Yen japonés en mínimos de cuatro décadas: contexto y consecuencias

La depreciación del yen hasta 162 unidades por dólar, el nivel más bajo desde 1986, no es un hecho aislado sino el resultado acumulado de políticas monetarias divergentes entre Japón y Estados Unidos. Desde la década de 1990, el Banco de Japón ha mantenido tipos de interés cercanos a cero para combatir la deflación crónica. Esta estrategia, reforzada con el control de la curva de rendimientos desde 2016, contrasta con el ciclo de endurecimiento de la Reserva Federal, que ha elevado los tipos para controlar la inflación postpandemia.

La diferencia de tipos ha impulsado el carry trade: inversores toman préstamos en yenes baratos y los invierten en activos denominados en dólares que ofrecen mayor rentabilidad. Este flujo ha ejercido presión constante sobre la divisa japonesa. Cuando las expectativas de nuevos aumentos de tipos por parte de la Fed se intensificaron en junio de 2026, la venta de yenes se aceleró, rompiendo el umbral psicológico de 160.

Impacto en la balanza comercial japonesa

Las empresas exportadoras japonesas obtienen beneficios inmediatos. Un yen débil encarece los productos importados pero abarata los automóviles y componentes electrónicos vendidos en el extranjero. Toyota y Honda han registrado márgenes operativos superiores al 10% en los últimos trimestres gracias a este efecto. Sin embargo, las empresas que dependen de materias primas importadas, como las refinerías y los fabricantes de acero, enfrentan costes elevados que trasladan parcialmente a los precios internos.

El caso de la industria automotriz ilustra la dualidad. Mientras las ventas de vehículos en Estados Unidos crecen por la competitividad de precios, el encarecimiento de los componentes importados reduce el margen en la cadena de suministro doméstica. Esta dinámica ha llevado a algunas empresas a acelerar la relocalización de producción en el sudeste asiático, alterando las cadenas de valor regionales.

Efectos sobre el coste de vida y el consumo interno

Para los hogares japoneses la depreciación representa un impuesto silencioso. El precio de la energía, los alimentos importados y los viajes al extranjero se ha incrementado de forma notable. Datos del Ministerio de Asuntos Internos muestran que el índice de precios al consumo subyacente superó el 3% en mayo de 2026, impulsado en gran parte por el efecto divisa. Los pensionistas y los trabajadores con salarios estancados ven reducido su poder adquisitivo, lo que frena el consumo y dificulta la meta del Banco de Japón de generar una inflación sostenida impulsada por la demanda interna.

El turismo receptor, por el contrario, ha experimentado un auge. Visitantes procedentes de China, Corea del Sur y Estados Unidos aprovechan el yen débil para realizar compras y estancias prolongadas. Kioto y Tokio registran ocupaciones hoteleras cercanas al 90% en temporada alta, generando empleo temporal pero también tensiones por el encarecimiento de la vivienda en zonas turísticas.

Repercusiones regionales y globales

En Asia, la debilidad del yen ejerce presión sobre las monedas de economías emergentes que compiten en exportaciones. El won coreano y el dólar taiwanés han mostrado mayor volatilidad, obligando a sus bancos centrales a intervenir para evitar pérdidas excesivas de competitividad. Países con elevada deuda en dólares, como Indonesia o Tailandia, enfrentan además un encarecimiento del servicio de su deuda externa.

A escala global, la situación reaviva el debate sobre la estabilidad del sistema monetario internacional. Una depreciación prolongada del yen podría desencadenar intervenciones coordinadas del G7, como ocurrió en 2022. Al mismo tiempo, la persistencia del carry trade aumenta el riesgo de una corrección abrupta si la Fed modifica su rumbo o si el Banco de Japón decide elevar los tipos de forma inesperada, provocando salidas masivas de capital de mercados emergentes.

En el largo plazo, la actual dinámica podría acelerar la diversificación de reservas de los bancos centrales asiáticos hacia monedas distintas del dólar y el yen. China, por ejemplo, ha intensificado el uso del renminbi en acuerdos comerciales regionales, reduciendo gradualmente su exposición a fluctuaciones del yen. Esta tendencia, si se consolida, modificaría la arquitectura financiera de Asia oriental en la próxima década.

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