Coahuila enfrenta gas y tierras

La doble agenda que hoy empuja al Gobierno de Coahuila dice mucho más que un anuncio administrativo: revela la tensión entre dos modelos de desarrollo que suelen chocar en el norte del país. Por un lado, la posibilidad de aprovechar reservas de gas natural en las regiones Centro, Carbonífera y Norte; por el otro, la necesidad de frenar un mercado paralelo de terrenos campestres que crece al amparo de vacíos regulatorios, ejidos sin claridad de uso y compradores atraídos por promesas de plusvalía rápida. En ambos casos, el Estado se mueve sobre una línea delgada: estimular actividad económica sin profundizar pasivos ambientales, y contener abusos sin sofocar la inversión formal.

El secretario de Gobierno, Óscar Pimentel González, colocó dos temas en la misma mesa porque en la práctica están conectados por una idea de fondo: la debilidad de las reglas puede convertir una oportunidad en conflicto. En energía, Coahuila tiene reservas relevantes de gas natural y busca métodos de extracción con menor huella ambiental. En ordenamiento territorial, la administración admite que proliferan ventas ilegales de predios para desarrollos campestres, muchas veces sobre terrenos ejidales que no cuentan con permisos para fraccionarse ni desmontarse. La coincidencia no es menor: en ambos frentes, la presión económica avanza más rápido que la capacidad institucional para delimitar lo que sí puede hacerse y bajo qué condiciones.

El mensaje sobre el gas tiene una carga política y técnica al mismo tiempo. Pimentel habló de tecnologías menos dañinas y citó la instrucción federal de investigar qué variantes de fracturación hidráulica podrían reducir el impacto ambiental. Eso sitúa a Coahuila en un dilema ya conocido en otras cuencas energéticas: la pregunta no es solo cuánto gas existe, sino cuánto costo ambiental y social está dispuesto a asumir el Estado para extraerlo. La cercanía de Piedras Negras al río Bravo y la existencia de una planta de tratamiento de aguas residuales muestran que la región no parte de cero; aun así, la discusión de fondo sigue siendo la misma, porque la infraestructura disponible no elimina riesgos sobre acuíferos, agua de retorno, sismicidad inducida ni conflictos con comunidades cercanas.

Hay un primer punto que merece ser subrayado: Coahuila no está decidiendo solo sobre una técnica de extracción, sino sobre el tipo de economía que quiere sostener en la próxima década. El gas natural puede reforzar ingresos, empleo especializado y seguridad energética regional, pero también puede amarrar al estado a una lógica extractiva cada vez más cuestionada por inversionistas, reguladores y consumidores que exigen trazabilidad ambiental. En mercados industriales, la huella de carbono empieza a influir en cadenas de suministro, financiamiento y reputación. Si Coahuila logra posicionar una explotación con estándares verificables, podría ganar competitividad; si no, corre el riesgo de quedarse con un activo valioso pero políticamente costoso.

La otra cara del problema es territorial y puede resultar incluso más inmediata. La venta ilegal de lotes campestres se ha convertido en un negocio rentable precisamente porque explota una asimetría de información: el comprador ve suelo disponible, una promesa de descanso o inversión, y rara vez verifica la situación jurídica del terreno. En municipios como Arteaga, donde la demanda por propiedad rural y de montaña es alta, esa asimetría se vuelve combustible para fraudes, desmontes y litigios. El gobierno estatal ya colocó anuncios preventivos, pero la experiencia en otros estados muestra que los avisos públicos no bastan cuando la publicidad privada circula más rápido y la supervisión llega tarde. El problema no es solo inmobiliario; es también de procuración de justicia y de ordenamiento ecológico.

Desde la perspectiva de los ejidatarios, el conflicto tiene un componente de fondo: la tierra comunal puede ser objeto de presión especulativa cuando aumenta el valor por su ubicación, su vocación turística o su cercanía a corredores urbanos. Para algunos propietarios y intermediarios, la venta aparece como una salida económica inmediata. Para las autoridades ambientales y agrarias, en cambio, esas operaciones suelen derivar en fragmentación del territorio, apertura de caminos irregulares, remoción de vegetación y posterior imposibilidad de restauración. La promesa de una casa de campo termina produciendo, en no pocos casos, un mosaico de parcelas sin servicios, sin permisos y con litigios cruzados que duran años.

El anuncio de una reunión con Profepa busca corregir esa brecha de control. Pero aquí hay una segunda lectura importante: el Estado reconoce que necesita brazo federal para imponer disciplina donde la vigilancia local resulta insuficiente. Eso suele ocurrir cuando el costo político de actuar es mayor que el de tolerar el problema por un tiempo. La coordinación con la federación podría fortalecer sanciones, pero también abrir debates sobre competencia, criterios de inspección y capacidad real para llevar casos hasta consecuencias penales. Si la apuesta queda solo en operativos esporádicos, el mercado ilegal se adaptará rápido; si deriva en expedientes bien integrados y clausuras efectivas, sí podría alterar los incentivos.

Las implicaciones para el sector energético son más amplias de lo que parece. El debate sobre fracking o técnicas equivalentes ya no se libra únicamente en términos de productividad, sino de licencia social. En regiones donde el agua es un recurso estratégico, cualquier proyecto extractivo debe demostrar que no agravará la escasez ni comprometerá otros usos prioritarios. Coahuila tiene la ventaja de contar con infraestructura y experiencia industrial, pero también arrastra un entorno árido que amplifica cualquier error. Una política energética seria tendría que incluir monitoreo hídrico independiente, transparencia sobre químicos y trazabilidad de emisiones; sin eso, la discusión pública terminará reducida a una disputa entre promesa de inversión y miedo ambiental.

Hay también un riesgo de percepción que el gobierno estatal no debería subestimar. Si el discurso sobre extracción sustentable no se acompaña de criterios claros, puede ser leído como una forma de suavizar resistencias sin cambiar de fondo el modelo. Y si la ofensiva contra terrenos irregulares se concentra solo en predios visibles, mientras otros desarrollos siguen operando con tolerancia informal, la autoridad perderá credibilidad. La consistencia importa tanto como el anuncio. En un contexto donde la ciudadanía detecta fácilmente la distancia entre el mensaje y la práctica, la política pública debe ser verificable, no solo declamativa.

El escenario más probable es una etapa de mayor fiscalización combinada con selección cuidadosa de proyectos energéticos. Coahuila difícilmente renunciará a explorar el gas, pero sí tendrá que justificar cada paso con estándares más altos de seguridad y mitigación. En paralelo, la persecución de ventas ilegales podría volverse un caso emblemático si el gobierno logra convertirlo en ejemplo de que el territorio no es mercancía sin reglas. Si ambas líneas avanzan con coherencia, el estado podría ordenar una parte importante de su agenda de crecimiento. Si se quedan en anuncios aislados, el resultado será el de siempre: más presión sobre el suelo, más desconfianza sobre la energía y más costos diferidos para municipios, comunidades y autoridades futuras.

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