El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) representa el resultado de una cadena de decisiones políticas que se remontan a finales del siglo XX. Desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1993 bajo el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, el acuerdo se concibió inicialmente como un mecanismo para integrar cadenas productivas regionales. Sin embargo, la ausencia de una estrategia de reconversión industrial interna convirtió el instrumento en una plataforma de exportación basada en mano de obra de bajo costo y componentes importados.
Antecedentes históricos de la integración comercial
La trayectoria mexicana hacia la apertura externa incluye varios hitos que explican el desenlace actual. Tras el rechazo al GATT en 1980 por parte de José López Portillo, quien apostó por el desarrollo petrolero como motor autónomo, el ingreso al acuerdo multilateral en 1986 bajo Miguel de la Madrid marcó el giro hacia la negociación arancelaria. La posterior firma del TLCAN en 1993 consolidó esta orientación, pero priorizó la reducción de barreras sobre la modernización de plantas productivas nacionales. Los gobiernos posteriores, incluyendo los de Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, mantuvieron el énfasis en la estabilidad arancelaria sin abordar la fragmentación de las cadenas de valor locales.
Este patrón se repite en la administración de Claudia Sheinbaum, donde las negociaciones recientes con Washington han fijado un horizonte de diez años para el acuerdo vigente. La continuidad de este marco refleja la falta de un proyecto nacional que vincule el comercio exterior con la inversión en tecnología y capital humano.
Impacto en la estructura productiva mexicana
La evidencia empírica muestra que el comercio exterior se multiplicó por diez, pero el aporte del valor agregado nacional en las exportaciones cayó aproximadamente veinte puntos porcentuales. En sectores como el automotriz, las maquiladoras de Chihuahua y Coahuila operan principalmente con partes importadas, generando empleo pero escasa transferencia tecnológica. En contraste, países como Corea del Sur lograron, durante periodos similares de apertura, elevar la participación de componentes locales mediante políticas industriales activas que México no replicó.

El resultado es una economía donde el crecimiento promedio anual se mantiene por debajo del 2 %, mientras la informalidad laboral alcanza el 55 % de la fuerza de trabajo. Esta configuración limita la capacidad de respuesta ante choques externos, como cambios en las cadenas de suministro globales impulsados por tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y China.
Consecuencias sociales y regionales
La distribución desigual de beneficios ha acentuado disparidades territoriales. Estados fronterizos concentran inversión en ensamblaje, mientras regiones del sur, como Oaxaca y Chiapas, permanecen al margen de las cadenas integradas. Esta asimetría alimenta flujos migratorios internos y presiones sobre servicios públicos en zonas urbanas receptoras. Además, la dependencia de un mercado único para el 80 % de las exportaciones mexicanas expone al país a variaciones en la política comercial estadounidense, afectando directamente el empleo en industrias vulnerables como la textil y la electrónica ligera.
Perspectivas de largo plazo y riesgos sistémicos
Los próximos diez años del T-MEC ofrecen un margen estrecho para revertir la tendencia. Sin una política de reconversión que incluya incentivos fiscales para la investigación y desarrollo, México corre el riesgo de quedar atrapado en un modelo de ensamblaje de bajo valor. Escenarios alternativos contemplan una renegociación acelerada o la búsqueda de nuevos socios comerciales en Asia y Europa, aunque ambos caminos exigirían reformas internas que históricamente han enfrentado resistencia de grupos empresariales beneficiados por el statu quo.
La experiencia de otros tratados comerciales muestra que la integración regional sin complementariedad productiva tiende a profundizar la especialización en actividades intensivas en trabajo. Para México, esto implica que la pobreza y la restricción de movilidad social podrían agravarse si no se modifica el patrón actual de inserción en la economía norteamericana.
En términos institucionales, la falta de coordinación entre el sector público y privado ha impedido la formación de clusters industriales competitivos. Ejemplos como el clúster aeroespacial de Querétaro demuestran que es posible elevar el contenido nacional cuando existen estrategias focalizadas, pero estos casos siguen siendo excepcionales dentro del panorama general.
