El dólar en Colombia llega a la segunda semana de agosto en un punto de inflexión menos por un solo anuncio que por la acumulación de señales que se cruzan en varios frentes. La divisa había borrado casi por completo el salto del lunes 3 y cerró el 6 de agosto con un promedio de $3.157,59, por debajo de la TRM de $3.179,40. Ese ajuste no fue casual: ocurrió después de que el Banco de la República mantuviera su tasa en 12% y activara un programa de acumulación de reservas internacionales por hasta USD 4.000 millones en dos años. La combinación es delicada porque mezcla política monetaria restrictiva, intervención indirecta sobre el mercado cambiario y un escenario político de transición que todavía no ha terminado de revelar su impacto real.
La lectura de fondo es que el mercado no está reaccionando solo a la posesión de Abelardo de la Espriella ni a un dato puntual de empleo en Estados Unidos. Está procesando una cadena de decisiones que afectan la oferta y la demanda de dólares, la credibilidad fiscal y las expectativas de inflación. Cuando un banco central decide no subir tasas y al mismo tiempo anuncia compras de reservas, envía dos mensajes a la vez: quiere sostener el ancla antiinflacionaria, pero también reforzar su defensa de mediano plazo frente a choques externos. En economías abiertas y sensibles al capital financiero como la colombiana, esa mezcla puede estabilizar el mercado por momentos y, al mismo tiempo, aumentar la lectura de riesgo si el entorno político no ayuda.
El giro del Banco de la República y su límite real
La decisión del Emisor de conservar la tasa en 12% sorprendió porque el mercado descontaba un aumento de 50 puntos básicos. La votación interna también dejó claro que no hubo unanimidad sobre el curso correcto: cuatro miembros optaron por la pausa y tres por subir. A la vez, el programa de subastas mensuales de opciones put busca acumular reservas sin acudir a una compra discrecional de dólares, una diferencia importante porque evita la señal de intervención agresiva. Daniel Londoño Tapia, de Global66, recordó que el esquema solo se activa cuando la TRM cae por debajo de su promedio móvil de 20 días hábiles, es decir, cuando el dólar luce barato frente a su propio historial reciente.
Ese diseño tiene una virtud y una debilidad. La virtud es que reduce la volatilidad sin gastar pólvora de inmediato; la debilidad es que su escala sigue siendo pequeña frente al tamaño del mercado. La primera subasta adjudicó USD 399,9 millones y, hasta el miércoles, se habían ejercido USD 254,3 millones. En julio, las ruedas cambiarias movieron entre USD 1.300 millones y USD 1.900 millones diarios. El contraste es decisivo: el programa puede suavizar movimientos extremos, pero no imponer un piso duradero al tipo de cambio. En términos prácticos, sirve más como señal de prudencia que como instrumento capaz de cambiar por sí solo la dirección del peso.

La verdadera prueba será política. Si el nuevo equipo económico transmite una hoja de ruta fiscal creíble, el mercado puede leer la pausa del Banco de la República como una decisión técnica compatible con estabilidad. Si, por el contrario, aparecen dudas sobre gasto, financiamiento o reforma tributaria, la compra de reservas quedará expuesta como un apoyo insuficiente frente a una presión más estructural sobre la moneda. En ese escenario, la señal del Emisor no desaparecería, pero sí perdería poder de convicción ante operadores que ya están acostumbrados a distinguir entre intervención y capacidad real de defensa.
El nuevo poder y la prima de riesgo
La posesión del nuevo gobierno coincidió con uno de los días más sensibles para los mercados regionales. El viernes 7, Colombia estuvo cerrada por festivo, pero en esa misma jornada se produjo el cambio de mando y en Estados Unidos se conoció el dato de empleo de julio. Todo eso aterriza el lunes 10, cuando además se publica la inflación de julio en Colombia. Esa concentración de eventos explica por qué el mercado no necesita una ruptura dramática para moverse: le basta con una frase ambigua sobre déficit, deuda o reforma tributaria para reconfigurar apuestas de corto plazo.
La advertencia de Londoño Tapia es relevante porque traduce el lenguaje político a una variable financiera concreta. Un equipo económico que insinúe coordinación con el dólar puede ser leído como un intento de anclar expectativas; un equipo que hable de gasto sin explicar ingresos, o de reformas sin financiamiento, eleva la prima de riesgo y empuja a los agentes a cubrirse en divisas. Esa reacción no se limita a los bancos o las mesas de dinero. También afecta a importadores, empresas con deuda externa y hogares que dependen de bienes indexados al dólar, desde tecnología hasta insumos médicos. Cuando el tipo de cambio se vuelve errático, la incertidumbre se cuela en contratos, inventarios y precios finales.
Un mercado que ya aprendió a leer el petróleo, no a obedecerlo
En otros momentos, el petróleo ha actuado como un volante casi automático para el peso colombiano. Esta vez no. El Brent cayó 5,26% y el WTI 5,69%, pero la moneda local no siguió una dirección lineal. El retroceso del crudo se dio junto con el alto al fuego en Medio Oriente, una lectura más débil del PIB estadounidense, la pausa de la Reserva Federal y expectativas de apoyo al yen por parte de Estados Unidos. Es decir, el mercado ya no responde a un único detonante sino a un tablero global donde varias fuerzas se neutralizan entre sí.
Ese cambio importa porque Colombia sigue dependiendo de los ingresos externos del sector energético, pero el comportamiento del peso se ha sofisticado. Bancolombia destacó que el índice DXY cayó 1,5% en julio y que casi todas las monedas del G10 y de la región avanzaron frente al dólar. En paralelo, el peso colombiano se apreció 7,5% en ese mes y cerró en 3.158,44. La lección es clara: cuando el dólar global se debilita, el peso puede ganar terreno con rapidez, pero esa ganancia puede evaporarse si el frente local introduce dudas sobre la sostenibilidad fiscal o la independencia de las decisiones económicas.
Rangos estrechos, efectos amplios
Las proyecciones de corto plazo se mueven entre $3.120 y $3.350. Ese rango puede parecer acotado, pero en una economía con amplia indexación implícita al dólar basta para mover decisiones relevantes. Si el dólar se acerca a la parte baja del rango, mejora el costo de importaciones, pero también se fortalece el incentivo a postergar coberturas. Si se acerca a la parte alta, suben las presiones sobre precios regulados, transporte, insumos industriales y expectativas inflacionarias. La transmisión suele ser lenta en algunos rubros y muy rápida en otros, lo que complica la tarea del Banco de la República cuando intenta separar ruido transitorio de tendencia verdadera.
La proyección de Davivienda, que ve el dólar en $3.567 al cierre de 2026 y en $3.701 en 2027, introduce otra capa de lectura: el problema no es solo la próxima semana, sino la trayectoria que se construye a partir de ahora. Si el gobierno logra ordenar la señal fiscal y el Emisor mantiene un canal de reservas que reduzca sobresaltos, el mercado puede absorber choques sin trasladarlos de inmediato a precios internos. Si no lo logra, la moneda quedará más expuesta a cada dato de empleo en Estados Unidos, cada movimiento del petróleo y cada discusión política interna. En ese sentido, la segunda semana de agosto no marca un cierre, sino el inicio de una prueba de credibilidad para todo el ciclo económico que viene.
