La declaración de Raúl Jiménez sobre la necesidad de “confiar en los procesos” resume no solo la mentalidad de la actual selección mexicana, sino también un cambio estructural que se viene gestando desde hace casi una década. A diferencia de las ediciones de Brasil 2014 y Rusia 2018, donde el equipo caía en octavos de final sin lograr consolidar una identidad colectiva, la generación que disputa el Mundial 2026 ha logrado mantener un invicto perfecto tras cuatro partidos, con ocho goles a favor y cero en contra. Esta diferencia no es casual: responde a un trabajo sostenido de renovación generacional, mayor participación de jugadores formados en Europa y un esquema táctico que prioriza la cohesión por encima del talento individual.
Antecedentes de las eliminaciones tempranas
Entre 2014 y 2022, México repitió un patrón predecible: planteles con experiencia en ligas europeas que, sin embargo, carecían de continuidad en el esquema de juego. En Brasil, la derrota ante Holanda evidenció la fragilidad defensiva ante transiciones rápidas. Cuatro años después, en Rusia, el mismo problema se repitió frente a Brasil. Para Qatar 2022 la crisis se profundizó al no superar la fase de grupos. Jiménez, presente en las tres ediciones, ha sido testigo directo de cómo la falta de confianza en los procesos de preparación y la ausencia de un bloque compacto terminaban por erosionar cualquier posibilidad de avanzar. El cambio actual radica en que 25 de los 26 convocados ya han acumulado minutos, lo que genera una rotación natural y reduce la dependencia de figuras aisladas.

El peso de la experiencia en la Premier League
Jiménez destaca que el encuentro ante Inglaterra exigirá atención especial a las transiciones y al juego físico. Su trayectoria desde 2018 en Inglaterra le permite transmitir detalles concretos: cómo cerrar espacios en tres cuartos de cancha y anticipar la velocidad de jugadores como Bukayo Saka o Phil Foden. Este tipo de conocimiento práctico no existía con la misma intensidad en ciclos anteriores, donde los referentes provenían mayoritariamente de la Liga MX. La incorporación sistemática de futbolistas que disputan partidos de alto ritmo semanal ha elevado el estándar de exigencia dentro del grupo y ha modificado la forma en que se preparan los entrenamientos.
Impacto en el ecosistema del fútbol mexicano
Si México logra superar a Inglaterra y avanzar más allá de octavos, el efecto se extenderá más allá del resultado deportivo. Históricamente, las buenas participaciones mundialistas han impulsado el interés por las categorías inferiores y han incrementado la inversión de patrocinadores en torneos juveniles. Tras el subcampeonato de 2005 en la Copa Mundial Sub-17, por ejemplo, se registró un aumento del 18 % en el número de academias registradas en la FMF durante los dos años siguientes. Un desempeño similar en 2026 podría acelerar la profesionalización de las fuerzas básicas y presionar a los clubes de Liga MX para adoptar metodologías de entrenamiento más cercanas a las que se aplican en Europa.
Consecuencias sociales y culturales
En un país donde el fútbol sigue siendo el principal vehículo de identidad colectiva, los éxitos de la selección generan efectos medibles en el tejido social. Estudios realizados por la UNAM después de la Copa Confederaciones 2017 mostraron que los periodos de buen desempeño del Tricolor coincidían con una reducción temporal de reportes de violencia en redes sociales y un aumento en la percepción de cohesión nacional. Si el actual plantel mantiene su racha positiva, es probable que se repita este fenómeno, aunque su duración dependerá de que los logros se traduzcan en políticas públicas que aprovechen el momento para promover programas deportivos en zonas marginadas.
Perspectivas de largo plazo
El verdadero valor de esta versión del equipo mexicano radica en su capacidad de romper la narrativa de “generación de oro que nunca llega lejos”. Si el proceso se sostiene más allá de 2026, México podría consolidar una presencia más estable en cuartos de final de futuros mundiales, similar a lo que ha logrado Uruguay desde 2010. Además, la experiencia acumulada por jugadores como Jiménez en ligas top facilita la exportación de talento joven, lo que a su vez genera ingresos por traspasos y eleva el nivel competitivo interno. El riesgo principal sigue siendo la discontinuidad: cualquier cambio abrupto de cuerpo técnico o regreso a esquemas cortoplacistas podría anular los avances logrados. La frase de Jiménez sobre “seguir haciéndolo de aquí a futuro” apunta precisamente a esa necesidad de institucionalizar la confianza en el proceso más allá de un solo torneo.
