El anuncio de la presidenta Claudia Sheinbaum de entregar más de un millón de viviendas hasta 2030 forma parte de una estrategia que busca redefinir el acceso a la vivienda como un derecho social en México. Esta meta se inscribe en un contexto de acumulación de rezagos históricos que datan de varias décadas y que han dejado a millones de familias sin posibilidad de acceder a una propiedad formal.
Durante los gobiernos anteriores, especialmente entre 2000 y 2018, los programas de vivienda se orientaron principalmente hacia el mercado crediticio a través de Infonavit y Fovissste. Aunque se construyeron millones de unidades, muchas terminaron en zonas alejadas de los centros de empleo, sin servicios básicos adecuados y con altos índices de abandono. En Michoacán, por ejemplo, miles de créditos resultaron impagables, lo que obligó al Infonavit a reestructurar 97 mil 220 casos solo en esa entidad.

La actual administración retoma elementos de la política de la llamada Cuarta Transformación, pero introduce ajustes importantes. El límite de ingreso familiar de dos salarios mínimos y la exclusión de derechohabientes de otros institutos buscan focalizar el apoyo en los sectores más vulnerables. Esta focalización responde a datos del Inegi que muestran que el 60 % de los hogares en México percibe menos de dos salarios mínimos y carece de acceso a financiamiento tradicional.
Antecedentes del déficit habitacional
El problema de la vivienda en México no es nuevo. Desde la década de 1980, la combinación de migración rural-urbana, crecimiento demográfico y falta de planeación territorial generó un déficit que hoy se calcula en más de 9 millones de hogares. Los programas de subsidio directo, como los que ahora impulsa la Conavi, intentan corregir errores pasados al priorizar ubicaciones dentro de polígonos ya consolidados y cercanos a infraestructura existente.
En Michoacán, la ampliación de la meta de Infonavit de 19 mil a 50 mil viviendas refleja la presión demográfica en zonas como Morelia y Uruapan. La inversión de 31 mil millones de pesos representa un esfuerzo fiscal significativo que, según estimaciones de la Secretaría de Hacienda, generará alrededor de 120 mil empleos directos e indirectos durante el sexenio en esa sola entidad.
Repercusiones en el mercado laboral y la economía regional
La construcción masiva de vivienda tiene efectos multiplicadores. Cada unidad habitacional genera demanda de materiales, transporte y mano de obra calificada. En estados con alta informalidad laboral como Michoacán, estos proyectos pueden absorber parte de la población que antes dependía de la agricultura o la migración. Sin embargo, la sostenibilidad de estos empleos dependerá de que las unidades se entreguen con servicios completos y no queden aisladas como ocurrió en desarrollos anteriores.
El requisito de no haber recibido apoyos previos de la Conavi busca evitar duplicidad de subsidios, pero también plantea un reto logístico: la verificación de datos mediante visitas domiciliarias y cruces con padrones nacionales. Esta etapa de fiscalización puede retrasar la entrega de viviendas si no se cuenta con suficiente personal capacitado.
Efectos sociales y de movilidad intergeneracional
El acceso a una vivienda propia modifica trayectorias familiares. Estudios del Banco Mundial sobre programas similares en América Latina muestran que los hijos de familias que acceden a vivienda formal presentan tasas de escolaridad 18 % superiores y menor probabilidad de involucrarse en actividades informales. En el caso mexicano, vincular el programa con el aumento del salario mínimo y la ampliación de camas hospitalarias busca generar un efecto sinérgico en indicadores de bienestar.
No obstante, persisten riesgos. La selección estricta por ingresos puede dejar fuera a hogares que superan ligeramente el umbral de dos salarios mínimos pero siguen sin capacidad de acceder al mercado privado. Además, la prohibición de vender la vivienda durante un periodo inicial, aunque protege el subsidio, limita la liquidez familiar en emergencias.
Desafíos de planeación urbana y sostenibilidad
La construcción de 1.8 millones de viviendas requiere coordinación entre tres institutos: Infonavit, Conavi y Fovissste. La experiencia de sexenios pasados indica que la falta de alineación entre estos organismos genera duplicidades o vacíos en la oferta. El Instituto Nacional de Suelo Sustentable, que entregará 307 escrituras en Michoacán, juega un papel clave para regularizar predios y evitar ocupaciones irregulares.
A largo plazo, el éxito del programa dependerá de la calidad de los espacios públicos y la proximidad a transporte y empleo. Si las nuevas unidades repiten el modelo de periferias desconectadas, el impacto en la reducción de pobreza será menor al esperado. Las autoridades han señalado que las convocatorias se limitan a polígonos prioritarios, lo que representa un intento de corregir esta tendencia, aunque su efectividad solo podrá evaluarse una vez que las primeras etapas estén habitadas.
La meta de 2030 coincide con el fin del sexenio actual. Cumplirla exige mantener el ritmo de inversión y supervisión durante al menos cuatro años más, en un contexto de posibles cambios en las finanzas públicas y prioridades legislativas. El programa, por tanto, no solo mide la capacidad de ejecución del gobierno federal, sino también su habilidad para institucionalizar una política de vivienda que trascienda administraciones.
