Julio marca récord, pero el empleo formal pierde impulso

El mercado laboral mexicano cerró julio con una paradoja difícil de ignorar: alcanzó 22 millones 760 mil 154 puestos formales registrados ante el IMSS, su nivel más alto para ese mes y el cuarto mayor de toda la serie histórica, pero al mismo tiempo destruyó 19 mil 550 plazas respecto de junio. La lectura de fondo no es un simple choque estadístico. Es la señal de un empleo que sigue creciendo en términos anuales, aunque con una tracción más frágil de la que sugiere el récord nominal.

La mayor parte del empleo formal sigue concentrada en plazas permanentes: 87% del total en julio, con 19 millones 797 mil 516 puestos de planta. Ese dato importa más de lo que parece. En un país donde la informalidad continúa siendo el principal refugio laboral, la permanencia de los puestos ofrece certidumbre de ingreso, acceso a seguridad social y capacidad de consumo más estable. El problema es que la creación reciente no compensa con suficiente fuerza las salidas estacionales, y eso revela un mercado que avanza, pero no con el mismo ritmo con el que se expande la base de trabajadores inscritos.

La lectura más precisa del dato no está en el récord, sino en la contradicción entre máximo histórico y caída mensual. El IMSS atribuyó la baja al fin del ciclo escolar y a la fase descendente del ciclo agrícola, dos factores que suelen repetirse cada año. Pero precisamente por eso el comportamiento obliga a una observación más fina: cuando un mercado depende tanto de estacionalidades previsibles, la fotografía mensual puede ocultar una debilidad estructural en sectores con menor capacidad de absorción de empleo continuo. En otras palabras, el récord convive con una vulnerabilidad que no se resuelve con la sola acumulación de afiliados.

El crecimiento acumulado de 243 mil 78 puestos en los primeros siete meses de 2026 ofrece un matiz relevante. De esa creación, 95.4% corresponde a empleo permanente. Ese porcentaje sugiere que las empresas, al menos en términos de formalización, están prefiriendo relaciones laborales más estables. La hipótesis más sólida es que la economía mexicana está viviendo una combinación de rotación moderada, mayor formalización de nuevas actividades y necesidad empresarial de retener fuerza de trabajo calificada en segmentos específicos. No es un dato menor: una estructura con predominio de plazas permanentes tiende a sostener mejor el consumo y mejora la recaudación asociada a seguridad social y prestaciones.

Sin embargo, hay una segunda lectura menos complaciente. La generación de 243 mil puestos en siete meses es positiva, pero luce contenida si se compara con la magnitud de una economía del tamaño de México y con las expectativas creadas por el nearshoring, la relocalización industrial y el discurso de expansión manufacturera. El empleo formal sigue creciendo, sí, pero todavía no se observa una ola amplia y homogénea de contratación que alcance a todo el país ni a todos los sectores. Lo que aparece es un crecimiento desigual, altamente concentrado en regiones y actividades con mejor conexión logística, industrial o de servicios.

Los datos estatales refuerzan esa desigualdad. Baja California lideró el crecimiento anual con 7%, seguida de Oaxaca con 5.8%, mientras Campeche cayó 7.3%, la peor contracción del país. También aparecen avances relevantes en Estado de México, San Luis Potosí, Tabasco y Ciudad de México, pero el mapa general sigue dividido entre entidades que capturan inversión y otras que pierden empleo formal. Esto importa porque el empleo no sólo mide actividad económica; también anticipa dónde se están formando los nuevos polos de oportunidad y dónde se está ensanchando la brecha territorial. Baja California gana por su integración con cadenas manufactureras y exportadoras; Campeche sigue atrapado en la fragilidad de actividades muy dependientes del ciclo energético y de una base productiva limitada.

La discusión para empresas y trabajadores cambia todavía más con el caso de las plataformas digitales. En un año, 247 mil 900 personas fueron registradas como puestos de trabajo con acceso a los cinco seguros del IMSS, y 1 millón 591 mil 30 personas resultaron beneficiadas por la reforma. Ese dato confirma que la formalización de la economía de plataformas ya no es una hipótesis regulatoria, sino una realidad con impacto directo. Para las compañías, representa mayores obligaciones y costos administrativos; para los trabajadores, abre una puerta inédita a protección social en actividades antes ubicadas en una zona gris. La tensión está en el umbral de ingreso: sólo quienes lo superan son registrados como puestos formales, mientras el resto queda cubierto por el seguro de riesgos de trabajo. El sistema, por tanto, avanza en protección, pero mantiene una segmentación interna que podría reproducir desigualdades de ingreso dentro de una misma plataforma.

Ahí emerge un punto que no debe perderse de vista: la reforma de plataformas no sólo amplía cobertura, también redefine la medición del empleo moderno. Si una parte del trabajo digital entra al radar del IMSS, el crecimiento del empleo formal dejará de depender exclusivamente de fábricas, comercios u ოფicinas tradicionales. Eso puede mejorar las estadísticas, pero también complica las comparaciones históricas. La frontera entre empleo estable, trabajo por encargo y actividad intermitente se vuelve más porosa, y el reto regulatorio ya no consiste sólo en registrar puestos, sino en asegurar que los nuevos modelos no diluyan derechos bajo esquemas de flexibilidad extrema.

El escenario hacia los próximos meses depende de tres variables. La primera es estacional: el cierre del verano y la reactivación del ciclo escolar podrían devolver parte de los empleos perdidos, pero no todos. La segunda es sectorial: si transporte, comunicaciones y servicios sociales sostienen el ritmo anual de crecimiento, el empleo formal puede seguir avanzando aun con una industria más lenta. La tercera es regional: los estados con mayor vínculo exportador y con mejor infraestructura seguirán captando más plazas, mientras las entidades dependientes de actividades volátiles quedarán expuestas a retrocesos recurrentes.

El riesgo principal no es una caída abrupta del empleo formal, sino su expansión a dos velocidades. Una parte del país y de la economía ya se está beneficiando de mayor estabilidad y de nuevas formas de formalización; otra sigue atrapada en ciclos cortos, salarios más frágiles y menor capacidad de crear puestos permanentes. Si esa brecha se profundiza, el récord de julio quedará como una cifra alta pero incompleta: una prueba de que México genera empleo, aunque todavía no resuelve del todo dónde, para quién y con qué calidad lo está haciendo.

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