Moscú, 18 ago (EFE).- Solo un tercio de las gasolineras de Rusia dispone actualmente de reservas de combustible, en un contexto de escasez agravado por la intensificación de los ataques ucranianos contra refinerías del país, según informó este martes el diario ruso Izvestia. La cifra confirma un deterioro sostenido del abastecimiento en varias regiones y sugiere que las medidas adoptadas por Moscú no han bastado, por ahora, para estabilizar el mercado interno.
La comparación con el dato de hace una semana muestra la rapidez con la que se ha estrechado la disponibilidad: entonces, el combustible estaba presente en el 41 % de las gasolineras. La caída en pocos días apunta a una presión creciente sobre la cadena de suministro, no solo por la reducción de la capacidad de refinado, sino también por los problemas logísticos que suelen amplificar este tipo de crisis cuando se extienden a varias zonas del país.

Las autoridades de al menos ocho regiones rusas admitieron la semana pasada dificultades para garantizar el suministro. Ese reconocimiento es relevante porque muestra que el problema dejó de ser puntual y pasó a afectar a territorios con distinto peso económico y geográfico. En Rusia, donde el transporte por carretera sigue siendo esencial para el abastecimiento interno, las interrupciones en las estaciones de servicio tienden a tener un efecto inmediato sobre precios, movilidad y actividad comercial.
El ministro de Energía ruso, Serguéi Tsiviliov, confirmó este martes que se forman colas en las gasolineras, aunque sostuvo que el Gobierno trabaja “activamente” para resolver la situación. Esa admisión contrasta con el intento de contener el impacto político de la crisis y refleja un escenario en el que las autoridades buscan ganar tiempo mientras reponen inventarios y ajustan el suministro. La respuesta oficial incluye además decisiones excepcionales, como la autorización para vender combustible Euro-2, por debajo del estándar habitual Euro-5, y la prohibición de exportar diésel para priorizar el mercado interno.
La secuencia de la crisis ayuda a entender su alcance. El primer episodio comenzó en mayo, en un momento en que la demanda interna y los ajustes del sistema de refinado ya estaban bajo presión. Durante el verano, la situación mejoró de forma visible, probablemente por una combinación de menor tensión estacional y medidas de contención. Sin embargo, en agosto Ucrania reanudó sus ataques contra instalaciones petroleras rusas, lo que desencadenó una nueva ola de escasez. El patrón sugiere que el mercado ruso sigue siendo vulnerable a interrupciones súbitas en su infraestructura energética, y que cada nueva ofensiva altera rápidamente la disponibilidad en estaciones de servicio y regiones enteras.
Más allá de la coyuntura inmediata, el episodio pone de relieve la dependencia rusa de una red de refinerías y transporte que, aun siendo extensa, resulta sensible a daños repetidos y a restricciones administrativas. La combinación de menor oferta, limitaciones de calidad y restricciones a la exportación indica que Moscú está priorizando la estabilidad doméstica frente a otros objetivos comerciales. El riesgo, sin embargo, es que la respuesta de emergencia no alcance para cerrar el desfase entre producción, distribución y demanda, prolongando una crisis que ya empieza a reflejarse en el suministro cotidiano.
