Las últimas decisiones del Tesoro y del Banco Central de la República Argentina (BCRA) muestran que el Gobierno busca atender dos frentes al mismo tiempo: sostener la desaceleración de la inflación y evitar que las tasas elevadas profundicen la retracción de la actividad. Sin embargo, el orden de las medidas revela una prioridad concreta. Para la consultora Quantum, el objetivo central continúa siendo desinflacionario, mientras que el respaldo al crédito y al nivel de actividad funciona como una corrección necesaria para limitar los costos de esa estrategia.
La secuencia de intervención oficial se produjo después de un período de volatilidad cambiaria que comenzó a mediados de abril y se extendió hasta agosto. En ese lapso, las autoridades procuraron reordenar las expectativas sobre el dólar, las tasas en pesos y la cantidad de dinero disponible. La premisa fue evitar que una nueva presión cambiaria alterara las previsiones de inflación, aun cuando para hacerlo fuera necesario modificar transitoriamente la orientación monetaria.
La señal principal estuvo en el mercado cambiario
Quantum señaló que el BCRA permitió una depreciación del dólar del 11%, hasta alcanzar los $1.500. Esa corrección se sumó a la depreciación registrada entre mayo y junio de 2026 y generó un cambio en las expectativas, especialmente porque el mercado comenzó a evaluar cuánto margen quedaba para una nueva suba del tipo de cambio.
Durante el período de mayor tensión, el BCRA compró divisas por USD 7.842 millones, con un promedio diario de USD 93 millones. El dato refleja una fuerte incorporación de pesos a la economía asociada a la adquisición de dólares. Pero esa dinámica también planteó un problema: cuando terminó la etapa de mayor liquidación estacional de la cosecha, la oferta de moneda extranjera comenzó a mostrar menos fuerza.

La incertidumbre se moderó parcialmente porque todavía se estima que solo se comercializó alrededor del 50% de la producción agrícola. Esa proporción mantiene abierta la posibilidad de nuevos ingresos de divisas, aunque no garantiza que el flujo conserve el ritmo observado durante el tramo más intenso de liquidación. En agosto, las compras diarias del BCRA descendieron a USD 38 millones, menos de la mitad del promedio registrado durante la fase de mayor volatilidad.
Menos compras de dólares, más necesidad de administrar los pesos
La desaceleración de las compras oficiales tuvo una consecuencia monetaria directa: redujo una de las principales fuentes de expansión de la base monetaria. Por eso, según Quantum, el Tesoro y el BCRA aplicaron medidas de sesgo expansivo para compensar ese menor impulso sin abandonar el objetivo de estabilizar el mercado cambiario.
Una de esas herramientas fue la reducción del saldo de las operaciones pasivas del BCRA con los bancos, que permitió liberar pesos hacia la economía. El Tesoro, a su vez, renovó menos deuda en moneda local que la que vencía durante agosto, especialmente en la licitación de fin de mes. La tasa de refinanciación, que hasta julio se había mantenido por encima del 100% y promedió 114% durante 2026, bajó al 97,5% en agosto.
La diferencia entre los vencimientos y las renovaciones implicó una expansión de $500.000 millones, equivalente al 1,2% de la base monetaria. No se trató de un cambio completo de régimen, sino de una maniobra acotada para evitar que la menor compra de divisas produjera una contracción monetaria demasiado intensa y trasladara presión adicional a las tasas de interés.
El segundo objetivo apareció cuando se encareció el crédito
La tensión cambiaria no quedó limitada al precio del dólar. Entre mediados y fines de agosto, el tipo de cambio aumentó otro 1%, mientras que la tasa nominal anual subió más de 800 puntos básicos. La caución a un día pasó de 20,1% el 16 de abril de 2026 a 28,2% el 19 de agosto.
Ese salto modificó el equilibrio de la estrategia oficial. Tasas más altas pueden ayudar a contener la demanda de pesos y ordenar las expectativas, pero también encarecen el financiamiento de empresas y familias, reducen la capacidad de pago y desalientan nuevas decisiones de inversión. En ese punto, la actividad dejó de ser una preocupación secundaria y pasó a requerir medidas específicas para impedir que el endurecimiento monetario se transformara en un freno más profundo.
El Tesoro también depositó recursos disponibles en bancos comerciales con la intención de ampliar la capacidad prestable de las entidades. La lógica era aumentar la oferta de préstamos al sector privado y estabilizar el costo del dinero. No obstante, el resultado fue limitado: la expansión del crédito permaneció baja porque tanto la oferta como la demanda de financiamiento se retrajeron durante los últimos meses.
Una coordinación que busca evitar señales contradictorias
La coordinación entre ambas instituciones incluyó además ventas de títulos ajustables por el tipo de cambio oficial, tanto en el mercado primario como en el secundario. Estas operaciones apuntaron a ordenar la cobertura cambiaria y reducir la posibilidad de que los instrumentos financieros alimentaran nuevas expectativas de depreciación.
El conjunto de decisiones permite leer una estrategia de dos tiempos. Primero, las autoridades dejaron que el tipo de cambio y las tasas corrigieran los desequilibrios acumulados, con el propósito de recomponer la coordinación de expectativas. Después, utilizaron herramientas monetarias y financieras para moderar el impacto de esa corrección sobre el crédito y la actividad.
La conclusión de Quantum es que el foco de la política económica continúa puesto en la desinflación, aunque con una mayor atención a la estabilidad del sistema financiero local. Esa combinación contiene una tensión difícil de resolver: expandir liquidez puede aliviar las tasas y sostener el financiamiento, pero si se percibe como una emisión persistente o desordenada, puede debilitar el ancla cambiaria y reavivar la inflación. Por eso, las medidas actuales parecen concebidas como ajustes de corto plazo, sujetos a la evolución de la demanda de pesos, la liquidación agrícola y la respuesta del crédito privado.
