La Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos descendió hasta 286,6 millones de barriles durante la última semana de agosto, su nivel más bajo desde 1982, según datos del Departamento de Energía citados por ABC News. La caída semanal superó los 3 millones de barriles y dejó las existencias en torno al 40 % de la capacidad máxima del sistema, estimada en 714 millones de barriles.
El dato adquiere relevancia por producirse en un contexto de escasez energética mundial y de mayor volatilidad en el mercado del crudo. Washington ha recurrido a este inventario de emergencia desde el inicio de la guerra contra Irán: ha liberado aproximadamente 128 millones de barriles de los 172 millones comprometidos. La medida ha aportado oferta inmediata al mercado, pero también ha reducido el margen disponible para responder a nuevas interrupciones de suministro.

Una reserva concebida para crisis de abastecimiento
La Reserva Estratégica de Petróleo fue creada en 1975, tras la crisis desencadenada por el embargo petrolero árabe. Su función principal no es regular de forma permanente los precios de los combustibles, sino ofrecer una capacidad de respuesta ante perturbaciones severas: guerras, bloqueos marítimos, daños a infraestructuras energéticas o cortes súbitos de importaciones.
La dimensión actual de las reservas ilustra la distancia respecto de esa capacidad original. Con 286,6 millones de barriles almacenados, Estados Unidos conserva un volumen considerable en términos absolutos, pero dispone de una protección más limitada que en décadas anteriores frente a una crisis prolongada. La cuestión central no es solo cuántos barriles quedan, sino durante cuánto tiempo podrían compensar una interrupción sostenida en los flujos internacionales de petróleo.
El alivio al mercado tiene un coste estratégico
La liberación de crudo de las reservas puede moderar temporalmente la presión sobre la oferta, especialmente cuando los mercados reaccionan con rapidez a riesgos geopolíticos. Sin embargo, este instrumento tiene límites claros. Cada barril vendido o transferido reduce la capacidad de intervención posterior, mientras que la reposición depende de las condiciones presupuestarias, de la producción disponible y de los precios a los que el Gobierno pueda volver a comprar petróleo.
En este caso, la utilización de 128 millones de barriles representa cerca de tres cuartas partes del volumen anunciado por Washington. El compromiso pendiente de liberar otros 44 millones de barriles sugiere que la Administración sigue priorizando la estabilidad inmediata del suministro, aunque esa decisión profundice el descenso de las existencias estratégicas. Una liberación adicional podría contener tensiones puntuales, pero elevaría la presión política sobre el futuro programa de reabastecimiento.
Gasolina por encima de cuatro dólares
La reducción de la reserva coincide con un encarecimiento directo para los consumidores estadounidenses. El precio medio de la gasolina superó los 4 dólares por galón, mientras el crudo llegó a cotizar por encima de los 92 dólares por barril. Aunque la relación entre ambos indicadores no es automática, el aumento del petróleo suele trasladarse a las estaciones de servicio con cierto desfase, condicionado por los costes de refinación, transporte, impuestos y márgenes comerciales.
La gasolina tiene además un peso político y económico particular en Estados Unidos. Un aumento sostenido encarece los desplazamientos diarios, eleva los costes logísticos y puede trasladarse al precio de bienes transportados por carretera. Por ello, una reserva más baja no solo plantea una cuestión de seguridad energética: limita una de las herramientas más visibles de la Casa Blanca para intentar amortiguar episodios de inflación vinculados a los combustibles.
La reposición dependerá de precios y producción
Reconstituir la reserva no será un proceso inmediato. Comprar grandes volúmenes cuando el petróleo cotiza por encima de 90 dólares por barril puede resultar costoso para las finanzas públicas y, en determinadas condiciones de mercado, añadir demanda en un momento ya tensionado. Esperar precios más bajos permitiría adquirir crudo en condiciones más favorables, pero prolongaría el periodo en que las reservas permanecen reducidas.
También influirá la capacidad de producción interna y la evolución de las importaciones. Estados Unidos es uno de los principales productores mundiales de petróleo, pero su mercado sigue conectado a los precios internacionales y a las rutas globales de suministro. La producción nacional no elimina por sí sola la exposición a conflictos regionales, restricciones de exportación o problemas en corredores marítimos relevantes para el comercio energético.
Un indicador de la amplitud de la crisis
El mínimo de 44 años no debe interpretarse únicamente como una estadística histórica. Refleja que una crisis internacional ha exigido utilizar un mecanismo diseñado precisamente para circunstancias excepcionales. La reserva sigue cumpliendo su objetivo de proporcionar barriles en una situación de tensión, pero su reducción deja menos espacio para afrontar una segunda perturbación antes de que el inventario sea repuesto.
La evolución de las próximas semanas dependerá de la duración del conflicto con Irán, de la estabilidad de la producción global y de la reacción de otros grandes productores. Si el mercado recupera equilibrio, Washington podrá planificar la reposición gradualmente. Si la escasez se intensifica, Estados Unidos deberá decidir entre seguir usando sus reservas para limitar el impacto inmediato sobre precios y consumidores o preservar el volumen restante ante un escenario energético todavía más adverso.
