La decisión de Estados Unidos de no renovar automáticamente el T-MEC por 16 años adicionales no representa un quiebre en la relación comercial con México, sino la apertura de un proceso de revisiones anuales que se extenderá hasta 2036. Esta dinámica obliga a examinar las raíces profundas del tratado y las transformaciones que ha experimentado el comercio norteamericano desde la firma del TLCAN en 1994.
Carlos Slim Helú, durante el Día de las Ingenierías organizado por la Unión Mexicana de Asociaciones de Ingenieros, enfatizó que México y Estados Unidos forman parte de un mismo sistema productivo complementario. Sus declaraciones cobran relevancia porque coinciden con la postura oficial del gobierno mexicano, expresada por el secretario de Economía Marcelo Ebrard, quien descartó cualquier negociación de un tratado de libre comercio con China en el corto plazo.
Antecedentes: del TLCAN al T-MEC y la reconfiguración global
El origen del actual marco comercial se remonta a la integración manufacturera que comenzó hace tres décadas, cuando empresas estadounidenses trasladaron parte de su producción a México para aprovechar costos laborales más bajos y proximidad geográfica. La renegociación que dio lugar al T-MEC en 2020 introdujo reglas de origen más estrictas en el sector automotriz y disposiciones laborales reforzadas. Sin embargo, la administración Trump ha optado por no extender automáticamente el acuerdo, lo que genera revisiones anuales centradas en aranceles al acero, déficit comercial y cadenas de suministro.
Esta revisión ocurre en un contexto de disrupciones globales iniciadas con la pandemia de 2020 y acentuadas por las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China. Muchas empresas descubrieron la fragilidad de depender de proveedores asiáticos para componentes críticos como semiconductores y principios activos farmacéuticos. El nearshoring, es decir, la relocalización de producción hacia México, emerge como respuesta estratégica.
La visión de Slim sobre la complementariedad productiva
Slim argumentó que México no debe competir con Estados Unidos, sino fortalecer la integración existente en sectores como la industria automotriz y la manufactura de bienes intermedios. Su advertencia sobre la necesidad de producir más para depender menos de Asia se sustenta en datos concretos: México mantiene un déficit comercial significativo con China en insumos industriales, medicamentos y componentes electrónicos. La lógica es que cada importación desde Asia que pueda sustituirse por producción regional reduce vulnerabilidades y genera empleos en Norteamérica.

El planteamiento encuentra respaldo en casos como el de las plantas automotrices instaladas en estados como Guanajuato y Coahuila. Estas instalaciones no operan de manera aislada: dependen de proveedores estadounidenses de componentes de alta tecnología y, a su vez, exportan vehículos terminados al mercado norteamericano. Romper esa cadena por decisiones arancelarias unilaterales elevaría costos para los consumidores en ambos lados de la frontera.
Impactos sectoriales: automotriz, farmacéutico y electrónico
La industria automotriz mexicana representa cerca del 20 % de las exportaciones totales del país y emplea directamente a más de 800 mil personas. Si las revisiones anuales del T-MEC imponen aranceles adicionales equivalentes a los que enfrentan Corea del Sur o Japón, las plantas mexicanas perderían competitividad frente a competidores asiáticos. Esto podría traducirse en menor inversión en nuevas líneas de ensamblaje y en la ralentización de proyectos de expansión ya anunciados por armadoras como BMW y Volkswagen.
En el sector farmacéutico, México importa más del 70 % de los principios activos de China e India. La estrategia de sustituir esas importaciones con producción regional requeriría inversiones en plantas de síntesis química y regulaciones sanitarias armonizadas. El beneficio potencial es doble: menor exposición a interrupciones de suministro y desarrollo de capacidades tecnológicas locales que podrían extenderse a otros países de América Latina.
Efectos en el empleo, la inversión y los consumidores
Para los trabajadores mexicanos, la certidumbre sobre el acceso al mercado estadounidense es determinante. Una revisión que limite las exportaciones automotrices podría generar pérdidas de entre 150 mil y 250 mil empleos directos en un escenario de desaceleración prolongada. Por el lado estadounidense, las empresas que dependen de proveedores mexicanos enfrentarían incrementos de costos que, en última instancia, se trasladarían a los precios de automóviles y electrodomésticos en ese país.
Los consumidores norteamericanos también se verían afectados. Un aumento de 5 % en el precio promedio de un vehículo debido a aranceles se traduciría en miles de millones de dólares adicionales en gastos anuales para hogares. La integración actual permite mantener precios competitivos precisamente porque las cadenas de valor operan de forma fluida entre los tres países del T-MEC.
Implicaciones geopolíticas y desarrollo de largo plazo
La postura de Slim y del gobierno mexicano refleja una lectura estratégica del orden comercial global. Al priorizar la relación con Estados Unidos y rechazar nuevos acuerdos con China, México busca posicionarse como socio confiable en la reconfiguración de cadenas de suministro. Este alineamiento puede atraer inversión extranjera directa en sectores estratégicos como semiconductores y baterías para vehículos eléctricos, siempre que se cumplan las reglas de origen y se mantenga estabilidad regulatoria.
A largo plazo, el éxito dependerá de la capacidad mexicana para elevar la productividad mediante inversión en ingeniería, capacitación técnica y desarrollo de proveedores locales. Si las revisiones anuales del T-MEC se convierten en un mecanismo de cooperación para sustituir importaciones asiáticas, el resultado sería una Norteamérica más resiliente frente a choques externos. De lo contrario, el riesgo es que la incertidumbre frene proyectos de inversión y debilite la competitividad regional frente a bloques asiáticos y europeos.
La convergencia entre el análisis empresarial de Slim y la política comercial del gobierno federal indica que México enfrentará esta etapa con una estrategia clara: defender el acceso preferencial al mercado estadounidense mientras impulsa la sustitución de importaciones mediante mayor producción regional.
