La reunión en Ginebra de las principales autoridades de propiedad intelectual coincide con un cambio profundo en la forma en que se genera y mide la riqueza. Durante décadas, los balances de las empresas reflejaban principalmente fábricas, maquinaria y existencias. Hoy, el valor reside cada vez más en activos que no se pueden tocar: marcas, algoritmos, bases de datos y patentes. Este desplazamiento no es coyuntural, sino el resultado de varias décadas de transformación tecnológica y regulatoria que han alterado las reglas de la competitividad nacional.
De la economía industrial al conocimiento
El tránsito hacia los activos intangibles comenzó a acelerarse en los años ochenta, cuando las empresas tecnológicas empezaron a capitalizar el software y las marcas como elementos diferenciadores. En aquel momento, las normas contables seguían ancladas en el paradigma físico, por lo que gran parte del valor real permanecía fuera de los estados financieros. La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual documenta que esta brecha se ha ampliado de manera constante. El informe Global Intangible Finance Tracker 2025 estima que el 83 por ciento del valor intangible de las empresas no aparece en sus libros. Esa cifra revela que los mecanismos tradicionales de medición ya no capturan el origen real de la ventaja competitiva.
Las marcas desempeñan un papel central en este proceso. Reducen la asimetría de información entre productores y consumidores al condensar en un signo la reputación acumulada durante años de inversión en calidad y servicio. Sin esa señal, los compradores incurrirían en costes de búsqueda mucho mayores y las empresas tendrían menos incentivos para mantener estándares elevados. La OCDE ha señalado que, en sectores donde las innovaciones no siempre pueden patentarse, las marcas funcionan como indicador proxy de la actividad innovadora y permiten a las compañías apropiarse de los beneficios derivados de sus esfuerzos.

Impactos sectoriales y desigualdades emergentes
El peso creciente de los intangibles modifica la dinámica de varios sectores. En la industria farmacéutica, las marcas permiten mantener márgenes después de que expiren las patentes, lo que financia nuevas investigaciones. En el software, donde la protección mediante patentes resulta limitada, las marcas y el reconocimiento de los usuarios se convierten en el principal mecanismo de captura de valor. Empresas como las que dominan los sistemas operativos móviles han construido valoraciones multimillonarias casi exclusivamente sobre la base de estos activos invisibles.
Sin embargo, esta concentración genera riesgos de desigualdad. Las economías que carecen de marcos robustos de protección de la propiedad intelectual y de sistemas educativos orientados a la creación de conocimiento ven cómo parte de su valor potencial migra hacia jurisdicciones con mayor capacidad de apropiación. El resultado es una brecha que no solo afecta a las empresas, sino también a la distribución del ingreso entre países y dentro de cada sociedad. Los trabajadores cualificados en diseño, ingeniería y gestión de marcas capturan una proporción creciente de la renta, mientras que las ocupaciones vinculadas a activos físicos pierden peso relativo.
Reconfiguración de las políticas públicas
Los gobiernos enfrentan la necesidad de adaptar sus estrategias fiscales y educativas. Los regímenes tributarios diseñados para gravar activos tangibles resultan insuficientes cuando el valor reside en marcas y datos. Algunos países han introducido incentivos fiscales para la investigación y el desarrollo de marcas, mientras que otros exploran mecanismos de amortización acelerada de activos intangibles. Estas medidas, sin embargo, plantean desafíos de armonización internacional, pues la movilidad de los intangibles permite a las empresas trasladar su valor contable hacia jurisdicciones de menor carga fiscal.
En el ámbito educativo, la demanda de perfiles capaces de gestionar y valorar marcas obliga a revisar los planes de estudio. La formación tradicional en ingeniería y administración debe incorporar competencias en propiedad intelectual, análisis de reputación y estrategia de diferenciación. Sin esa adaptación, el capital humano de un país puede convertirse en el principal cuello de botella para capturar el valor de la innovación.
Trayectorias futuras y tensiones estructurales
A largo plazo, la primacía de los activos intangibles podría modificar la geografía de la producción. Las cadenas de suministro globales ya no se organizan únicamente en función de costes laborales o proximidad a materias primas, sino según la capacidad de proteger y explotar marcas y datos. Esta reconfiguración favorece a los países que combinan marcos regulatorios estables con ecosistemas de innovación densos.
Al mismo tiempo, persiste la incógnita sobre la sostenibilidad del modelo. Si la mayor parte del valor permanece invisible para la contabilidad tradicional, los inversores y reguladores carecen de información fiable para evaluar riesgos. Una corrección abrupta en la valoración de marcas podría desencadenar efectos sistémicos similares a los observados en crisis anteriores vinculadas a activos sobrevalorados. La transparencia contable y la estandarización de métricas de intangibles se perfilan así como condiciones necesarias para la estabilidad financiera futura.
El verdadero alcance de esta transformación radica en su capacidad para alterar la forma en que las sociedades generan y distribuyen riqueza. Las marcas, lejos de ser meros signos comerciales, actúan como mecanismos que traducen la innovación en valor económico reconocible por millones de consumidores. Comprender esa función exige revisar no solo las normas de propiedad intelectual, sino también los modelos de medición del progreso económico y las políticas destinadas a garantizar que los beneficios de la intangible economy se distribuyan de manera amplia.
