El balance que difundió la Cancillería peruana marca un giro incómodo: 459 ciudadanos del país habrían sido enlistados en el contexto de la guerra entre Rusia y Ucrania, con 11 muertos, 114 desaparecidos y 3 capturados por el ejército ucraniano. No se trata solo de una estadística diplomática. Es la primera vez que el Estado peruano reconoce, de forma oficial, la magnitud humana de una ruta de captación que mezcla promesas laborales, desplazamiento transnacional y exposición directa a un conflicto armado de alta letalidad.
La precisión del dato importa, pero también sus límites. El Gobierno distingue entre “peruanos enlistados” y los cuatro jóvenes repatriados, a quienes describe como víctimas de “reclutamiento forzado”. Esa diferencia no es semántica: apunta a dos fenómenos que pueden coexistir. Por un lado, personas que aceptaron incorporarse a estructuras vinculadas a la guerra; por otro, ciudadanos captados mediante engaños o presión y luego empujados a un escenario bélico que no habían consentido en términos reales. Esa ambigüedad explica por qué el caso ya desbordó la esfera consular y entró en la agenda penal.

El dato más sensible no es el número total, sino su distribución. Que 114 peruanos estén desaparecidos y otros 3 estén bajo custodia ucraniana significa que la crisis está abierta y que el Estado no controla la trazabilidad de buena parte de sus connacionales en la zona de guerra. En términos de gestión pública, eso revela una asimetría clásica: la diplomacia puede evacuar casos puntuales, pero carece de capacidad para rastrear con certeza a quienes ingresan a circuitos privados de contratación o reclutamiento militar en el exterior. En este caso, la política exterior llega después del daño.
La repatriación de cuatro jóvenes ofrece una pista sobre el tipo de mecanismo que estaría operando. Según la Cancillería, habían escapado de un reclutamiento forzado y fueron asistidos por la representación consular en Rusia, con apoyo del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables y del Ministerio de Salud. Esto sugiere que el problema ya no puede leerse solo como una aventura individual de quienes viajan por decisión propia. También expone una cadena de vulnerabilidad que empieza con una oferta laboral aparentemente normal y termina, en el peor de los casos, en una zona de combate. Ahí aparece la hipótesis más seria del caso: la guerra funciona como destino final de una red de captación de mano de obra barata o prescindible.
Ese patrón no es exclusivo del Perú. En varios países de América Latina se ha visto cómo redes informales o criminales aprovechan la precariedad laboral, la aspiración migratoria y la falta de información para empujar a jóvenes hacia empleos opacos en el extranjero. La diferencia aquí es el escenario de llegada: no un call center, una obra o una granja, sino una guerra convencional con altísimo riesgo de muerte, captura o desaparición. La escala cambia por completo la gravedad jurídica y ética del fenómeno. Si la Fiscalía confirma trata de personas y trata agravada, el caso dejará de ser una crisis consular para convertirse en una imputación sobre captadores, intermediarios y posibles beneficiarios en varios países.
La posición del Gobierno peruano también tiene una lectura política interna. Al recordar que el servicio militar para un Estado extranjero requiere autorización previa, la Cancillería no solo invoca una norma constitucional; intenta fijar un marco de responsabilidad frente a una opinión pública que demanda respuestas rápidas. El artículo 118, numeral 23, de la Constitución no resuelve por sí mismo el problema, pero sí aclara que la incorporación de ciudadanos a fuerzas armadas ajenas no es un acto libre de consecuencias legales. Esa advertencia apunta a disuadir nuevos casos, aunque llega después de que la captación ya produjo víctimas y desaparecidos.
Los familiares, entretanto, ocupan la zona más dura del conflicto. Su reclamo combina duelo, incertidumbre y desconfianza institucional. Han denunciado trata desde abril y aseguran que los reclutadores siguen libres. Una de las voceras familiares habló incluso de al menos 150 muertos, una cifra que no está confirmada por las autoridades. El contraste entre la cifra oficial y las estimaciones de las familias muestra una tensión habitual en crisis transnacionales: el Estado exige verificación, pero quienes buscan a sus parientes viven en un vacío informativo que les impide esperar con pasividad. En ese vacío suelen prosperar rumores, cifras infladas y versiones imposibles de verificar.
La discusión pública debería concentrarse en tres puntos. Primero, el alcance real de las redes de captación: no basta con identificar a los intermediarios visibles; hace falta seguir el rastro de pagos, anuncios, chats y desplazamientos. Segundo, la protección preventiva: una política exterior reactiva sirve para repatriar casos, pero no para impedir nuevas salidas. Tercero, la responsabilidad de plataformas y canales de difusión de ofertas laborales, que en este tipo de historias suelen funcionar como puerta de entrada. Si el reclutamiento se alimenta de mensajes que prometen seguridad privada, apoyo logístico o salarios altos en el extranjero, la vigilancia no puede quedarse en el perímetro migratorio.
El futuro inmediato dependerá de si el Perú logra convertir esta crisis en una investigación sostenida. Si la Fiscalía avanza con pruebas de trata, el país podría enfrentar una trama con ramificaciones internacionales y una discusión de fondo sobre control de agencias de empleo, verificación de contratos y cooperación judicial con Rusia y Ucrania. Si no lo hace, el caso quedará reducido a una sucesión de repatriaciones y comunicados parciales, mientras la lista de desaparecidos sigue abierta. El mayor riesgo no es solo el saldo humano ya conocido; es que nuevas ofertas vuelvan a encontrar a jóvenes dispuestos a emigrar sin herramientas para distinguir una oportunidad legítima de una trampa con destino militar.
