Argentina mejora sus cuentas externas, pero la baja del riesgo país dependerá de la calidad de sus dólares

La economía argentina atraviesa una inflexión que hace pocos años parecía difícil de alcanzar: en los primeros siete meses de 2026, la cuenta corriente de la balanza de pagos registró un superávit de USD 3.531 millones, frente a un déficit de USD 1.795 millones en el mismo período de 2025. La mejora acumulada fue de USD 5.327 millones y se apoyó principalmente en el intercambio comercial, cuya contribución positiva llegó a USD 8.947 millones.

El dato no es meramente contable. Una cuenta corriente positiva indica que el país genera, por sus exportaciones de bienes y servicios y por otros ingresos externos, más divisas de las que utiliza para pagar importaciones, intereses y transferencias al exterior. En una economía que durante años convivió con escasez de dólares, controles cambiarios y crisis recurrentes de reservas, ese cambio puede reducir la vulnerabilidad financiera y mejorar la percepción de los inversores.

Sin embargo, la fotografía favorable contiene varias capas. El resultado depende de una combinación de mayor producción exportable, una demanda interna todavía debilitada, precios internacionales particularmente convenientes para la energía y un esquema de importaciones que aún no recuperó plenamente el ritmo de los años de crecimiento. La cuestión central para el mercado no es solo si Argentina acumula más dólares, sino cuánto de ese flujo es permanente, cuánto depende de factores externos y qué parte puede convertirse en reservas netas utilizables.

El salto externo se explica más por la oferta exportadora que por una recuperación equilibrada

El principal motor del resultado fue la balanza comercial. En los primeros siete meses del año, el sector energético aportó un superávit de USD 6.853 millones. Las exportaciones de energía alcanzaron USD 9.151 millones, con un crecimiento interanual del 50%, impulsadas por la expansión de Vaca Muerta, el aumento de las ventas externas y un precio internacional del petróleo que subió 53% en 2026 hasta aproximarse a los USD 100 por barril.

La combinación es poderosa: más volumen exportado y un precio internacional más alto generan ingresos extraordinarios con una rapidez que difícilmente puede igualar otro sector. Vaca Muerta, además, está modificando la estructura histórica de la balanza argentina. El país ya no depende exclusivamente del complejo agroindustrial para obtener divisas y comienza a reducir su necesidad de importar energía, una carga que durante períodos de crecimiento absorbía buena parte de los dólares comerciales.

Pero existe una diferencia relevante entre una mejora basada en productividad y una mejora favorecida por el ciclo de precios. Si el petróleo permaneciera cerca de USD 100, el sector energético tendría capacidad para sostener buena parte del excedente. Si descendiera de manera abrupta, el saldo externo perdería uno de sus apoyos más visibles. El conflicto en Oriente Medio y la volatilidad de las materias primas agregan un componente geopolítico que Argentina no controla. También el clima, incluido el fenómeno de El Niño, puede alterar las cosechas y los precios agrícolas, modificando la disponibilidad de divisas en cuestión de meses.

El primer rasgo distintivo del actual escenario es, por lo tanto, que el superávit no equivale todavía a una recuperación homogénea. La mejora externa convive con un consumo interno que sigue contenido y con una industria que debe enfrentar costos, acceso al crédito y una competencia importadora potencialmente creciente. El país exporta más, pero aún debe demostrar que puede hacerlo sin profundizar una estructura dual en la que los sectores vinculados a los recursos naturales avanzan más rápido que el resto de la economía.

Argentina mejora sus cuentas externas, pero la baja del riesgo país dependerá de la calidad de sus dólares

Reservas en aumento: la cifra bruta mejora, pero la calidad financiera será decisiva

El Banco Central informó que la combinación de una cuenta corriente cambiaria positiva y una cuenta financiera también favorable permitió un incremento de las reservas internacionales cercano a USD 5.940 millones en los doce meses cerrados en julio. En ese período, la cuenta corriente cambiaria arrojó un resultado positivo de USD 2.549 millones, con una balanza de bienes superavitaria de USD 28.200 millones. Ese excedente fue parcialmente absorbido por el pago de USD 12.800 millones en intereses y por un déficit de servicios de USD 9.400 millones.

La cuenta financiera sumó otros USD 3.219 millones, aunque el dato requiere una lectura cuidadosa. El ingreso de más de USD 18.000 millones en préstamos financieros y títulos de deuda incluyó USD 3.126 millones desembolsados por el Fondo Monetario Internacional y USD 2.821 millones provenientes de otros organismos financieros internacionales. Es decir, no todo el aumento de reservas provino de exportaciones genuinas o de inversión privada de largo plazo. Una parte importante estuvo vinculada con financiamiento oficial y endeudamiento.

Esta composición importa porque determina la capacidad de resistencia ante una crisis. Las reservas respaldadas por superávit comercial son distintas de las reservas acumuladas gracias a un préstamo que luego debe repagarse. El primer flujo mejora la solvencia externa; el segundo compra tiempo y puede ser útil para estabilizar, pero aumenta los compromisos futuros. La Argentina necesita transformar el excedente corriente en una acumulación sostenida de reservas netas, no solo elevar el número bruto del balance del Banco Central.

El comportamiento del sector privado complica aún más la lectura. Durante los últimos doce meses, el público realizó compras netas de dólares por USD 34.241 millones. Al mismo tiempo, los depósitos privados en dólares superaron los USD 40.000 millones, casi el triple de los poco más de USD 14.000 millones registrados en diciembre de 2023. La dolarización de los depósitos permitió a los bancos ampliar el crédito al sector privado en moneda extranjera, pero también revela que una parte significativa de los dólares que ingresan no permanece bajo control directo del Banco Central.

La segunda idea central es que la acumulación de reservas está ocurriendo junto con una redistribución de los dólares dentro del sistema financiero. Esto puede ser positivo si el dinero se canaliza hacia inversión, exportaciones y crédito productivo. Se vuelve riesgoso si la dolarización responde principalmente a una expectativa de devaluación o si los depósitos crecen más rápido que la capacidad de los bancos para administrar descalces de moneda y riesgos de repago.

El mercado de bonos ya no mira solo el equilibrio fiscal

El riesgo país argentino subió 18% durante agosto, en un mes adverso para acciones y bonos. En septiembre, sin embargo, el indicador de JP Morgan volvió a perforar el nivel de 500 puntos básicos y se acercó a los 403 puntos, una marca similar al piso de julio de 2026 y la más baja desde abril de 2018. El movimiento refleja una modificación de expectativas: los inversores empiezan a considerar que la estabilidad cambiaria y la mejora externa pueden ser más persistentes de lo previsto.

El descenso del riesgo país reduce el costo potencial de financiamiento del Tesoro y de las empresas argentinas. También eleva el valor presente de los bonos, mejora las valuaciones bursátiles y puede facilitar la refinanciación de vencimientos. Para las compañías energéticas, mineras y de infraestructura, una compresión del riesgo soberano es especialmente relevante: sus proyectos requieren grandes desembolsos iniciales y retornos distribuidos durante varios años.

La discusión, no obstante, está ingresando en una fase distinta. Cuando el riesgo país se encuentra en niveles extremadamente elevados, cualquier señal de estabilización produce fuertes subas. Cuando se acerca a 400 puntos básicos, cada reducción adicional exige evidencia más sólida. Martín Mazza señaló que el mercado comienza a debatir cuánto margen queda para seguir comprimiendo riesgo y cuánto de esa mejora puede trasladarse al costo de capital y a las valuaciones. El interrogante deja de ser si Argentina puede mejorar y pasa a ser si puede hacerlo incluso con tasas internacionales estructuralmente más altas.

El mercado estadounidense es una prueba particularmente exigente. Si la Reserva Federal mantiene rendimientos elevados, los inversores tendrán menos incentivos para asumir riesgo argentino. En ese contexto, la mejora local deberá compensar el atractivo de los activos seguros en dólares. La baja del riesgo país no será sostenible únicamente por una buena cosecha o por un petróleo caro; necesitará instituciones, reglas cambiarias previsibles y una trayectoria fiscal que reduzca la probabilidad de otra crisis de financiamiento.

Dos escenarios para diciembre: la diferencia está en la confianza, no solo en los dólares

Allaria proyectó dos caminos posibles. En el escenario base, el Banco Central compraría USD 19.000 millones durante 2026, frente a más de USD 14.000 millones acumulados hasta el momento. La inflación continuaría descendiendo, los salarios reales mejorarían y el Gobierno conservaría respaldo político suficiente para colocar unos USD 5.000 millones en los mercados internacionales. En esa hipótesis, el riesgo país podría acercarse a 400 puntos básicos y el programa financiero de 2027 comenzaría con mayor previsibilidad.

El segundo escenario contempla que el Banco Central deje de comprar dólares y cierre el año con adquisiciones acumuladas por USD 10.000 millones. Una apreciación global del dólar, reflejada en una suba del índice DXY, presionaría sobre el tipo de cambio local, frenaría la desinflación y deterioraría los salarios reales. La dificultad para emitir deuda internacional elevaría la incertidumbre sobre el programa financiero de 2027 y llevaría el riesgo país hacia los 700 puntos básicos.

La diferencia entre ambos escenarios no depende exclusivamente del saldo comercial. También intervienen la política cambiaria, la credibilidad del programa económico y la capacidad del Gobierno para preservar la demanda de pesos. Un país puede tener exportaciones récord y, aun así, enfrentar presión cambiaria si los residentes intentan dolarizar sus carteras, si las empresas anticipan pagos externos o si los inversores extranjeros deciden retirar capital.

Para el sector privado, el escenario favorable abarataría el crédito y abriría una ventana para refinanciar deuda, ampliar plantas e invertir en infraestructura. Para los hogares, una desinflación acompañada por recuperación salarial permitiría recomponer consumo y reduciría la percepción de fragilidad. Para los exportadores, en cambio, un tipo de cambio estable o apreciado puede comprimir márgenes en pesos, sobre todo en actividades con costos domésticos crecientes. La estabilidad cambiaria beneficia a la economía en su conjunto, pero no distribuye sus efectos de manera uniforme.

El riesgo que puede quedar oculto detrás del superávit

La principal amenaza es confundir un superávit externo con una solución definitiva a la restricción de dólares. El crecimiento de las importaciones, la recuperación del consumo y una mayor demanda de bienes de capital podrían reducir el excedente comercial durante 2027. Si las exportaciones energéticas compensan ese aumento, el equilibrio será manejable; si los precios internacionales caen o la producción de Vaca Muerta enfrenta cuellos de botella, el margen podría estrecharse con rapidez.

También debe observarse la cuenta de servicios. El déficit de USD 9.400 millones en los últimos doce meses muestra que turismo, transporte, servicios empresariales y pagos tecnológicos continúan demandando divisas. En una economía más abierta, ese déficit puede crecer antes de que las exportaciones de servicios logren compensarlo. La mejora externa será más sólida si Argentina no solo vende más petróleo, gas y alimentos, sino también conocimiento, software, servicios profesionales y productos industriales con mayor valor agregado.

El pago de intereses y utilidades constituye otro foco de presión. En los primeros siete meses de 2026, los mayores intereses pagados restaron USD 2.025 millones a la mejora de la cuenta corriente y las utilidades pagadas agregaron otros USD 3.222 millones. Estos egresos no son necesariamente negativos: pueden reflejar acceso a financiamiento e inversión extranjera. El problema aparece cuando la economía no genera suficiente crecimiento y exportaciones para atenderlos sin recurrir a nueva deuda.

La evolución de las reservas y del riesgo país durante los próximos meses dependerá de si el Gobierno consigue convertir un ciclo favorable en una estructura más diversificada. La energía ofrece una oportunidad excepcional, pero no sustituye la necesidad de estabilizar la moneda, ampliar el crédito en condiciones sostenibles y reconstruir la confianza de los inversores locales. Si la cuenta corriente permanece positiva aun cuando se recupere la demanda interna, el mercado tendrá razones para considerar permanente la mejora. Si el excedente desaparece apenas crecen el consumo y las importaciones, la actual compresión del riesgo será vista como una pausa dentro de la fragilidad histórica.

Argentina cuenta hoy con más dólares, mejores perspectivas energéticas y una señal externa que no se observaba desde hace siete años. El desafío consiste en que esos dólares no funcionen solo como un alivio coyuntural, sino como la base de una transformación financiera. La próxima etapa será menos indulgente: los inversores exigirán reservas netas verificables, crecimiento compatible con estabilidad, menor dependencia del endeudamiento oficial y capacidad para atravesar un cambio en los precios del petróleo o en las tasas internacionales. La mejora ya comenzó a reflejarse en los bonos; su permanencia dependerá de que la economía pueda sostenerla cuando el entorno deje de ser tan favorable.

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