Viviendas del Bienestar en Puebla

La entrega y consolidación de las Viviendas del Bienestar en Lomas de San Miguel, al oriente de Puebla capital, no debe leerse sólo como una obra habitacional más. Detrás de los 60 metros cuadrados, de las dos recámaras y del valor comercial estimado en 1.2 millones de pesos, aparece una disputa de fondo sobre qué tipo de ciudad se está construyendo para quienes sostienen la economía con ingresos limitados. El programa que impulsa el Gobierno federal intenta corregir una lógica inmobiliaria que durante años empujó a miles de trabajadores a vivir cada vez más lejos, en casas pequeñas, mal conectadas y con servicios incompletos.

Ese giro tiene una carga política y social evidente. El director general del Infonavit, Octavio Romero Oropeza, ha insistido en que el nuevo esquema busca romper con el modelo heredado de administraciones anteriores, cuando la vivienda social terminó asociada a desarrollos extensos, periféricos y de baja calidad espacial. La crítica no es menor: en muchas ciudades, la vivienda “accesible” acabó generando costos ocultos en transporte, tiempo de traslado y desgaste familiar que, con el paso de los años, rebasaron cualquier ahorro inicial en el precio del inmueble. La apuesta actual, al menos en el papel, es revertir esa ecuación.

En Lomas de San Miguel, el diseño de los departamentos muestra esa intención con claridad: sala-comedor integrados, cocina con estufa y tarja, baño completo, patio de servicio y dos habitaciones. No se trata sólo de sumar metros, sino de normalizar un estándar mínimo de habitabilidad que durante años fue postergado en el segmento de menores ingresos. La diferencia entre una vivienda reducida y una unidad con espacios funcionales no es decorativa; influye en la convivencia familiar, en la posibilidad de trabajo doméstico ordenado y en la permanencia de la vivienda como patrimonio útil, no como simple techo de paso.

La ubicación explica buena parte del valor estratégico del proyecto. Lomas de San Miguel se conecta con el Periférico Ecológico, el Camino al Batán y otras vialidades de peso como el Bulevar Municipio Libre y el Bulevar Vicente Suárez. Esa red de accesos permite algo que suele faltar en los conjuntos habitacionales de interés social: incorporación real a la ciudad. En términos urbanos, la diferencia entre estar “cerca” y estar “conectado” es decisiva. Una familia puede aceptar una vivienda de menor tamaño si la ubicación reduce gastos de traslado, mejora el acceso a empleo, escuelas, hospitales y redes de cuidado. Sin esa conectividad, cualquier ganancia habitacional se diluye.

El dato de que 126 familias ya habitan el conjunto muestra otro efecto de mayor alcance: la vivienda no está siendo presentada como una promesa abstracta, sino como una política en operación. Cuando un desarrollo entra en uso antes de agotarse su construcción total, se vuelve un laboratorio visible de sus aciertos y sus fallas. Si los servicios, la movilidad y la integración barrial funcionan, el modelo gana legitimidad; si aparecen rezagos en transporte, comercio de proximidad o mantenimiento, la crítica se amplifica con rapidez. Puebla capital se convierte así en una vitrina para medir si la nueva vivienda social puede sostener la vida cotidiana con estándares urbanos más altos que los del pasado reciente.

También hay una lectura financiera que merece atención. Romero Oropeza señaló que una vivienda de estas características tendría un valor comercial cercano a 1.2 millones de pesos, pero que mediante el esquema del Infonavit el precio para los derechohabientes baja a poco más de 600 mil. La diferencia no es un descuento simbólico: revela cómo la estructura de financiamiento público puede alterar el mercado. Al usar recursos propios sin cargar interés durante la construcción, el instituto modifica el punto de entrada para miles de trabajadores que, en condiciones de mercado, quedarían excluidos. Ese mecanismo puede presionar hacia arriba la comparación de precios en el entorno, pero también obliga a demostrar que la vivienda social no tiene por qué confundirse con precariedad.

La expansión anunciada para Puebla, de 832 viviendas en construcción a mil 216 departamentos con terrenos adicionales aportados por el gobierno estatal, también abre una discusión sobre capacidad de suelo. En México, el gran cuello de botella de la política habitacional no ha sido sólo el dinero, sino la disponibilidad de terrenos bien ubicados y legalmente viables. La participación del gobierno estatal sugiere que el éxito del programa dependerá tanto de la ingeniería financiera como de la coordinación territorial. Sin reservas de suelo y sin alineación con planeación urbana, cualquier meta sexenal corre el riesgo de quedarse en cifras de escritorio.

La meta nacional de 1.2 millones de viviendas que el Infonavit debe construir durante el sexenio coloca el programa en una escala inédita y, al mismo tiempo, en una zona de alta exigencia. Puebla tiene una meta local de 45 mil viviendas, con posibilidad de aumento por la demanda de derechohabientes que ganan menos de tres salarios mínimos. Ese universo no es marginal: representa a la fracción del mercado laboral que suele quedar atrapada entre rentas crecientes, crédito insuficiente y desplazamiento residencial. Si el programa logra atender a ese grupo con continuidad y ubicación razonable, puede alterar de forma estructural la forma en que se entiende la vivienda social en el país.

Pero el desafío no termina en la entrega de llaves. La historia de la vivienda de interés social en México muestra que el problema comienza muchas veces después de la inauguración: transporte escaso, mantenimiento desigual, equipamiento urbano incompleto y pérdida de valor social del conjunto. Por eso, el verdadero examen de Lomas de San Miguel será su capacidad de consolidarse como barrio y no sólo como desarrollo. Si la estrategia federal consigue que los trabajadores accedan a viviendas más amplias, mejor conectadas y financieramente más razonables, el impacto puede ir más allá de Puebla y empujar un cambio de criterio sobre cómo debe producirse la ciudad para quienes menos margen tienen de elegirla.

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