La llegada de equipos de perforación a Groenlandia por parte de una nueva compañía petrolera estadounidense, sin autorización del Gobierno del territorio autónomo danés, ha reavivado las dudas sobre el verdadero alcance de la estrategia de Donald Trump en el Ártico. Aunque no existe una prueba pública de que el proyecto tenga como objetivo una anexión, la secuencia de decisiones empresariales, los vínculos políticos de sus promotores y el momento elegido alimentan la sospecha de que la exploración energética forma parte de una agenda más amplia.
Una descarga vigilada en el noreste de la isla
Hace menos de dos semanas, un remolcador danés llevó un buque de carga hasta el puerto de Nerlerit Inaat, en la costa oriental de Groenlandia, a unos 450 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico. Según Danwatch, el carguero operado por Permagreen descargó una excavadora y 15 contenedores antes de partir al día siguiente. La empresa explicó que transportaba maquinaria para Greenland Energy Company, una firma texana creada hace apenas un año para apoyar actividades de exploración petrolera en Jameson Land.

La respuesta de Nuuk fue inmediata. El Ministerio de Energía de Groenlandia afirmó que Greenland Energy Company no tenía permiso para introducir los equipos ni para realizar perforaciones en esa zona. El contraste entre la operación logística ya desplegada y la falta de autorización oficial sitúa el caso en una zona especialmente sensible: la empresa actúa como si el proyecto estuviera en marcha, mientras la autoridad local insiste en que no existen los avales administrativos necesarios.
Permisos ausentes, calendario avanzado
Pese a esa objeción, la compañía ha seguido proyectando un calendario de trabajo. Mientras el remolcador abandonaba Dinamarca y llegaba a Nuuk, Greenland Energy publicaba actualizaciones en redes sociales y aseguraba que otro buque, con 300 contenedores de equipos de perforación, estaba listo para zarpar desde Canadá el 12 de septiembre. Un portavoz dijo a The Guardian que las perforaciones exploratorias comenzarían en octubre. El dato relevante no es solo la premura: Groenlandia dejó de conceder nuevas licencias petroleras en 2021, tras concluir que, en medio siglo, no se habían hallado yacimientos de peso y que el coste ambiental superaba los beneficios esperados.
La empresa intenta apoyarse en una licencia previa, vinculada a la británica 80 Mile y vigente sobre Jameson Land. Greenland Energy ha anunciado que financiará la exploración a cambio del 70 % de los ingresos del proyecto. Sin embargo, incluso operando bajo esa cobertura legal, sigue obligada a obtener permisos específicos. Esa distinción es central: una licencia de base no equivale a autorización para perforar, y la falta de ese trámite convierte el avance del proyecto en una prueba de tensión entre interés privado, normativa local y soberanía regulatoria.
La red política detrás del proyecto
El caso ha cobrado mayor eco porque Greenland Energy fue constituida el 5 de septiembre de 2025, apenas una semana después de que trascendiera que Trump había enviado a tres aliados a Groenlandia para reunirse con independentistas favorables a separarse de Dinamarca. La empresa cuenta con apoyos de figuras cercanas al presidente estadounidense. Entre ellas figura Jeff Landry, gobernador de Luisiana y enviado especial para Groenlandia, quien viajó a Nuuk en mayo sin invitación y afirmó que había llegado “el momento de que EE.UU. vuelva a dejar su huella en Groenlandia”. Después sostuvo en Fox News que la exploración petrolera era parte importante de esa estrategia.
A esa red se suma Carol Craig, veterana de la Armada y directora ejecutiva de Sidus Space, integrada recientemente en el consejo de administración de Greenland Energy. También aparece Phil McGraw, conocido como Dr. Phil, que hizo campaña con Trump en 2024, dirige la comisión presidencial sobre libertad religiosa y fue contratado para producir una serie documental sobre las perforaciones en Jameson Land. Ninguno de ellos ha hablado abiertamente de anexión, pero la coincidencia entre intereses energéticos, presencia política y mensajes simbólicos refuerza la lectura geopolítica del proyecto.
Trump alimentó esa percepción el 1 de agosto, cuando publicó en Truth Social una imagen sobre Groenlandia con el mensaje “¡Hola, Groenlandia!”. Dos días después de la descarga de los primeros equipos, el gesto fue interpretado en distintos ámbitos como una señal más de que la isla sigue ocupando un lugar en su imaginario estratégico. El punto de fondo, sin embargo, es más concreto que la retórica: si se confirman las perforaciones, el conflicto no girará solo en torno al petróleo, sino también al control político de una región donde la explotación de recursos, la autonomía local y la influencia estadounidense vuelven a cruzarse con fuerza.
