Fracking: la apuesta por diez años de gas

La discusión sobre el fracking volvió al centro de la política energética colombiana con una afirmación de alto impacto: Ecopetrol tendría proyectos suficientemente maduros para aportar hasta diez años de gas al país si se destraban las decisiones regulatorias, se garantiza seguridad jurídica y se atrae capital especializado. La declaración de Luis Felipe Henao, presidente de la Junta Directiva de la empresa, ocurre en un momento especialmente sensible: Colombia enfrenta una presión creciente sobre su balance de gas, mientras Ecopetrol reorganiza su gobierno corporativo y busca recuperar una hoja de ruta financiera y operativa más clara.

El mensaje no equivale todavía a una decisión de perforación masiva ni a una estimación certificada de reservas comerciales. Es, sobre todo, una señal política y empresarial: una parte de la dirección de Ecopetrol considera que los recursos no convencionales de la cuenca del Magdalena podrían convertirse en una herramienta para contener la dependencia importadora y reforzar la seguridad energética. La diferencia entre esa aspiración y un proyecto ejecutable dependerá de factores que van mucho más allá de la disponibilidad geológica.

Un debate que ya no gira solo alrededor del petróleo

Durante años, el fracking en Colombia fue presentado principalmente como un debate petrolero: una técnica para incrementar la extracción de hidrocarburos mediante la inyección a presión de agua, arena y aditivos en formaciones de baja permeabilidad. Ahora el énfasis se desplaza hacia el gas natural, un cambio relevante porque este combustible ocupa una posición particular en la matriz energética. Abastece hogares, industrias, comercios, termoeléctricas y parte del transporte; además, suele ser considerado un combustible de transición frente al carbón y los derivados líquidos.

La preocupación central es que la autosuficiencia gasífera, que Colombia mantuvo durante décadas, se ha deteriorado. La caída natural de campos maduros, los retrasos en nuevos desarrollos costa afuera, la limitada incorporación de reservas y la creciente demanda eléctrica en periodos secos han elevado la vulnerabilidad del sistema. Cuando las fuentes hídricas disminuyen, las térmicas a gas adquieren una función crítica para sostener el suministro eléctrico. Por eso, un déficit de gas no afecta únicamente las tarifas domésticas: puede trasladarse al costo de generación eléctrica, a la competitividad industrial y a las cuentas externas.

La propuesta de Henao parte de una idea sencilla, pero políticamente explosiva: si el país posee recursos técnicamente recuperables en el subsuelo, importar gas mientras esos recursos permanecen inmovilizados representa una pérdida de soberanía. Ese argumento tiene fuerza en un contexto de precios internacionales volátiles y de competencia global por gas natural licuado. Sin embargo, confunde dos planos que deben mantenerse separados: la existencia de recursos y la demostración de reservas económicamente explotables bajo condiciones ambientales, sociales y regulatorias aceptables.

La promesa de diez años requiere varias condiciones simultáneas

La cifra de “hasta diez años de gas” debe leerse con cautela. En la industria, la duración de un abastecimiento depende de cuatro variables: el volumen recuperable, la tasa de producción posible, el ritmo de crecimiento de la demanda y la infraestructura disponible para transportar y procesar el gas. Una formación puede contener grandes recursos, pero si los pozos declinan rápidamente, si el agua requerida no está disponible o si no existen redes de conexión suficientes, su aporte efectivo al mercado puede ser mucho menor al anunciado.

El directivo sostiene que Ecopetrol cuenta con proyectos desde Antioquia y Yondó hasta Puerto Wilches, Barrancabermeja, San Martín y otras zonas de la cuenca del río Magdalena. También subraya que la región lleva alrededor de quince años de estudios y que existe infraestructura de gasoductos. Es una ventaja frente a proyectos completamente nuevos: la proximidad a zonas productoras, refinerías, oleoductos y redes de transporte puede reducir tiempos y costos de conexión. Pero esa ventaja no elimina la necesidad de licencias, consultas, líneas base ambientales actualizadas, permisos de agua, planes de manejo y acuerdos territoriales.

El primer punto de fondo es que Colombia no necesita escoger entre exploración convencional, gas costa afuera, importaciones e hidrocarburos no convencionales como si fueran alternativas excluyentes. La seguridad energética suele construirse con portafolios diversificados. El gas del Caribe, los descubrimientos costa afuera, la producción continental, las terminales de regasificación, el almacenamiento y la eficiencia energética cumplen funciones distintas. El fracking podría ser una pieza de ese portafolio, pero convertirlo en la única respuesta repetiría el problema que se intenta resolver: depender excesivamente de una sola fuente o de una promesa aún no probada a escala comercial.

Vaca Muerta es una referencia, no una receta automática

Los defensores del fracking citan con frecuencia a Vaca Muerta, en Argentina, y a la cuenca Permian, en Estados Unidos. Son comparaciones pertinentes, aunque incompletas. Vaca Muerta transformó la producción argentina de petróleo y gas no convencional, permitió sustituir parte de las importaciones y abrió una perspectiva exportadora. Permian, por su parte, fue decisiva en el ascenso de Estados Unidos como gran productor de hidrocarburos. Ambas experiencias demuestran que la fracturación hidráulica puede alterar profundamente una ecuación energética cuando existe geología favorable, capital abundante, infraestructura extensa y reglas duraderas.

Pero Colombia parte de una escala diferente. Su mercado interno es más pequeño, su capacidad de servicios petroleros especializados es menor y el costo financiero de los proyectos puede ser superior debido a la incertidumbre regulatoria y social. En Estados Unidos, la multiplicidad de operadores, la disponibilidad de equipos, la propiedad privada de numerosos minerales y una red de infraestructura muy desarrollada facilitaron una rápida expansión. Argentina, pese a sus obstáculos macroeconómicos, concentró esfuerzos en una formación de enorme extensión y desarrolló incentivos específicos para movilizar inversión. Colombia tendría que construir su propio modelo, no importar un resultado ajeno.

La segunda conclusión es que la ventaja comparativa colombiana no reside solo en tener recursos, sino en poder desarrollar proyectos con menores conflictos, mejor monitoreo y mayor captura de valor local. Si el país avanza, deberá exigir trazabilidad del agua, medición independiente de emisiones de metano, publicación de sustancias utilizadas, planes para el manejo de retornos y garantías financieras para el cierre de pozos. Un proyecto socialmente frágil puede detenerse incluso si resulta geológicamente exitoso; un proyecto ambientalmente opaco puede destruir la legitimidad de toda la política energética.

La reorganización de Ecopetrol eleva la presión por resultados

El debate también está atravesado por la situación corporativa de Ecopetrol. La compañía espera la definición de su nueva Junta Directiva y de su próximo presidente, mientras enfrenta la expectativa de recuperar y consolidar resultados financieros. Según las declaraciones citadas, la empresa acumula utilidades cercanas a 9 billones de pesos durante 2026, un nivel comparable al registrado en todo 2025, y se proyecta un cierre superior al del año anterior. Esa fortaleza financiera puede ampliar su capacidad de inversión, pero no reemplaza una estrategia disciplinada.

Henao plantea que Ecopetrol no debe desviarse de su “core”, es decir, de las actividades de exploración y producción que generan caja. El argumento responde a una preocupación real: una petrolera estatal no puede financiar simultáneamente grandes apuestas en renovables, hidrógeno, transmisión, refinación, exploración convencional, gas costa afuera y no convencionales sin priorizar capital. Cada dólar destinado a un proyecto debe competir con alternativas que ofrecen distinto riesgo, plazo de maduración y retorno.

La tensión consiste en que mantener el foco en hidrocarburos no puede significar ignorar la transición energética. El crecimiento de la demanda mundial, impulsado entre otros factores por centros de datos e inteligencia artificial, puede sostener el consumo de energía y de combustibles durante años. Pero la misma expansión tecnológica acelera inversiones en electrificación, almacenamiento, redes y generación renovable. Para Ecopetrol, la respuesta más consistente sería integrar el gas como combustible de respaldo y transición, sin abandonar inversiones en solar, eólica y descarbonización de sus propias operaciones.

La seguridad jurídica puede atraer capital, pero no sustituye la licencia social

La invitación a que compañías como Chevron u Occidental Petroleum regresen al país revela una realidad financiera y técnica: el desarrollo de yacimientos no convencionales exige operadores con experiencia en perforación horizontal, completamiento multietapa, logística de agua, manejo de datos sísmicos y control de costos por pozo. Ecopetrol posee conocimiento relevante y opera en la cuenca Permian, pero una alianza puede repartir riesgos y acelerar la curva de aprendizaje en Colombia.

Los inversionistas, como señala Henao, necesitan reglas estables. Eso incluye contratos claros, tiempos definidos de licenciamiento, criterios técnicos previsibles y protección frente a cambios abruptos de política. Sin embargo, la estabilidad regulatoria no debe interpretarse como una licencia en blanco. Las comunidades locales, organizaciones ambientales, autoridades regionales y agricultores también demandan certezas: saber de dónde provendrá el agua, cómo se vigilarán los acuíferos, quién responderá por daños eventuales y qué beneficios económicos quedarán en el territorio.

Para los municipios del Magdalena Medio, la discusión tiene una dimensión tangible. La actividad podría generar empleo, compras locales, recaudo y obras asociadas a la infraestructura. Al mismo tiempo, puede intensificar presiones sobre vías, seguridad, vivienda, disponibilidad hídrica y relaciones comunitarias. La experiencia extractiva en América Latina muestra que los beneficios no son automáticos: cuando los ingresos se concentran, la información es escasa y la participación llega tarde, la conflictividad se convierte en un costo operativo y político considerable.

El mayor riesgo es prometer velocidad donde aún falta consenso

La frase “fracking ya” busca transmitir urgencia, pero puede ser contraproducente si reemplaza el rigor técnico por una lógica de aceleración política. Los proyectos llevan años de estudio, pero los estudios previos no resuelven por sí solos todas las preguntas. La viabilidad comercial requiere pilotos, evaluación de productividad, análisis de declinación, costos de disposición de fluidos, disponibilidad de equipos, contratos de transporte y acceso efectivo a mercados. La viabilidad pública exige además monitoreo permanente, transparencia de datos y mecanismos de reclamación creíbles.

También existe un riesgo de mercado. El precio del Brent por encima de 102 dólares por barril mejora los ingresos de los productores y estimula la inversión, pero el gas colombiano no se define exclusivamente por la cotización del petróleo. Su rentabilidad dependerá del precio doméstico, de los contratos de largo plazo, de la competencia con gas importado y del costo de llevar la molécula desde los campos hasta los centros de consumo. Si se diseña una expansión sin contratos firmes o sin infraestructura suficiente, el país podría terminar con producción costosa y clientes incapaces de absorberla en condiciones competitivas.

La tercera idea clave es que la soberanía energética no se mide por cuántos recursos se anuncian, sino por la capacidad de entregar energía confiable, asequible y aceptada socialmente. Un país puede tener recursos abundantes y seguir siendo vulnerable si no cuenta con redes, almacenamiento, planificación de demanda y confianza institucional. Colombia necesita reducir su exposición a importaciones, pero debe evitar sustituir esa dependencia por una dependencia de conflictos judiciales, capital extranjero impaciente o expectativas de producción demasiado optimistas.

Una ventana de decisión con consecuencias de largo plazo

La Agencia Nacional de Hidrocarburos tendrá un papel central si se abren nuevas rondas y se convocan inversionistas. La calidad de ese proceso será tan importante como su velocidad. Contratos transparentes, obligaciones ambientales verificables, compromisos de transferencia tecnológica y cláusulas de cierre pueden mejorar la ecuación para el Estado. También será esencial que las autoridades energéticas coordinen la política de exploración con la expansión de gasoductos, la confiabilidad eléctrica y las metas climáticas nacionales.

En los próximos años es probable que Colombia mantenga una combinación incómoda de opciones: más importaciones en momentos de estrechez, desarrollo de gas costa afuera con plazos largos, producción convencional en declive y una discusión persistente sobre no convencionales. El fracking puede pasar de ser un símbolo político a una alternativa concreta solo si supera pruebas geológicas, económicas, regulatorias y territoriales. Ecopetrol tiene la oportunidad de plantear un estándar más alto que el de una simple apertura extractiva: demostrar que la urgencia energética puede gestionarse con datos públicos, responsabilidad ambiental y una estrategia que no sacrifique el futuro por resolver únicamente la presión del presente.

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