El estallido del conflicto armado en Sudán en abril de 2023 entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido no surgió de manera aislada. Sus raíces se remontan a décadas de tensiones políticas, étnicas y económicas que se agravaron tras la caída del régimen de Omar al-Bashir en 2019. La transición fallida hacia un gobierno civil abrió espacio para una lucha de poder que derivó en enfrentamientos abiertos. En este escenario, el control de recursos como la goma arábiga se convirtió en un mecanismo de supervivencia y financiamiento para ambos bandos.
La goma arábiga, obtenida del árbol de acacia, representa un producto estratégico que Sudán dominaba con entre el 70 y el 80 por ciento de las exportaciones mundiales antes de la guerra. Su uso en bebidas, cosméticos y fármacos la convierte en un insumo global de alto valor. Sin embargo, la fragmentación territorial derivada del conflicto dividió las zonas productoras: las controladas por el ejército exportan a través de Puerto Sudán, mientras que las dominadas por las milicias generan flujos de contrabando hacia países vecinos. Esta división permitió que el producto continuara circulando en mercados internacionales bajo etiquetas de origen alterado.

La economía de guerra como estructura persistente
La Oficina de Derechos Humanos de la ONU documentó cómo el control de territorios, rutas comerciales y materias primas se transformó en la principal fuente de ingresos para ambas partes. Grupos armados aplican extorsiones, detenciones arbitrarias y saqueos a lo largo de la cadena de producción y transporte de la goma arábiga. Millones de sudaneses que dependen de esta actividad para su subsistencia quedan expuestos a violaciones sistemáticas que perpetúan el ciclo de violencia y desplazamiento.
Esta dinámica no es nueva en la región. En Darfur, por ejemplo, el control de minas de oro y rutas de contrabando ya había demostrado cómo los recursos naturales pueden prolongar conflictos durante años. La goma arábiga replica ese patrón a mayor escala, ya que su demanda internacional genera ingresos constantes que financian armamento y operaciones militares sin depender de apoyo estatal formal.
Repercusiones en las cadenas globales de suministro
La trazabilidad insuficiente del producto sudanés aumenta el riesgo de que empresas internacionales contribuyan indirectamente al conflicto. Cuando la goma arábiga extraída en zonas controladas por milicias se reetiqueta como originaria de países vecinos, los compradores pierden visibilidad sobre su procedencia real. Esta opacidad afecta a sectores tan diversos como la industria de refrescos en Europa y la fabricación de medicamentos en Asia, donde los proveedores intermedios priorizan costos sobre verificación ética.
Empresas que han invertido en programas de abastecimiento responsable enfrentan ahora un dilema práctico: suspender compras de Sudán podría hundir aún más a las comunidades productoras, mientras que mantenerlas sin controles adecuados las expone a acusaciones de complicidad. El alto comisionado Volker Türk ha instado a gobiernos y corporaciones a reforzar auditorías sobre rutas, intermediarios y cambios de etiquetado, pero la aplicación efectiva de estas medidas sigue siendo limitada.
Efectos estructurales en la sociedad sudanesa
Más allá del financiamiento directo de la guerra, la explotación de la goma arábiga profundiza desigualdades preexistentes. Las comunidades rurales que históricamente cultivaban y recolectaban el producto pierden el control sobre sus ingresos a medida que actores armados imponen peajes y monopolios locales. Este proceso acelera el desplazamiento interno y debilita las redes de solidaridad comunitaria que antes sostenían la producción.
A largo plazo, la dependencia económica de un solo recurso vulnerable al conflicto reduce las posibilidades de diversificación productiva. Sudán ya enfrentaba desafíos estructurales como sequías recurrentes y deterioro de infraestructuras; la guerra ha interrumpido programas de reforestación de acacias y ha dañado instalaciones de procesamiento, lo que podría reducir la capacidad exportadora del país durante una década o más.
Implicaciones regionales y para la estabilidad internacional
El flujo de goma arábiga a través de fronteras porosas alimenta tensiones con países vecinos que actúan como puntos de tránsito o reexportación. Chad, Libia y Sudán del Sur se ven involucrados en redes que mezclan comercio legal e ilegal, lo que complica los esfuerzos diplomáticos para aislar a los actores armados sudaneses. Esta interconexión regional aumenta el riesgo de que el conflicto se extienda más allá de las fronteras nacionales.
En el plano global, el caso de la goma arábiga ilustra los límites de las regulaciones existentes sobre minerales de conflicto. Mientras el estaño, tantalio y tungsteno cuentan con marcos de debida diligencia relativamente desarrollados, productos agrícolas como la goma arábiga carecen de mecanismos equivalentes. La ausencia de estándares específicos permite que los ingresos bélicos sigan integrándose en cadenas de suministro legítimas sin mayor resistencia.
La experiencia de Sudán sugiere que cualquier solución duradera requerirá no solo acuerdos de alto el fuego, sino también reformas profundas en la gobernanza de recursos naturales. Sin controles efectivos sobre la extracción y el comercio, los incentivos económicos para prolongar la confrontación seguirán superando los beneficios de una paz negociada.
