La Ciudad de México enfrenta una realidad demográfica que obliga a repensar la organización del trabajo no remunerado. Con más de tres millones de personas que requieren apoyo para realizar actividades cotidianas, el anuncio de nuevos centros de atención infantil y la contratación de cuidadoras remuneradas abre un horizonte de cambios estructurales. Esta iniciativa, impulsada por el DIF CDMX, busca formalizar parte de una economía que hasta ahora permanecía invisible, al tiempo que genera interrogantes sobre su capacidad para transformar patrones arraigados de desigualdad.

Uno de los efectos más inmediatos se observa en la posible incorporación de mujeres al mercado laboral formal. Al ofrecer espacios de cuidado para menores de cinco años, el programa reduce una barrera histórica que obliga a muchas madres a elegir entre empleo y responsabilidades familiares. Datos del propio diagnóstico del DIF muestran que el trabajo de cuidados recae en un 73.8 por ciento sobre las mujeres; por tanto, la existencia de centros públicos puede traducirse en mayor disponibilidad de tiempo para actividades productivas remuneradas. Esta dinámica, si se consolida, podría contribuir a cerrar brechas salariales y de participación económica en un horizonte de cinco a diez años.
Reconfiguración del valor económico del cuidado
El reconocimiento explícito de que el trabajo no remunerado representa el 12 por ciento del PIB capitalino modifica la manera en que se mide el aporte de las personas dedicadas al hogar. Al asignar recursos públicos para remunerar a cuidadoras, el gobierno capitalino introduce un mecanismo que podría elevar el estatus social de esta labor. Sin embargo, las cifras de pago propuestas, entre 7 mil 500 y 15 mil pesos mensuales, plantean dudas sobre si esta compensación será suficiente para atraer personal calificado o para compensar el esfuerzo físico y emocional inherente al cuidado intensivo. Una remuneración por debajo del promedio de otros sectores podría limitar el atractivo del programa y mantener la percepción de que el cuidado sigue siendo una actividad de bajo valor.
Presión sobre las finanzas públicas y calidad del servicio
La construcción de 17 centros de atención infantil, de los cuales ocho entrarán en operación este año, representa una inversión significativa que debe sostenerse a lo largo del tiempo. Si el presupuesto no crece de manera progresiva, existe el riesgo de que los centros operen con ratios inadecuados de personal por niño, comprometiendo la calidad del servicio. Estudios en otras ciudades latinoamericanas demuestran que la escasez de personal capacitado suele derivar en mayor rotación de trabajadoras y en menor estimulación temprana para los menores atendidos. En ese escenario, el beneficio inicial para las familias podría diluirse ante problemas de calidad que afecten el desarrollo cognitivo y socioemocional de los niños.
Efectos en la distribución de responsabilidades dentro del hogar
La formalización parcial del cuidado mediante centros públicos podría incentivar una redistribución más equitativa de tareas entre hombres y mujeres. Al reducir la carga total que recae sobre las madres, algunos hogares podrían experimentar cambios en la división del trabajo doméstico. No obstante, persiste la incertidumbre sobre si esta redistribución ocurrirá de manera espontánea o si requerirá campañas complementarias de sensibilización. Sin intervenciones adicionales, los patrones culturales que asignan el cuidado principalmente a las mujeres podrían mantenerse, limitando el alcance transformador del programa.
Riesgos de segmentación laboral para las cuidadoras
La contratación masiva de mujeres como personal de los nuevos centros abre oportunidades de empleo formal para un sector que históricamente ha trabajado sin prestaciones. Al mismo tiempo, la concentración de este tipo de plazas en un solo género podría reforzar la segregación ocupacional. Si las condiciones laborales no incluyen esquemas claros de ascenso, capacitación continua y protección contra el agotamiento, las trabajadoras podrían enfrentar una nueva forma de precariedad caracterizada por salarios modestos y alta demanda emocional. La experiencia de programas similares en otras entidades muestra que, sin mecanismos de supervisión rigurosa, la rotación del personal se incrementa y la calidad del servicio se resiente.
Relación entre pobreza y tiempo dedicado al cuidado
El diagnóstico del DIF CDMX establece una correlación clara: las personas en pobreza extrema dedican hasta 28 horas semanales al cuidado, frente a 16 horas entre quienes no son pobres. La creación de centros públicos podría romper este ciclo al liberar tiempo que las familias de menores ingresos pueden destinar a actividades generadoras de ingreso. Sin embargo, el éxito de esta estrategia depende de que los centros estén ubicados en zonas con mayor incidencia de pobreza y de que las tarifas o requisitos de acceso no excluyan precisamente a las familias que más necesitan el servicio. De lo contrario, el programa podría beneficiar de manera desproporcionada a sectores de clase media, perpetuando desigualdades territoriales.
Perspectivas de sostenibilidad a mediano plazo
La implementación gradual de los centros y la capacitación del personal ofrecen una ventana para evaluar resultados antes de expandir el modelo. Aun así, la dependencia de recursos fiscales anuales introduce un factor de incertidumbre. Cambios en la prioridad presupuestal o en el contexto económico nacional podrían afectar la continuidad del programa. En ese sentido, la vinculación con el Sistema Público de Cuidados y la posible aprobación de un presupuesto progresivo resultan determinantes para evitar que la iniciativa quede como un esfuerzo aislado sin capacidad de escalar.
La experiencia de la Ciudad de México con este esquema de cuidados permite observar cómo una política pública puede simultáneamente visibilizar el trabajo doméstico y exponer tensiones estructurales que requieren atención sostenida. El equilibrio entre los beneficios esperados y los riesgos identificados dependerá de la capacidad de ajustar el diseño del programa conforme se acumulen datos sobre su funcionamiento real.
