Dólar en Uruguay: cotización y proyecciones 2026

El dólar estadounidense cerró el 2 de julio a 40,2 pesos uruguayos, un avance del 1,66% frente al cierre previo de 39,55. En la semana acumuló una subida del 1,8% y en términos interanuales registró un incremento del 2,11%. La volatilidad alcanzó el 17,74%, por encima del nivel de referencia del 14,8%. Estas cifras reflejan un fortalecimiento puntual de la moneda norteamericana en un contexto de bandas de flotación que Uruguay mantiene desde 2002.

La encuesta del Banco Central del Uruguay proyecta que el tipo de cambio alcanzará 38,98 pesos en enero de 2026, 39,33 en junio y 40,19 a fines de ese año. Para diciembre de 2027 la mediana se ubica en 41,46. Paralelamente, el crecimiento del PBI se estima en 1,87% para 2026, con una inflación que convergería al 4,40%, dentro del rango meta del 4,5%.

Comportamiento reciente y contexto histórico

El peso uruguayo opera bajo flotación independiente desde la crisis de 2002. Aquel episodio, marcado por fuga de capitales durante la presidencia de Jorge Batlle, obligó a abandonar el régimen de bandas y adoptar un sistema más flexible. Desde entonces, la moneda ha mostrado periodos de apreciación seguidos de ajustes graduales. El cierre de julio de 2026 se inscribe en esa dinámica: un movimiento alcista del dólar que corrige parte de la apreciación acumulada en meses previos.

La volatilidad superior al promedio histórico sugiere que los agentes están recalibrando expectativas ante señales mixtas de la economía global y local. El hecho de que el dólar supere el nivel de 40 pesos introduce un umbral psicológico que suele activar coberturas por parte de importadores y empresas con deuda en moneda extranjera.

Impacto en sectores productivos y hogares

Un dólar más alto encarece las importaciones y abarata las exportaciones. Los sectores exportadores de carne, soja y servicios turísticos obtienen un margen adicional de competitividad. Sin embargo, las industrias que dependen de insumos importados, como la manufactura liviana y el sector farmacéutico, enfrentan mayores costos. El 60% de la población que pertenece a la clase media uruguaya ve cómo el encarecimiento de bienes durables y tecnología reduce su poder adquisitivo real.

Las empresas con deudas en dólares, especialmente las medianas que no acceden a coberturas sofisticadas, registran un aumento inmediato en sus obligaciones. En contraste, los ahorradores en moneda extranjera obtienen una revaluación contable de sus depósitos. Esta redistribución de riqueza entre deudores y acreedores en dólares configura un efecto redistributivo que suele pasar desapercibido en los análisis de corto plazo.

Perspectivas de los analistas y tensiones de política

La proyección de crecimiento del PBI en torno al 1,87% para 2026 representa una revisión a la baja respecto del 2,47% esperado hace un año. Esta moderación coincide con la expectativa de un tipo de cambio que se mantiene por encima de 40 pesos. Varios analistas consultados por el BCU advierten que una depreciación excesivamente rápida podría alejar la inflación del objetivo del 4,5%, mientras que una apreciación prolongada del peso erosionaría la competitividad de los sectores transables.

El Banco Central enfrenta un dilema clásico: permitir mayor volatilidad para absorber shocks externos o intervenir para estabilizar expectativas. La dispersión de pronósticos de crecimiento entre 1,50% y 2,30% revela la incertidumbre sobre la capacidad de la economía para absorber el impulso exportador sin generar cuellos de botella en el mercado laboral ni presiones inflacionarias adicionales.

Riesgos y escenarios futuros

Si la volatilidad se mantiene por encima del 15% durante varios trimestres, los flujos de inversión extranjera directa podrían moderarse, especialmente en proyectos intensivos en capital con horizontes superiores a cinco años. Otro riesgo radica en un eventual repunte de la inflación por encima del 4,5% si el traspaso del tipo de cambio a precios internos resulta más intenso de lo previsto. En ese caso, el BCU podría verse obligado a endurecer la política monetaria, frenando aún más el crecimiento.

A más largo plazo, la convergencia proyectada hacia 41,46 pesos en 2027 supone que el peso seguirá depreciándose de forma ordenada. Este escenario solo se materializará si el crecimiento mundial se mantiene estable y si Uruguay logra sostener su superávit comercial. Cualquier deterioro en los términos de intercambio o un shock externo significativo podría acelerar la depreciación y poner a prueba la resiliencia del sistema financiero local.

La combinación de un dólar más alto, crecimiento moderado e inflación alineada con la meta dibuja un cuadro de estabilidad relativa, pero no exento de tensiones distributivas y de competitividad que requerirán atención continua por parte de las autoridades económicas.

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