Susan Credle y el valor

Susan Credle, una de las ejecutivas creativas más influyentes de la publicidad global, llevó a Cannes Lions una idea que va más allá del homenaje personal: medir una carrera no solo por el dinero acumulado, sino por la huella que deja en las personas y en el propio oficio. Su pregunta, “¿qué hiciste además de dinero?”, toca un nervio sensible en una industria que vive entre la presión comercial, la obsesión por la eficacia y la necesidad de producir ideas que sobrevivan al ciclo corto de las campañas. Esa tensión convierte su mensaje en algo más que una frase inspiradora; también funciona como diagnóstico de una industria que corre el riesgo de premiar solo lo visible y lo rentable.

La relevancia de esa reflexión es especialmente alta en un momento en que la publicidad se enfrenta a una doble transformación. Por un lado, las marcas exigen resultados más medibles y más inmediatos; por otro, las herramientas de inteligencia artificial aceleran la producción de piezas, versiones y formatos. En ese contexto, la pregunta de Credle empuja a replantear la lógica dominante: no basta con generar volumen ni con optimizar métricas de corto plazo si el trabajo no aporta valor perceptible para la audiencia. Esa idea puede fortalecer la disciplina creativa porque devuelve centralidad a la utilidad cultural, funcional o emocional de los mensajes, algo que la industria suele reivindicar y a menudo sacrificar cuando la presión de negocio se impone.

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El alcance de esa postura no se limita a la publicidad. También interpela a cualquier sector en el que el rendimiento se mida solo por ingresos, eficiencia o crecimiento. En empresas, agencias, medios y plataformas digitales, la idea de dejar algo útil detrás de la transacción puede influir en cómo se diseña el trabajo, cómo se evalúan los equipos y qué tipo de liderazgo se legitima. Si el mensaje de Credle gana tracción, podría favorecer una cultura más orientada a la calidad del aporte y no únicamente al resultado financiero. Eso sería valioso en organizaciones donde la presión por producir rápido suele empobrecer el criterio, reduce la diferenciación y debilita el vínculo con el público.

La otra cara del debate es menos cómoda. Convertir la pregunta “¿alguien diría gracias?” en regla universal también tiene riesgos. No todo trabajo valioso recibe gratitud inmediata, y no toda respuesta positiva del público implica que una campaña sea ética, relevante o sostenible. Una lectura simplificada podría empujar a las marcas hacia soluciones aparentemente nobles pero poco verificables, o hacia una estética de “utilidad” que sirva más para ganar prestigio que para resolver problemas reales. En otras palabras, la idea puede inspirar criterio, pero también puede convertirse en una coartada si se usa para maquillar decisiones comerciales sin cambiar su sustancia.

Además, el énfasis en la gratitud pública puede producir efectos ambiguos dentro de las organizaciones. Si se transforma en un nuevo estándar de evaluación sin contexto, podría desalentar apuestas arriesgadas que tardan en ser reconocidas o que generan valor a largo plazo aunque no produzcan aplauso inmediato. En industrias creativas, muchas innovaciones no reciben agradecimiento en su lanzamiento; a veces incluso provocan rechazo antes de ser entendidas. El riesgo está en confundir aceptación instantánea con impacto real, un error que puede empobrecer la experimentación y llevar a una creatividad más prudente, menos desafiante y más dependiente de lo predecible.

También hay un desafío estructural: la “contaminación publicitaria” que Credle menciona no se resuelve solo con una buena intención individual. Mientras los modelos de negocio sigan premiando la sobreproducción, el exceso de mensajes y la fragmentación de audiencias, la presión por publicar más seguirá allí. La inteligencia artificial puede agravar esa dinámica si se usa para multiplicar piezas sin criterio editorial ni propósito claro. El verdadero valor de su discurso, entonces, está en obligar a los líderes a definir mejor qué consideran éxito: no solo alcance, clics o ingresos, sino también pertinencia, respeto por la atención del público y durabilidad del trabajo.

Hay, finalmente, un componente generacional que merece atención. Credle representa una época en la que la creatividad publicitaria se construía sobre campañas, marcas y plataformas de largo recorrido. Hoy el ecosistema favorece la velocidad, la iteración y la prueba permanente. Su mensaje no niega esa realidad, pero sí advierte que la velocidad sin criterio suele dejar una estela de piezas efímeras. La industria puede salir fortalecida si interpreta su intervención como una invitación a recuperar estándares de oficio, no como una nostalgia por un pasado idealizado. El reto será traducir esa exigencia en prácticas concretas: mejores briefings, menos ruido, mayor exigencia estratégica y una valoración más honesta del impacto que cada trabajo deja después de que pasa la campaña.

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