El Oriente mexiquense repavimenta, pero enfrenta el reto del mantenimiento

El Plan Integral para el Oriente del Estado de México alcanzó una cifra relevante, aunque todavía insuficiente para medir su éxito definitivo: los diez trenes de pavimentación entregados por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo han permitido intervenir 1 millón 242 mil 506 metros cuadrados de calles y avenidas. La superficie equivale, según el reporte oficial, a unos 100 kilómetros de vialidades en Valle de Chalco, Ecatepec, La Paz, Nezahualcóyotl, Ixtapaluca, Chicoloapan, Texcoco, Chimalhuacán, Chalco y Tlalnepantla.

El dato confirma que el programa pasó de la fase política de anuncio a una etapa operativa visible. Cada municipio recibió un tren de pavimentación para trabajar de manera simultánea, una decisión que busca evitar la concentración de recursos en una sola localidad y acelerar la respuesta en una región donde el deterioro vial afecta el transporte público, la actividad comercial, el acceso a escuelas y hospitales y los tiempos de traslado de millones de personas.

La cifra es grande, pero revela una primera limitación

La equivalencia entre 1.24 millones de metros cuadrados y 100 kilómetros permite aproximar un ancho promedio intervenido de 12.4 metros por vialidad. No se trata, por tanto, de 100 kilómetros lineales completamente renovados con el mismo alcance constructivo. En algunos casos puede incluirse una avenida amplia; en otros, tramos de calles con diferentes dimensiones, trabajos parciales o superficies que no cubren toda la sección vial. La precisión importa porque el número de metros cuadrados puede transmitir una sensación de cobertura mayor que la experimentada por los usuarios.

El avance también presenta diferencias considerables. Valle de Chalco reporta 100 por ciento de cumplimiento; Ecatepec, 82 por ciento; La Paz, 70; Nezahualcóyotl, 67; Ixtapaluca, 63; Chicoloapan, 45; Texcoco, 42; Chimalhuacán, 36; Chalco, 34, y Tlalnepantla, 24 por ciento. Entre el municipio más avanzado y el más rezagado hay una brecha de 76 puntos porcentuales. Esa distancia difícilmente se explica solo por la disponibilidad de maquinaria: refleja diferencias en extensión territorial, condiciones del pavimento, permisos, diseño de las obras, capacidad administrativa, conflictos con redes de agua y drenaje y, posiblemente, en la priorización política de los tramos.

El primer hallazgo es claro: entregar equipos iguales no produce resultados iguales. La maquinaria puede ampliar la capacidad de ejecución, pero el rendimiento depende de la planeación local. Un tren detenido por una tubería no localizada, una avenida sin proyecto de drenaje o un contrato de suministro irregular puede convertir una inversión visible en una operación intermitente.

Diez municipios, una estrategia; diez realidades distintas

La distribución territorial tiene una ventaja evidente: permite desplegar frentes de trabajo en paralelo y reduce la dependencia de una única empresa o dependencia central. También fortalece la capacidad pública de pavimentar, una tarea que durante años se apoyó en contratistas privados y que suele quedar sujeta a calendarios presupuestales. Si los trenes se mantienen operativos, el Estado puede responder con mayor rapidez a emergencias y programar intervenciones menores sin esperar una nueva licitación para cada tramo.

Pero la descentralización genera un problema de comparabilidad. Un avance de 24 por ciento en Tlalnepantla no necesariamente significa peor gestión que el 70 por ciento de La Paz. La extensión de la red, la densidad urbana, el volumen de tráfico pesado y la complejidad de las obras pueden ser radicalmente diferentes. Por eso, los porcentajes deberían acompañarse con indicadores homogéneos: kilómetros realmente terminados, metros cuadrados con recepción formal, costo por unidad, duración de los trabajos, porcentaje de tramos que requirieron reconstrucción y número de quejas atendidas.

La ausencia de esos datos limita la evaluación pública. El ciudadano no solo necesita saber cuánto se pavimentó, sino qué calles fueron intervenidas, con qué espesor, qué materiales se utilizaron, cuál es la vida útil estimada y quién asumirá la responsabilidad si aparecen hundimientos o desprendimientos. En una región con lluvias intensas, asentamientos diferenciales y frecuentes problemas de drenaje, una carpeta asfáltica recién colocada puede deteriorarse en pocos meses si la causa estructural permanece intacta.

El pavimento no resuelve por sí solo la movilidad

El Oriente mexiquense concentra cerca de 10 millones de habitantes y mantiene una relación cotidiana con la Ciudad de México. En ese contexto, mejorar las calles puede producir beneficios económicos inmediatos: menor desgaste vehicular, reducción de tiempos en rutas alimentadoras, mejor acceso de mercancías a mercados y mayor seguridad para peatones y ciclistas. Para los operadores de transporte, una vialidad menos deteriorada significa menores costos de mantenimiento y menor probabilidad de averías.

Sin embargo, la repavimentación puede tener efectos limitados si no se coordina con transporte público, semaforización, banquetas, cruces seguros y control del estacionamiento. Una avenida lisa pero congestionada no resuelve el problema de movilidad; una calle repavimentada sin infraestructura peatonal puede incluso favorecer velocidades más altas y aumentar los riesgos para quienes caminan. La calidad del programa dependerá de si se entiende como una política de superficie o como una intervención integral del espacio público.

El propio plan contempla 121 programas y acciones en movilidad, seguridad, vivienda, salud, educación, agua y servicios públicos. Esa amplitud es una fortaleza porque reconoce que el rezago no tiene una sola causa. También es un riesgo de gestión: cuanto más extensa es la agenda, más difícil resulta identificar qué metas son prioritarias, cuánto cuesta cada componente y qué dependencia debe responder por los incumplimientos.

La red federal introduce una segunda escala de intervención

Además de las calles urbanas, la Secretaría de Infraestructura reportó conservación rutinaria de 488 kilómetros de la red carretera federal libre de peaje, 25 kilómetros de conservación periódica concluidos y otros 67 kilómetros en proceso. En conjunto, las obras abarcan 588 kilómetros, con una inversión de 213 millones de pesos. El monto implica un promedio aproximado de 362 mil pesos por kilómetro, aunque ese cálculo es únicamente referencial: la conservación rutinaria, la periódica y la repavimentación urbana tienen alcances, materiales y costos muy distintos.

La intervención federal es importante porque las carreteras conectan los municipios con corredores logísticos, zonas industriales y entradas a la capital del país. Una vialidad urbana puede estar renovada, pero si el enlace regional permanece deteriorado, el beneficio económico se reduce. Para las empresas de transporte y distribución, la continuidad del trayecto pesa tanto como la calidad de una calle específica.

La conservación rutinaria, no obstante, suele ser menos visible que una repavimentación. Incluye actividades necesarias para preservar la infraestructura, pero no siempre genera una percepción política inmediata. El desafío será impedir que la maquinaria y el presupuesto se orienten solo a obras inaugurables, dejando en segundo plano cunetas, drenajes, señalamiento, iluminación y reparación de estructuras. El mantenimiento preventivo cuesta menos que reconstruir una carretera colapsada, pero exige disciplina presupuestaria y resultados que no siempre producen titulares.

Quién gana y quién puede quedar fuera

Los residentes de las zonas intervenidas son los beneficiarios directos, aunque también soportan costos temporales: cierres, desvíos, polvo, ruido y dificultades de acceso a viviendas y comercios. Para los pequeños negocios, una obra prolongada puede reducir ventas durante semanas. La información sobre calendarios, rutas alternas y fechas de reapertura debería ser parte del proyecto, no una medida improvisada ante las protestas vecinales.

Los municipios obtienen capacidad material y respaldo político, pero pueden enfrentar una carga posterior que suele subestimarse: conservar los tramos terminados. La entrega de un tren de pavimentación no garantiza presupuesto para combustible, refacciones, operadores, laboratorios de calidad ni personal técnico. Si el equipo se deteriora o se utiliza de forma irregular, la inversión inicial perderá valor rápidamente.

Las empresas constructoras y proveedoras también tienen intereses contrapuestos. La capacidad pública puede reducir contratos de pavimentación convencional, pero abre oportunidades para suministrar asfalto, agregados, señalamiento y servicios especializados. La discusión relevante no debería ser maquinaria propia contra contratación privada, sino transparencia, costos comparables y calidad verificable. La competencia se debilita si los gobiernos utilizan equipos públicos sin publicar bitácoras, consumos, rendimientos y criterios de selección de calles.

Para el gobierno estatal y los ayuntamientos, el plan representa una prueba de coordinación. La presencia de la Federación puede acelerar inversiones, pero también puede diluir responsabilidades. Si una calle falla, el ciudadano puede no distinguir si la obra correspondió al municipio, al Estado o a una dependencia federal. La gobernanza del programa requiere una ventanilla clara de atención, contratos accesibles y mecanismos de reclamación que no obliguen a los vecinos a recorrer varias oficinas.

El verdadero examen llegará después de la inauguración

La primera conclusión operativa es que el programa necesita pasar de la medición de producción a la medición de desempeño. Los 1.24 millones de metros cuadrados indican capacidad de ejecución, pero no prueban todavía la duración de las obras ni su impacto sobre la movilidad. Un tablero público debería actualizar, por municipio, los tramos intervenidos, fechas de inicio y término, costo, empresa o cuadrilla responsable, especificaciones técnicas, incidencias y estado de las garantías.

La segunda es que la prioridad no debe definirse únicamente por el porcentaje de avance. Valle de Chalco, con el programa concluido, puede requerir una fase de evaluación de calidad y mantenimiento; Tlalnepantla, con 24 por ciento, necesita explicar si su rezago se debe a una red más compleja o a problemas de ejecución. Acelerar los municipios atrasados sin resolver las causas de fondo podría elevar la producción estadística y reducir la calidad real.

La tercera es financiera. Los 213 millones de pesos destinados a la red federal representan un esfuerzo relevante, pero el costo total del plan de 121 acciones no aparece desglosado en la información disponible. Sin una programación multianual, la pavimentación corre el riesgo de convertirse en una intervención aislada dentro de una región que exige inversión constante en agua, transporte, vivienda y seguridad. La presión sobre las finanzas municipales será especialmente delicada si las nuevas superficies incrementan las obligaciones de mantenimiento sin transferencias suficientes.

Tres escenarios para los próximos años

El escenario favorable supone que los trenes mantienen una alta disponibilidad, los municipios corrigen sus diferencias de planeación y la pavimentación se coordina con drenaje, transporte y seguridad vial. En ese caso, el programa puede construir una capacidad permanente de conservación pública y reducir gradualmente el rezago acumulado. La experiencia también podría convertirse en referencia para otras zonas metropolitanas con redes urbanas deterioradas.

Un escenario intermedio produciría obras visibles, pero con resultados desiguales. Algunos municipios completarían sus metas mientras otros acumularían retrasos por falta de proyectos, conflictos con servicios subterráneos o insuficiencia presupuestal. La percepción ciudadana sería fragmentada: mejoras concretas en ciertas colonias y frustración persistente en las zonas no atendidas. La brecha entre municipios podría entonces convertirse en un nuevo problema político.

El escenario adverso combina pavimentos de corta duración, mantenimiento insuficiente y falta de transparencia. Las lluvias, los hundimientos y el tránsito pesado revelarían fallas prematuras; los ayuntamientos tendrían que rehacer trabajos con recursos limitados y el equipo público perdería productividad. En ese caso, la cifra de superficie intervenida seguiría creciendo, pero el valor social de cada peso invertido disminuiría.

La repavimentación del Oriente mexiquense es, por ahora, una señal de capacidad de respuesta ante un rezago histórico. Su éxito no se decidirá por el número de metros colocados durante el primer año, sino por la posibilidad de convertir esa operación en una política sostenida, medible y coordinada. Para una región de aproximadamente 10 millones de habitantes, la obra visible es apenas el comienzo: el indicador decisivo será cuántas vialidades siguen funcionando en buenas condiciones cuando termine el ciclo político que las puso en marcha.

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