técnica y desarrollos de proveedores requieren años de planeación. La brecha entre ambos ritmos puede determinar si el país captura actividades de mayor valor agregado o si se limita a recibir procesos de ensamble con escasos encadenamientos locales.
La infraestructura dejó de ser un asunto secundario
Que casi seis de cada diez líderes ubiquen a la infraestructura y la logística en el primer lugar no es casual. La localización cercana al mercado estadounidense ofrece una ventaja geográfica, pero esa ventaja pierde valor cuando una planta no cuenta con energía suficiente, cuando los tiempos de traslado son impredecibles o cuando un puerto, una aduana o un corredor ferroviario se convierten en cuellos de botella. Para una empresa integrada a cadenas de suministro de manufactura avanzada, una demora de horas puede detener líneas de producción, activar penalizaciones contractuales y obligar a mantener inventarios más costosos.
La cuestión es especialmente sensible en los estados industriales del Bajío y del norte. Querétaro, Guanajuato, Nuevo León, Coahuila, Chihuahua y Baja California han atraído proyectos por su cercanía con clústeres existentes, parques industriales y conexiones transfronterizas. Pero el éxito acumulado también crea presión sobre la red eléctrica, la disponibilidad de suelo, los servicios urbanos y la capacidad de transporte. La concentración puede generar economías de escala, aunque también eleva precios de renta, salarios, vivienda y servicios básicos, reduciendo parte de la competitividad que originalmente atrajo la inversión.
El desafío energético merece atención particular. Las compañías que instalan centros de datos, plantas de semiconductores, vehículos eléctricos o manufactura automatizada no sólo requieren electricidad abundante; necesitan continuidad, calidad de suministro y, cada vez más, acceso verificable a fuentes renovables. Las metas ambientales de sus casas matrices y de sus clientes internacionales ya influyen en las decisiones de localización. Una región con mano de obra disponible pero sin capacidad eléctrica o sin mecanismos claros para contratar energía limpia puede quedar fuera de proyectos estratégicos.
El agua plantea una tensión similar. La expansión industrial puede coexistir con las comunidades si se acompaña de reutilización, tratamiento, medición transparente y una planeación territorial que no traslade los costos a hogares o productores agrícolas. Sin esas condiciones, el nearshoring corre el riesgo de convertirse en un detonador de conflicto local. La discusión no es simplemente si debe llegar inversión, sino bajo qué reglas se asignan recursos escasos y quién asume el costo de expandir la infraestructura necesaria.
El talento no es una variable intercambiable
La segunda gran limitante, la escasez de personal especializado, confirma que la disputa por el nearshoring no se librará únicamente entre países, sino entre regiones capaces o incapaces de formar perfiles técnicos. En la industria automotriz, 68.89% de los participantes identifica infraestructura y logística como el mayor problema, mientras 55.56% apunta a la necesidad de más talento especializado. En tecnología, la prioridad se invierte: 81.25% considera que la necesidad de capital humano avanzado es el desafío dominante.
Esta diferencia es decisiva. Una planta automotriz puede apoyarse parcialmente en oficios industriales ya existentes, aunque necesita ingenieros, técnicos en mecatrónica, especialistas en calidad, automatización y mantenimiento. En contraste, una operación tecnológica intensiva en software, análisis de datos, ciberseguridad, diseño de chips o inteligencia artificial depende de perfiles cuya formación es más larga y cuya movilidad laboral es mucho mayor. No basta con graduar más profesionales: las empresas demandan experiencia práctica, dominio del inglés, certificaciones, capacidad de trabajo interdisciplinario y familiaridad con estándares globales.
El problema, por tanto, no es sólo cuantitativo. México puede registrar un aumento en egresados de ingeniería y, aun así, mantener vacantes críticas abiertas si los planes de estudio no dialogan con los cambios tecnológicos de las fábricas y los centros de servicios. La automatización reduce algunas tareas rutinarias, pero eleva la necesidad de operadores capaces de interpretar datos, programar equipos, resolver fallas y controlar procesos complejos. La formación técnica tradicional debe actualizarse con mayor rapidez que la que suelen permitir los ciclos administrativos de instituciones educativas.
Una primera conclusión es que el nearshoring debe evaluarse como una estrategia de capacidades, no como una competencia por subsidios o anuncios. Los incentivos fiscales pueden inclinar una decisión inicial, pero no sustituyen una red estable de técnicos, universidades, centros de capacitación, proveedores y servicios especializados. Cuando esa red existe, cada nueva inversión reduce el costo de atraer la siguiente. Cuando no existe, las empresas importan talento, elevan los salarios de manera abrupta o limitan el alcance del proyecto.
El riesgo de una economía de enclaves
La relocalización puede generar empleos, exportaciones e ingresos fiscales, pero sus beneficios no se distribuyen de manera automática. El dato de que 26.46% de los líderes vea como reto el aumento de la demanda de proveedores confiables apunta a una pregunta crucial: ¿cuánto del valor producido en México permanecerá en empresas mexicanas? Si los componentes, servicios de ingeniería, software, logística especializada y materiales críticos se siguen importando en gran medida, el país puede aumentar sus exportaciones sin construir una base productiva proporcionalmente más robusta.
La experiencia de la industria automotriz muestra ambos lados de esa realidad. México desarrolló capacidades relevantes en ensamble, autopartes y logística, y ello facilita la llegada de nuevas inversiones. Pero la transición hacia vehículos eléctricos, baterías, electrónica de potencia y sistemas de conducción asistida vuelve a mover la frontera tecnológica. Las empresas locales que no inviertan en certificaciones, digitalización, trazabilidad y calidad internacional pueden quedar confinadas a segmentos de bajo margen, incluso dentro de cadenas productivas ubicadas físicamente en territorio mexicano.
Para las pequeñas y medianas empresas, la llegada de grandes corporaciones abre una posibilidad y eleva una barrera al mismo tiempo. Convertirse en proveedor de una firma global supone contratos potencialmente estables y acceso a conocimientos, pero exige cumplimiento de plazos, financiamiento de capital de trabajo, auditorías, ciberseguridad y estándares ambientales que muchas compañías no pueden cubrir solas. Sin crédito, programas de desarrollo de proveedores y acompañamiento técnico, la demanda adicional puede ser capturada por multinacionales ya integradas, dejando a buena parte del empresariado nacional fuera de la expansión.
Este es el segundo punto de fondo: medir el éxito por el monto de inversión anunciada puede conducir a diagnósticos incompletos. La métrica más útil es la densidad del ecosistema que deja cada proyecto: número de proveedores locales certificados, empleos técnicos creados, transferencia de conocimiento, compras nacionales, inversión en capacitación y capacidad de las ciudades para absorber el crecimiento sin deteriorar su calidad de vida. Una planta aislada puede ser rentable para su propietario; un clúster con vínculos locales es más resistente a los cambios de estrategia global.
Los intereses no siempre coinciden
Las empresas transnacionales buscan certidumbre regulatoria, costos competitivos, talento y tiempos confiables. Los gobiernos estatales compiten por atraerlas porque representan empleo, actividad inmobiliaria y recaudación futura. Los municipios, en cambio, suelen enfrentar de inmediato la presión sobre movilidad, agua, vivienda y servicios. Los trabajadores esperan mejores salarios y trayectorias profesionales, pero también afrontan el encarecimiento de la vivienda en los polos industriales. Las comunidades exigen que el crecimiento no afecte su acceso a recursos básicos.
Estas posiciones pueden converger, pero no lo hacen por inercia. Un gobierno que privilegia la velocidad de instalación puede flexibilizar controles territoriales que después resultan costosos. Una empresa que enfrenta escasez de talento puede elevar sueldos para atraer personal de competidores, pero esa práctica no amplía por sí misma la oferta de trabajadores calificados. Una universidad puede abrir carreras demandadas por la industria, aunque corre el riesgo de formar perfiles demasiado específicos para una tecnología que cambie en pocos años. La coordinación es más compleja que la promoción de inversiones porque requiere compromisos sostenidos entre actores con horizontes distintos.
También existe una discusión sobre la dependencia del ciclo estadounidense. La proximidad geográfica es una ventaja estructural, pero la mayor parte de la demanda vinculada al nearshoring está conectada con Estados Unidos. Una desaceleración de su consumo, modificaciones a reglas de origen, disputas comerciales o cambios en sus incentivos industriales pueden afectar órdenes de compra y decisiones de expansión en México. Diversificar mercados y elevar el contenido tecnológico nacional es, por ello, una forma de reducir vulnerabilidad, no una aspiración abstracta.
La ventana puede estrecharse antes de cerrar
La oportunidad sigue siendo tangible. La reconfiguración de las cadenas globales no responde sólo a tensiones geopolíticas: también obedece a la necesidad corporativa de reducir tiempos de entrega, mejorar control de inventarios y disminuir riesgos de interrupción. México tiene una ubicación difícil de replicar, experiencia manufacturera y un marco comercial que ofrece acceso preferencial al mayor mercado de consumo del mundo. Luis Soto, gerente de Desarrollo de Negocios de Kelly México, acierta al señalar que el reto consiste en convertir esa condición favorable en crecimiento sostenible.
La tercera conclusión es que el país debe evitar una falsa disyuntiva entre atraer inversión hoy o resolver condiciones estructurales mañana. La atracción de proyectos puede servir precisamente para acelerar formación, infraestructura y proveeduría, siempre que los acuerdos incluyan compromisos verificables. Los gobiernos pueden vincular incentivos a capacitación local, eficiencia hídrica, generación limpia, compras a proveedores nacionales y planes de movilidad. No se trata de imponer cargas imposibles a la inversión, sino de asegurar que los beneficios privados tengan una correspondencia territorial duradera.
En los próximos años es probable que la competencia se desplace de la disponibilidad de terrenos a la calidad de los ecosistemas regionales. Los estados que combinen energía confiable, agua administrada con transparencia, vivienda asequible, educación técnica conectada con la industria y aduanas eficientes tendrán mayor capacidad para atraer proyectos complejos. Los demás podrán captar inversiones de corto plazo, pero serán más vulnerables a que las empresas migren cuando aparezca una ubicación con mejores condiciones.
El nearshoring no debe entenderse como una bonanza garantizada ni como una amenaza inevitable. Es una oportunidad condicionada, tal como refleja la encuesta de Kelly. Su resultado dependerá de si México logra transformar su ventaja geográfica en una ventaja operativa y tecnológica. La infraestructura, la logística y el talento no son costos accesorios de esa estrategia: son la base que definirá si la relocalización produce un salto industrial sostenido o apenas un ciclo de expansión con beneficios limitados y tensiones crecientes.
