El 1 de julio de 2026 entraron en vigor incrementos en las estaciones Andes, Fusca y Unisabana que elevan la tarifa para vehículos particulares a 16.100 pesos, un alza del 5,92 por ciento. Buses pequeños y camiones de dos ejes pagan ahora 27.800 pesos, mientras que las categorías de carga pesada registran ajustes menores, hasta un 1,32 por ciento. Estos cambios responden a compromisos contractuales firmados años atrás y buscan cubrir parte del costo del proyecto Accesos Norte Fase II, que contempla la ampliación de la autopista Norte, la segunda calzada de la carrera Séptima y la perimetral de Sopó.
La Agencia Nacional de Infraestructura reporta que el peaje Andes registra más de 12,5 millones de vehículos anuales. Esa cifra ilustra la presión constante sobre un corredor que conecta Bogotá con los municipios de la Sabana. El ajuste no es aislado: forma parte de un esquema gradual que se extenderá hasta julio de 2027, combinando dos incrementos pactados (2.500 y 700 pesos a valores de 2019) para evitar un choque único en el bolsillo de los usuarios.

Financiamiento de infraestructura y equilibrio fiscal
La lógica contractual que sustenta estos aumentos radica en la necesidad de mantener la viabilidad económica de las concesiones. Sin flujo de recursos predecible, las obras de ampliación podrían retrasarse o requerir aportes directos del erario. Sin embargo, el diseño escalonado elegido por el Ministerio de Transporte y la ANI refleja un intento de distribuir el costo en el tiempo. Este enfoque reduce el riesgo de rechazo social inmediato, pero también dilata la percepción de beneficio para quienes pagan hoy sin ver mejoras tangibles en el corto plazo.
Un primer punto de análisis propio surge al comparar esta estrategia con experiencias similares en otras concesiones viales colombianas. Cuando los incrementos se aplican de golpe, como ocurrió en algunos corredores del Pacífico entre 2018 y 2021, se observaron caídas temporales del 8 al 12 por ciento en el flujo de vehículos ligeros. El esquema gradual adoptado aquí podría limitar esa contracción, siempre que la ejecución de las obras mantenga ritmos visibles para los usuarios.
Efectos diferenciados sobre grupos de usuarios
El impacto no es uniforme. Los conductores particulares que realizan trayectos diarios entre Bogotá y Chía, Cajicá o Zipaquirá enfrentan un costo adicional anual cercano a 180.000 pesos por vehículo. Para familias de ingresos medios que dependen del carro para el trabajo, esta suma representa una presión real sobre el presupuesto de transporte. En contraste, el sector de carga pesada experimenta alzas más moderadas, lo que podría traducirse en un traslado parcial de costos a los precios finales de bienes, aunque en proporción menor que en años anteriores.
Un segundo ángulo de análisis señala que la reducción simultánea de tarifas en Autopistas del Café, que bajó de 17.800 a 700 pesos para usuarios frecuentes de categorías uno y dos, genera un contraste regional evidente. Más de 9.000 personas se benefician de esa medida en el Eje Cafetero. La coexistencia de incrementos y rebajas dentro del mismo mes de julio revela una política tarifaria fragmentada que responde a presiones locales distintas: en el norte de Bogotá prima la necesidad de financiar expansión urbana, mientras que en el Eje Cafetero prima el alivio a comunidades que bloquearon estaciones en protestas previas.
Perspectivas de los actores involucrados
La ANI defiende la medida como condición indispensable para cumplir cronogramas contractuales y evitar sobrecostos futuros por demoras. Los alcaldes de los municipios de la Sabana, por su parte, esperan que las obras reduzcan tiempos de viaje y mejoren la competitividad de sus zonas industriales. Los transportadores de carga, aunque menos afectados en porcentaje, advierten que cualquier incremento tarifario se suma a otros costos operativos como combustible y mantenimiento, y podría erosionar márgenes ya estrechos.
Los usuarios frecuentes de la Sabana Centro y Norte, organizados en asociaciones de residentes, han manifestado preocupación por la acumulación de cobros en un mismo corredor. Algunos argumentan que el beneficio de las futuras vías se materializará años después de que ellos hayan absorbido los incrementos, lo que genera un desbalance intergeneracional en el reparto de cargas y beneficios.
Tendencias futuras y riesgos identificados
De mantenerse el esquema de incrementos graduales hasta 2027, el peaje Andes podría alcanzar tarifas cercanas a 18.000 pesos para vehículos livianos. Esa proyección, combinada con el crecimiento esperado del parque automotor en la Sabana, plantea interrogantes sobre la capacidad de absorción del corredor. Si la ampliación de la autopista Norte no avanza al ritmo prometido, el riesgo de congestión persistente aumenta y con él la posibilidad de que los usuarios perciban los pagos como una carga sin contraprestación clara.
Un tercer elemento de análisis apunta a la sostenibilidad política de este modelo. La decisión de aplicar rebajas en una región y alzas en otra puede incentivar la movilización social en otros corredores donde las tarifas se consideren desproporcionadas. La ANI ya ha debido gestionar protestas similares en el pasado; la experiencia sugiere que la transparencia en la ejecución presupuestal y la publicación periódica de avances de obra serán factores determinantes para mantener la legitimidad del ajuste.
Finalmente, la coexistencia de dos políticas tarifarias opuestas en un mismo período pone de relieve la tensión estructural entre la necesidad de financiar infraestructura mediante peajes y la demanda de equidad territorial. Cómo se resuelva esa tensión en los próximos años definirá no solo el ritmo de las obras en el norte de Bogotá, sino también la confianza de los ciudadanos en el sistema de concesiones viales del país.
