América Latina, crecimiento desigual

La CEPAL acaba de dejar una señal incómoda para la región: América Latina y el Caribe crecerían 2,2 % en 2026, una tasa que confirma la recuperación, pero también la fragilidad del ciclo. El dato no sorprende por sí solo; lo relevante es lo que revela sobre la estructura económica regional. Tras un avance estimado de 2,4 % en 2025 y una mejora parcial a 2,5 % en 2027, el continente seguiría atrapado en una expansión demasiado baja para mejorar de forma sostenida el ingreso por habitante, reducir desigualdades o aumentar el margen fiscal de los gobiernos.

El cuadro es todavía más elocuente cuando se observa la distribución del crecimiento. Guyana encabeza el ranking con una proyección de 16,2 %, seguida por Venezuela con 6,5 %, Nicaragua con 4,5 %, Panamá con 4,4 % y Paraguay con 4,3 %. En el segundo bloque aparecen Guatemala y República Dominicana con 4 %, El Salvador con 3,9 %, Costa Rica con 3,7 % y, más abajo, Honduras, Antigua y Barbuda, Granada y Surinam con 3,5 %, junto con Argentina en 3,3 %. La brecha entre los líderes y el promedio regional no es un detalle estadístico: expresa modelos de crecimiento muy distintos, algunos impulsados por inversión puntual, otros por recuperación cíclica y varios aún sostenidos por bases productivas estrechas.

Guyana merece una lectura aparte. Un crecimiento de dos dígitos en una economía de tamaño reducido suele estar asociado a un sector dominante, normalmente extractivo, que eleva el PIB con rapidez pero no siempre derrama al mismo ritmo sobre empleo, productividad general o diversificación industrial. Ese patrón ha sido visible en varias economías ricas en recursos: el avance macroeconómico puede ser extraordinario mientras la estructura social cambia mucho más despacio. La pregunta de fondo no es si Guyana liderará el ranking, sino cuánto de ese impulso se traducirá en capacidad productiva durable y cuánta vulnerabilidad quedará si el ciclo de materias primas pierde tracción.

Venezuela, por su parte, encarna otra paradoja. La CEPAL proyecta una expansión de 6,5 %, pero esa cifra debe leerse sobre una base muy erosionada por años de contracción, colapso institucional y pérdida de capacidad industrial. Crecer sobre un nivel muy deprimido no equivale a recuperar bienestar. Un rebote estadístico puede convivir con salarios castigados, servicios públicos frágiles y una inversión privada aún limitada por la incertidumbre regulatoria y financiera. En términos reales, el desafío venezolano no es solo sostener la expansión, sino convertirla en recomposición de tejido productivo y restablecimiento de confianza.

La principal advertencia de la CEPAL, sin embargo, no está en los casos extremos sino en la media regional. El organismo insiste en que el freno más persistente es estructural: baja inversión, escaso aumento de productividad, empleo formal insuficiente e informalidad alta. Ese diagnóstico es importante porque desplaza la discusión desde el ciclo externo hacia la arquitectura interna del crecimiento. América Latina no se está desacelerando únicamente por el menor dinamismo mundial, la volatilidad financiera o las tensiones geopolíticas; también porque durante demasiado tiempo ha invertido poco, innovado menos de lo necesario y dependido de actividades de baja complejidad.

Esa lectura tiene consecuencias directas para tres grupos. Para los gobiernos, un crecimiento de 2,2 % no ofrece recaudación suficiente para expandir gasto social sin tensar las cuentas públicas. Para las empresas, el mensaje es que el mercado regional seguirá creciendo, pero de forma desigual, con oportunidades concentradas en países y sectores más dinámicos. Para los trabajadores, el problema central es que un PIB moderado y una informalidad persistente limitan la creación de empleos de calidad, justo cuando la región necesita absorber jóvenes, mujeres y nuevos migrantes en condiciones productivas más estables.

La formalización productiva, que José Manuel Salazar-Xirinachs colocó en el centro del debate, no es un tecnicismo administrativo. Supone elevar capacidades en empresas y personas, mejorar la cobertura social y crear empleos con mayor estabilidad. En América Latina, donde gran parte del tejido empresarial está compuesto por unidades pequeñas, poco capitalizadas y con escaso acceso al crédito, formalizar no significa solo registrar actividades: implica aumentar escala, tecnología y productividad. Sin ese salto, la región puede crecer, pero lo hará en una pista corta, con saltos y frenadas continuas.

Hay, además, una disputa silenciosa detrás de las proyecciones. Algunos gobiernos preferirán celebrar que la región sigue creciendo pese al entorno adverso. Los analistas más prudentes recordarán que la estabilidad macroeconómica se ha preservado, sí, pero a costa de un crecimiento insuficiente. La diferencia importa porque un equilibrio macro sin expansión productiva termina volviéndose políticamente costoso: mantiene la inflación bajo control o la deuda contenida, pero no mejora la vida cotidiana ni reduce la presión social sobre salarios, transporte, vivienda y servicios.

Mirando hacia 2027, el escenario base de la CEPAL apunta a una mejora apenas parcial hasta 2,5 %. Eso sugiere que la región no enfrenta un bache coyuntural sino un techo de crecimiento relativamente bajo. Si no cambia el patrón de inversión, infraestructura y productividad, el rebote será modesto aunque el contexto externo deje de empeorar. En ese marco, el mayor riesgo no es una crisis súbita, sino una década de expansión insuficiente con grandes diferencias entre países, donde unas pocas economías aprovechan shocks sectoriales y la mayoría continúa avanzando por debajo de su potencial.

También hay un riesgo político que no conviene subestimar. Cuando el crecimiento promedio no alcanza para mejorar ingresos y empleo formal, aumenta la tentación de respuestas de corto plazo: subsidios sin focalización, proteccionismos improvisados o ajustes fiscales que sacrifican inversión pública. Ninguna de esas salidas corrige el problema central. La región necesita más capital físico, más tecnología, instituciones que reduzcan costos de formalidad y una estrategia exportadora más sofisticada. Sin ese cambio, las buenas noticias de algunos países seguirán conviviendo con una realidad regional marcada por el estancamiento relativo.

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