La inflación anual de Reino Unido subió en julio a 2.9%, su primera aceleración desde marzo, empujada por el alza de la energía y en línea con lo previsto por el mercado. El dato confirma que la presión sobre el costo de vida sigue viva, aunque aún no altera de fondo una economía que el Gobierno describe como resistente.

El repunte refleja el aumento de 13% en el tope de tarifas energéticas aplicado por Ofgem desde el 1 de julio, tras la escalada del gas ligada a la guerra en Medio Oriente. Para el nuevo primer ministro, Andy Burnham, el desafío ya no es solo contener precios, sino evitar que la energía vuelva a reactivar una inflación que parecía ceder.
El Ejecutivo empezó a responder con alivios fiscales y subsidios al transporte, pero su efecto tardará en verse. La lectura de fondo es clara: la desinflación británica sigue siendo frágil y depende menos de la demanda interna que de shocks energéticos externos, un terreno donde la política económica tiene margen limitado.
