Servicios de EU resisten entre inflación y tensiones geopolíticas

La economía de servicios de Estados Unidos mostró en julio una resistencia mayor de la que sugieren los temores acumulados sobre inflación, energía y debilitamiento del empleo. El índice del Instituto de Gestión de Suministros (ISM) avanzó 0.1 puntos, hasta 54.1, un nivel que todavía indica expansión, aunque ligeramente inferior a la expectativa de los analistas. El dato no describe una aceleración vigorosa, sino una economía capaz de mantener el crecimiento mientras absorbe una sucesión de perturbaciones externas.

La lectura del informe es especialmente relevante porque el sector terciario concentra la mayor parte de la actividad económica estadounidense y del empleo privado. Restaurantes, transporte, salud, servicios financieros, tecnologías de la información, comercio y construcción dependen tanto del gasto de los hogares como de las decisiones de inversión empresarial. Cuando este conjunto pierde dinamismo, el impacto suele transmitirse con rapidez a la contratación, los ingresos y la confianza. En julio, sin embargo, los nuevos pedidos y la actividad empresarial aumentaron, una señal de que la demanda todavía no se ha quebrado.

Una expansión que avanza con menos impulso

El nivel de 54.1 puntos debe interpretarse dentro de la metodología del ISM: una lectura superior a 50 indica expansión respecto del mes anterior, mientras que una cifra inferior señala contracción. El margen sobre ese umbral es, por tanto, positivo, pero no amplio. El aumento de apenas una décima confirma que las empresas continúan operando en terreno expansivo sin disponer de suficiente fuerza para compensar todos los obstáculos que enfrentan.

La composición del índice aporta más información que el dato general. El incremento de los nuevos pedidos sugiere que consumidores y empresas todavía solicitan servicios, mientras que el repunte de la actividad empresarial refleja una capacidad operativa que no se ha paralizado. Pero el subíndice de empleo volvió a contraerse. Esa divergencia suele aparecer cuando las compañías reciben pedidos, aunque prefieren atenderlos con plantillas ajustadas, más horas de trabajo, automatización o proveedores externos antes que asumir nuevos costos laborales permanentes.

El fenómeno tiene precedentes en la recuperación posterior a la pandemia. Muchas empresas de servicios aprendieron a operar con estructuras más pequeñas después de enfrentar escasez de trabajadores, interrupciones logísticas y fuertes aumentos salariales. Por eso, un crecimiento moderado de la demanda ya no se traduce automáticamente en una expansión equivalente de las nóminas. Para los hogares, esta diferencia es decisiva: la actividad puede mantenerse estable mientras se deterioran las oportunidades para quienes buscan empleo o para los trabajadores con menor especialización.

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El petróleo vuelve a entrar por la puerta de los servicios

La presión más delicada descrita por las empresas no procede únicamente de la demanda interna. El informe recoge los efectos de los aranceles y del conflicto en Medio Oriente, además del encarecimiento reciente del petróleo. Según el escenario referido por el ISM, los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán llevaron a Teherán a bloquear casi por completo el estrecho de Ormuz, una ruta por la que transita una porción decisiva del comercio mundial de hidrocarburos.

Una interrupción de esa magnitud no afecta solamente a las gasolineras o a las compañías petroleras. El combustible es un insumo transversal: eleva el costo de transportar alimentos, distribuir paquetes, operar flotas, climatizar edificios y producir bienes que luego requieren servicios de comercialización y mantenimiento. Las aerolíneas enfrentan mayores gastos por combustible; los hospitales pagan más por suministros y logística; los restaurantes absorben el encarecimiento de las entregas. Aunque el sector servicios no sea intensivo en energía en todos sus segmentos, depende de una red económica que sí lo es.

El impacto también puede manifestarse con retraso. Una empresa de transporte puede mantener sus tarifas durante algunas semanas utilizando contratos previamente pactados, pero más adelante trasladará parte del aumento a sus clientes. De igual manera, un proveedor de servicios tecnológicos puede conservar sus precios mientras revisa sus costos de electricidad, centros de datos y distribución. Esa demora explica por qué una lectura todavía expansiva del ISM no elimina el riesgo de una presión inflacionaria posterior.

Aranceles, inventarios y decisiones empresariales

Las menciones a los aranceles fueron menos frecuentes que en informes anteriores, pero su efecto no desaparece porque deje de ser el principal tema de conversación. Las tarifas pueden elevar el precio de equipos, componentes, materiales de construcción y productos intermedios. Las compañías tienen tres opciones: absorber el costo y reducir márgenes, trasladarlo al consumidor o sustituir proveedores. Ninguna es neutral para la actividad.

El primer camino puede frenar la inversión y la contratación. El segundo alimenta la inflación y reduce el poder adquisitivo. El tercero exige tiempo, certificaciones y nuevas cadenas logísticas, especialmente en sectores regulados como salud, transporte y telecomunicaciones. En el corto plazo, algunas empresas pueden recurrir a inventarios acumulados para evitar aumentos de precios, pero esa estrategia no es sostenible si la incertidumbre comercial persiste.

La construcción ofrece un ejemplo concreto de esta tensión. Un encuestado del ISM afirmó que las ventas continúan cayendo a pesar del aumento de los descuentos y describió presiones crecientes sobre los costos “desde todos los frentes”. En ese sector convergen tasas hipotecarias elevadas, materiales más caros, seguros, mano de obra y combustibles. Cuando una constructora reduce precios para estimular ventas, pero sus costos no disminuyen, el resultado suele ser una compresión de márgenes y una postergación de nuevos proyectos.

Ese comportamiento puede afectar la oferta de vivienda en el mediano plazo. Si los desarrolladores consideran que los proyectos dejaron de ser rentables, disminuyen los permisos y la construcción futura, incluso si existe demanda potencial. La consecuencia es paradójica: una política comercial o energética que inicialmente busca proteger sectores nacionales puede terminar encareciendo la vivienda y limitando su disponibilidad si incrementa demasiado los costos de producción.

El dilema de la Reserva Federal

Los datos colocan a la Reserva Federal ante un dilema conocido, pero particularmente complejo. La resistencia de los servicios sugiere que la economía aún puede soportar tasas elevadas, mientras que el regreso del empleo del sector a territorio contractivo apunta a una pérdida de dinamismo. Al mismo tiempo, los costos energéticos y los efectos de aranceles amenazan con mantener la inflación por encima de la trayectoria deseada.

Reducir las tasas demasiado pronto podría reactivar la demanda y facilitar la contratación, pero también estimular el consumo en un momento de petróleo más caro y trasladar nuevas presiones a los precios. Mantener una política restrictiva durante más tiempo ayudaría a contener la inflación, aunque aumentaría el riesgo de que la debilidad del empleo se extienda a los hogares y reduzca el gasto. La información de julio no resuelve esa disyuntiva; la hace más visible.

Las tasas hipotecarias son un punto de transmisión especialmente sensible. Una familia que destina una proporción mayor de sus ingresos al pago de la vivienda dispone de menos recursos para restaurantes, ocio, viajes y servicios personales. La reducción puede ser gradual y difícil de detectar en un primer momento, pero afecta precisamente a los negocios pequeños, que suelen tener menor acceso al crédito y menos capacidad para absorber costos.

El impulso extraordinario del Mundial y sus límites

Steve Miller, presidente del comité de encuestas del ISM, señaló que el Mundial contribuyó a impulsar la actividad empresarial y los nuevos pedidos. Los grandes acontecimientos deportivos generan una demanda temporal de hoteles, restaurantes, transporte, publicidad, seguridad, plataformas digitales y comercio minorista. En las ciudades anfitrionas o vinculadas con los partidos, ese flujo puede mejorar los ingresos de empresas que habían sufrido meses de menor actividad.

Sin embargo, los eventos de esta naturaleza deben separarse de las tendencias estructurales. Una contratación adicional para atender visitantes no equivale a una recuperación permanente del empleo; un aumento de reservas durante el torneo no garantiza que los hogares mantengan el mismo gasto después. El Mundial puede funcionar como un amortiguador coyuntural y ofrecer liquidez a determinados negocios, pero no compensa por sí mismo el efecto prolongado de hipotecas caras, energía costosa o incertidumbre comercial.

La diferencia entre impulso temporal y crecimiento sostenible será crucial durante los próximos meses. Si los nuevos pedidos se mantienen después del evento y las empresas comienzan a contratar, el dato de julio podría ser el inicio de una estabilización. Si la actividad retrocede una vez agotado ese estímulo, la lectura de 54.1 habrá reflejado más la capacidad de resistir una coyuntura excepcional que una recuperación sólida.

Lo que está en juego para hogares y empresas

La combinación de expansión moderada y empleo débil dibuja una economía desigual. Las grandes compañías, con contratos de largo plazo y acceso a financiamiento, pueden proteger mejor sus márgenes y reorganizar proveedores. Los pequeños negocios, en cambio, suelen enfrentar simultáneamente alquileres altos, crédito costoso, menor poder de negociación y clientes más sensibles a los precios. La misma cifra del ISM puede esconder experiencias muy distintas entre una plataforma tecnológica y un restaurante local.

Para los trabajadores, la principal señal de alerta está en la contratación. Si las empresas mantienen los pedidos sin ampliar sus plantillas, el crecimiento de los ingresos laborales perderá fuerza. Eso puede reducir el consumo y crear un círculo de cautela: los hogares gastan menos, las empresas reciben menos pedidos y vuelven a congelar contrataciones. La expansión actual no implica necesariamente una recesión inminente, pero sí muestra cómo puede deteriorarse el mercado laboral antes de que el índice general cruce el umbral de contracción.

El futuro dependerá de la duración de las perturbaciones externas y de la capacidad de las empresas para absorber sus costos sin trasladarlos por completo. Una normalización del tráfico energético en Medio Oriente aliviaría una parte importante de la presión, mientras que una escalada del conflicto tendría el efecto contrario. Del mismo modo, menores tasas hipotecarias podrían liberar gasto de los hogares, pero una política monetaria más flexible tendría que convivir con riesgos inflacionarios persistentes.

El repunte de julio, por ello, no debe leerse como una confirmación de fortaleza plena ni como el anuncio de un deterioro inevitable. Es la fotografía de un sector que continúa creciendo, aunque con menos margen de seguridad. La actividad de servicios estadounidense sigue sosteniendo a la economía, pero su capacidad para hacerlo dependerá cada vez más de que los costos energéticos se estabilicen, la demanda conserve profundidad y el empleo deje de quedarse atrás.

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