La inflación general anual de México descendió al 3,12 % en julio, desde el 3,37 % registrado en junio, y encadenó así su tercer retroceso mensual. El dato, divulgado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), representa además el nivel más bajo desde mayo de 2020, cuando la economía todavía estaba marcada por los efectos iniciales de la pandemia. La variación mensual fue negativa, del 0,03 %, frente al aumento del 0,27 % observado en julio de 2025.
La cifra confirma que la presión sobre los precios se ha moderado de forma considerable respecto a los máximos alcanzados en los últimos años. Sin embargo, el descenso no equivale a una reducción generalizada del coste de vida. La inflación continúa por encima del objetivo permanente del Banco de México, fijado en el 3 %, y la composición del indicador muestra que algunos gastos esenciales, especialmente los servicios y ciertos alimentos procesados, siguen aumentando con mayor rapidez que el índice general.
El largo camino desde el choque de precios
La trayectoria reciente debe leerse en el contexto de una serie de perturbaciones que comenzaron con la recuperación posterior a la pandemia. La reapertura simultánea de las principales economías provocó cuellos de botella en el transporte, escasez de insumos y un encarecimiento de materias primas. Más tarde, la invasión rusa de Ucrania agravó la tensión en los mercados energéticos y alimentarios. México, aunque cuenta con una estructura productiva diversificada, recibió esos impactos a través de combustibles, fertilizantes, transporte y bienes importados.
La inflación anual cerró 2022 en el 7,82 %, su mayor nivel para un fin de año en más de dos décadas. En 2023 bajó al 4,66 % y en 2024 se situó en el 4,21 %. El cierre de 2025, con una variación del 3,69 %, confirmó una desinflación prolongada, pero todavía incompleta. La caída de julio prolonga esa tendencia y sugiere que las presiones que llegaron desde el exterior han perdido fuerza, aunque no han desaparecido los factores internos que mantienen elevados determinados precios.
La respuesta monetaria también ha sido decisiva. Para contener las expectativas y evitar que el aumento de precios se incorporara a salarios, contratos y decisiones de inversión, el Banco de México mantuvo durante un periodo prolongado una política restrictiva. El encarecimiento del crédito redujo parte de la demanda interna y contribuyó a enfriar los precios, pero tuvo un coste: las empresas enfrentaron mayores gastos financieros y los hogares tuvieron menos margen para consumir o adquirir vivienda.

Una cifra favorable con dos velocidades
El elemento más relevante del informe es la diferencia entre la inflación general y la subyacente. Esta última, que excluye productos con precios muy volátiles, aumentó un 0,23 % mensual y un 3,95 % anual. Aunque también disminuyó frente al 4,03 % de junio, permanece claramente por encima del índice general. La brecha indica que la reciente moderación depende en parte de componentes que pueden cambiar rápidamente, como los productos agropecuarios y algunos energéticos.
Dentro de la inflación subyacente, las mercancías subieron un 3,95 % anual y los servicios un 4,36 %. Los alimentos procesados, bebidas y tabaco registraron un incremento del 4,85 %, mientras que las mercancías no alimenticias aumentaron un 2,37 %. En los servicios, la vivienda avanzó un 3,62 %, otros servicios un 4,85 % y la educación un 5,93 %. Estas cifras tienen una importancia especial porque los servicios suelen ajustarse con mayor lentitud y reflejan costes laborales, alquileres, mantenimiento y decisiones empresariales más persistentes.
El comportamiento de la educación ofrece un ejemplo concreto de esa resistencia. Las cuotas escolares y otros gastos vinculados a la formación suelen actualizarse en momentos específicos del año y no responden de inmediato a la caída de los combustibles o de algunos alimentos frescos. Para una familia con hijos, una inflación general del 3,12 % puede resultar poco representativa si la matrícula, el transporte escolar y los servicios contratados suben por encima del promedio.
Alimentos: alivio estadístico y presión cotidiana
El índice no subyacente disminuyó un 0,67 % mensual y acumuló un aumento anual de apenas el 0,29 %. Los productos agropecuarios cayeron un 3,34 % anual, con una reducción del 6,89 % en los productos pecuarios. El jitomate bajó un 29,20 % mensual, el chile poblano un 15,63 % y el chile serrano un 6,98 %. Estas variaciones ayudaron a contener el índice general y explican por qué el resultado de julio fue negativo en términos mensuales.
Pero el mismo grupo revela la vulnerabilidad de los hogares ante la volatilidad. La cebolla aumentó un 18,97 % en el mes y la naranja un 11,90 %. Las frutas y verduras registraron un crecimiento anual del 2,10 %, mientras otros productos concretos subieron con más intensidad. El consumidor no compra una canasta estadística abstracta: compra cantidades específicas de alimentos cada semana. Por eso, una familia que consuma más cebolla, cítricos o alimentos procesados puede percibir una inflación superior a la publicada.
La canasta de consumo mínimo, que reúne 170 bienes y servicios, retrocedió un 0,08 % mensual y aumentó un 2,73 % anual. El dato es relativamente favorable para los hogares de menores ingresos, que destinan una proporción mayor de sus recursos a alimentación, transporte y servicios básicos. Aun así, el promedio nacional oculta diferencias regionales y de composición del gasto. Los hogares rurales, por ejemplo, pueden estar más expuestos a los precios agropecuarios, mientras que las familias urbanas enfrentan con mayor intensidad alquileres, transporte y educación privada.
El impacto sobre los hogares y las empresas
La desaceleración de la inflación mejora el poder adquisitivo siempre que los ingresos nominales crezcan por encima de los precios. También reduce la frecuencia con la que las empresas deben modificar sus tarifas y facilita la planificación de presupuestos. Para los trabajadores, una inflación más baja puede hacer que los aumentos salariales conserven una mayor parte de su valor real. Sin embargo, el beneficio no llega de la misma manera a todos: quienes pagan rentas, colegiaturas o servicios profesionales pueden seguir enfrentando incrementos superiores al promedio.
En el sector empresarial, la moderación de las mercancías no alimenticias, con un aumento anual del 2,37 %, puede aliviar los costes de equipos, algunos insumos y bienes duraderos. No obstante, el encarecimiento de servicios, seguros y financiación mantiene presiones sobre los márgenes. Por finalidad de consumo, los seguros y servicios financieros subieron un 6,41 % anual, mientras los restaurantes y servicios de alojamiento aumentaron un 6,37 %. Estas alzas pueden trasladarse a los precios finales o frenar la contratación y la expansión de pequeños negocios.
El transporte aéreo, que aumentó un 4,11 % mensual, muestra además que la inflación no se comporta igual en todos los sectores. Las tarifas relacionadas con viajes pueden reaccionar a la temporada, la demanda y los costes operativos. En cambio, los productos para el cabello subieron un 1,47 %, una variación más vinculada a costes de producción y distribución. La combinación de ambos movimientos recuerda que una política económica debe observar las causas específicas, no únicamente el índice agregado.
La decisión que enfrenta el Banco de México
El nuevo descenso puede reforzar el debate sobre una eventual relajación monetaria. Con una inflación general cercana al objetivo y una subyacente por debajo de la de junio, existe un argumento para reducir gradualmente el coste del dinero y apoyar la actividad económica. El crédito más barato favorecería a empresas que necesitan invertir, a familias que buscan financiar vivienda y a sectores sensibles a las tasas, como la construcción y los bienes duraderos.
Pero una reducción demasiado rápida también entrañaría riesgos. La inflación subyacente sigue en el 3,95 %, los servicios avanzan un 4,36 % y la educación se acerca al 6 %. Si la demanda se reactiva antes de que esas presiones se disipen, el descenso podría detenerse. Además, una depreciación del peso encarecería productos importados y volvería a trasladar presión a mercancías, combustibles y componentes industriales. La autoridad monetaria debe equilibrar el apoyo al crecimiento con la necesidad de mantener ancladas las expectativas de inflación.
La propia composición de julio aconseja cautela. Un índice general reducido por la caída del jitomate, los chiles, el huevo y el gas doméstico LP puede cambiar rápidamente si se presentan problemas climáticos, interrupciones logísticas o aumentos internacionales de energía. La lectura más sólida para las decisiones de política no está únicamente en el 3,12 %, sino en la velocidad con que se moderen los servicios y en la estabilidad de la inflación subyacente durante los próximos meses.
El desafío que permanece después del descenso
México se encuentra más cerca de una etapa de estabilidad de precios, pero todavía no ha recuperado por completo la normalidad previa al ciclo inflacionario. La reducción desde el 7,82 % de 2022 es significativa y beneficia a la economía en su conjunto, aunque el nivel de precios acumulado permanece mucho más alto que antes del shock. Que la inflación baje significa que los precios crecen más despacio; no significa que regresen a los niveles anteriores.
La evolución futura dependerá de varios frentes: el comportamiento del peso, la demanda estadounidense, los costes energéticos, las cosechas y la capacidad de las empresas para absorber o trasladar aumentos salariales y financieros. También será determinante la política pública en vivienda, transporte y competencia, áreas donde los precios pueden mantenerse elevados incluso con una inflación general moderada.
El dato de julio ofrece, por tanto, un alivio real, pero no una victoria definitiva. La economía mexicana ha pasado de combatir una inflación ampliamente extendida a gestionar focos más persistentes y desiguales. El reto para el Banco de México será consolidar la convergencia hacia el 3 % sin provocar una desaceleración excesiva, mientras el Gobierno y las empresas deberán atender los componentes que más pesan en la vida diaria. La calidad de la recuperación dependerá menos de un dato aislado que de que la estabilidad alcance también a los servicios y a los hogares que todavía perciben el coste de vida por encima de las cifras nacionales.
