La mejora de la calificación de la Ciudad de Buenos Aires a raAAA por parte de S&P National Ratings no es solamente una señal favorable para su deuda. Desde el 1 de septiembre de 2026, la administración porteña reúne la máxima nota en escala nacional de dos agencias, luego de la mejora informada por Moody’s en julio. Esa coincidencia tiene una consecuencia concreta: convierte a los títulos de la Ciudad en elegibles para recibir inversiones del Fondo de Asistencia Laboral (FAL), un vehículo diseñado para respaldar el pago de indemnizaciones.
El dato merece una lectura más amplia que la celebración oficial. La calificación máxima reconoce una combinación de superávits persistentes, liquidez acumulada, alta autonomía tributaria y una gestión que logró sostener inversiones aun en un entorno nacional volátil. Pero, al mismo tiempo, coloca a Buenos Aires frente a una prueba más exigente: demostrar que su reputación financiera no depende exclusivamente de un ciclo macroeconómico favorable ni de ingresos extraordinarios vinculados a acuerdos con la Nación.
La nota máxima vale por su efecto regulatorio, no solo por su prestigio
S&P elevó tanto la calificación institucional de largo plazo como la de las emisiones porteñas desde raAA+ hasta raAAA, con perspectiva estable. En la escala nacional argentina, raAAA representa el nivel más alto y describe a una entidad con capacidad “extremadamente fuerte” para cumplir sus obligaciones financieras frente a otros emisores locales. También alcanzaron esa nota el programa de eurobonos de mediano plazo por US$3.390 millones y la Clase 23, con vencimiento el 22 de febrero de 2028.
En condiciones normales, una mejora de rating puede traducirse en menor costo de financiamiento, mayor demanda de bonos y mejor posición negociadora ante inversores. En este caso hay un canal adicional: la regulación del FAL requiere una calificación AAA nacional otorgada por al menos dos agencias para invertir en deuda de provincias, de la Ciudad y en obligaciones negociables privadas. La regla, por lo tanto, no es meramente indicativa; establece una frontera de acceso al ahorro administrado bajo ese fondo.

La novedad central es que, según la información disponible sobre los criterios del FAL, CABA sería la única jurisdicción subnacional que supera ese doble filtro. La deuda nacional quedó exceptuada de la exigencia de AAA y no enfrenta un límite máximo de cartera bajo esa regla. En cambio, la exposición a deuda provincial y porteña no puede exceder 15% del portafolio en conjunto ni 5% por jurisdicción. La Ciudad no recibe un cheque en blanco, pero pasa a integrar un universo reducido de alternativas disponibles para los administradores del fondo.
Ese diseño puede modificar la estructura de demanda de los bonos porteños. La elegibilidad no garantiza compras inmediatas ni masivas: dependerá de tasas, plazos, liquidez, moneda y composición de las carteras. Sin embargo, sí crea una fuente potencial de demanda institucional que antes estaba vedada. En un mercado argentino donde el crédito subnacional suele estar condicionado por la escasez de compradores de largo plazo, ampliar la base de inversores tiene un valor estratégico considerable.
Una ventaja competitiva construida con superávit y recursos propios
La explicación de S&P se apoya en datos fiscales antes que en un único hecho coyuntural. La agencia destaca resultados superavitarios consistentes, administración financiera prudente, reservas de liquidez y una reducción de los niveles de endeudamiento durante los últimos años. Su escenario base para 2026-2028 proyecta un balance operativo positivo equivalente, en promedio, a 19,7% de los ingresos corrientes. Para una jurisdicción que debe financiar servicios urbanos complejos, transporte, seguridad, salud y obras de infraestructura, ese margen es una señal relevante de capacidad de absorción frente a shocks.
La fortaleza más estructural aparece del lado de los ingresos. Cerca de 85% de los recursos de la Ciudad proviene de fuentes propias. Esa proporción la diferencia de provincias más dependientes de transferencias automáticas o discrecionales del gobierno nacional. En términos financieros, la autonomía tributaria reduce el riesgo de que una disputa política o una decisión administrativa del poder central altere de manera inmediata la capacidad de pago de la jurisdicción.
La afirmación no implica que Buenos Aires sea inmune a la relación fiscal federal. La controversia por el coeficiente de coparticipación mostró precisamente lo contrario. El recorte aplicado en 2022 y la posterior ralentización de los fondos acordados a mediados de 2025 obligaron a la Ciudad a operar bajo incertidumbre. El acuerdo del 18 de mayo de 2026 para transferir bonos soberanos, con vencimiento promedio de siete meses, permitió saldar el atraso acumulado desde julio de 2025. S&P interpreta que la administración logró atravesar ese episodio sin deteriorar su perfil crediticio.
La conclusión más relevante es que la calificación premia capacidad de respuesta, no ausencia de conflicto. Una ciudad con finanzas sólidas no es aquella que nunca enfrenta recortes de ingresos, sino aquella que puede reordenar gastos, usar liquidez y preservar su acceso al mercado cuando esos recortes ocurren. Esa distinción ayuda a entender por qué el rating puede mejorar incluso después de un período de tensión con la Nación.
El FAL convierte una fortaleza fiscal en una cuestión de política laboral
La entrada potencial de bonos porteños al FAL agrega una dimensión menos visible al debate. El fondo está vinculado al pago de indemnizaciones, de modo que sus inversiones no son un portafolio puramente financiero: están asociadas a obligaciones laborales futuras. Para los trabajadores y empleadores alcanzados por el esquema, la prioridad no debería ser maximizar rendimiento en el corto plazo, sino preservar capital, sostener liquidez y evitar concentraciones excesivas de riesgo.
Desde ese ángulo, la calificación doble AAA funciona como una barrera de calidad. Exige que dos evaluadores independientes, aplicando escalas nacionales, ubiquen al emisor en el máximo nivel local. El argumento regulatorio es comprensible: los recursos destinados a cubrir contingencias laborales deben invertirse con estándares más altos que los de una cartera especulativa. La Ciudad gana porque cumple ese requisito; el sistema gana si la regla reduce la probabilidad de que el fondo dependa de activos frágiles.
Pero existe una tensión. Un filtro demasiado exigente puede concentrar la cartera en pocos emisores elegibles. Para la deuda provincial y de CABA, el límite de 15% agregado y 5% por jurisdicción contiene parcialmente ese riesgo. Aun así, si solo una jurisdicción subnacional reúne las condiciones, la competencia por captar ese flujo se debilita y la regulación puede terminar reforzando una asimetría preexistente entre Buenos Aires y el resto del país.
Para las provincias, el episodio deja una señal incómoda pero útil. No basta con emitir bonos o buscar refinanciaciones: deben fortalecer previsibilidad presupuestaria, transparencia de cuentas, reservas de caja y calidad institucional si pretenden acceder a nuevas fuentes de demanda. Para las empresas privadas, sujetas a un tope conjunto de 20% y de 10% por emisor, la vara también es alta. El FAL puede convertirse en un incentivo indirecto para mejorar gobierno corporativo y disciplina financiera, aunque la respuesta dependerá de que el mercado considere atractiva la relación entre costo de calificación, cumplimiento y acceso efectivo a capital.
La obra pública explica parte del crédito, pero también concentra la prueba
La lectura oficial asocia la mejora de nota con la posibilidad de financiar obras a mejores tasas. Esa relación es razonable, aunque exige matices. S&P prevé que el gasto de capital de la Ciudad promedie 20% del gasto total, por encima del 15% observado entre 2022 y 2025. En ese programa aparecen proyectos de transporte, renovación de vagones, una nueva línea de subterráneo y obras viales de distinta escala.
La inversión de capital puede reforzar la solvencia futura si reduce costos logísticos, mejora movilidad, eleva productividad urbana y evita deterioros costosos en infraestructura. También ofrece flexibilidad presupuestaria: a diferencia de salarios, jubilaciones o servicios esenciales, ciertas obras pueden reprogramarse ante una caída abrupta de ingresos. Esa es una de las razones por las que la calificadora considera que el mayor gasto de capital no invalida el perfil favorable de la Ciudad.
Sin embargo, el propio escenario base contiene una advertencia. S&P espera que el resultado después del gasto de capital sea levemente deficitario, en línea con 2025, con un promedio de 0,3% de los ingresos totales entre 2026 y 2028. El déficit proyectado es pequeño y compatible con una posición fiscal saludable, pero marca un cambio de naturaleza: la fortaleza no descansará en acumular excedentes absolutos, sino en administrar cuidadosamente el equilibrio entre inversión, endeudamiento y reservas.
El riesgo no está en invertir más, sino en confundir mejor acceso al crédito con capacidad ilimitada de endeudamiento. Una AAA nacional puede reducir tasas relativas dentro de Argentina, pero no elimina la sensibilidad de los bonos locales a la inflación, al tipo de cambio, a las condiciones externas o a la percepción sobre el riesgo soberano. Si las obras se expanden más rápido que los ingresos recurrentes, la Ciudad podría erosionar la misma prudencia que hoy sostiene su diferencial crediticio.
El reconocimiento de las agencias no cierra la discusión sobre el riesgo argentino
Jorge Macri vinculó la decisión de S&P con el orden de las cuentas porteñas y con una macroeconomía nacional que genera confianza. Gustavo Arengo afirmó que la Ciudad es el lugar más seguro del país para invertir. Ambas expresiones condensan una lectura política comprensible, pero deben distinguirse dos planos. La calificación raAAA es una evaluación relativa dentro de la escala argentina: indica superioridad respecto de otros emisores nacionales, no equivalencia automática con una AAA internacional ni ausencia de riesgo país.
Para los inversores, esa diferencia es decisiva. Un bono de la Ciudad puede exhibir mejores fundamentos fiscales que sus pares subnacionales y, al mismo tiempo, sufrir volatilidad por factores que no controla: cambios regulatorios nacionales, acceso restringido a divisas, reformas tributarias, desaceleración económica o tensiones entre la Nación y las provincias. La calificación nacional sirve para ordenar riesgos comparables dentro del mercado local; no sustituye el análisis de moneda, duración, legislación aplicable y capacidad de repago en escenarios extremos.
También hay una cuestión de dependencia de las agencias. El requisito de doble AAA otorga a las calificadoras un papel casi regulatorio en la asignación de recursos del FAL. Eso puede elevar los estándares, pero concentra poder en metodologías privadas y en sus ritmos de revisión. Si una agencia modifica sus criterios o recorta una nota, la elegibilidad podría cambiar con rapidez. Los administradores del fondo deberían complementar el rating con controles propios de liquidez, concentración, vencimientos y riesgo de mercado.
El próximo examen será sostener la nota durante la expansión inversora
La perspectiva estable sugiere que S&P no anticipa un deterioro inmediato. El escenario de la agencia combina superávit operativo, necesidades de financiamiento decrecientes y una inversión de capital más elevada. Si esas variables se cumplen, Buenos Aires podría consolidar un círculo favorable: menor percepción de riesgo, financiamiento relativamente más barato, obras con retorno urbano y preservación de reservas. La elegibilidad ante el FAL ampliaría ese círculo al sumar demanda institucional potencial.
El resultado contrario también es posible. Una caída de la actividad puede afectar la recaudación propia; una nueva disputa por transferencias nacionales puede tensionar la caja; un salto en costos de obras o una mala calendarización de vencimientos puede obligar a financiar déficits en condiciones adversas. El acuerdo de 2026 por los fondos atrasados resolvió una parte del conflicto, pero no modifica la fragilidad histórica de las reglas fiscales interjurisdiccionales argentinas.
La verdadera importancia de la raAAA, entonces, no reside en un rótulo sino en el estándar que impone. La Ciudad logró una posición excepcional entre los emisores subnacionales y obtuvo acceso potencial a un nuevo segmento de inversión. Para preservar esa ventaja deberá demostrar que puede financiar su agenda de infraestructura sin transformar la holgura fiscal en dependencia de deuda, administrar con prudencia los recursos del FAL y mantener transparencia suficiente para que la confianza no sea solo una evaluación de las agencias, sino una convicción duradera del mercado y de quienes dependen de esos fondos.
