Presupuesto 2027: la prueba de la calidad fiscal

El Paquete Económico 2027 llegará en un momento en que la discusión fiscal mexicana ya no puede resolverse únicamente con una meta de déficit. La cuestión central será más exigente: si el Gobierno federal puede reducir sus Requerimientos Financieros del Sector Público (RFSP) sin deteriorar la capacidad productiva de la economía ni agravar la percepción de riesgo sobre la deuda soberana. La tensión es concreta. Hacienda prevé RFSP equivalentes a 3.5 por ciento del PIB, mientras BNP Paribas estima 4.3 por ciento y Banco Mifel proyecta 4.2 por ciento. Esa distancia parece acotada en términos porcentuales, pero implica decenas de miles de millones de pesos y una diferencia relevante para las agencias calificadoras, los inversionistas y el costo futuro del financiamiento público.

El problema no es sólo aritmético. México enfrenta una estructura de gasto en la que una parte creciente está comprometida por pensiones, participaciones a entidades, transferencias sociales, nómina, obligaciones financieras y apoyos a empresas estatales, especialmente Pemex. Cuando los ingresos no crecen al ritmo necesario y el gasto rígido absorbe el presupuesto, el ajuste suele concentrarse en las partidas más fáciles de diferir: inversión física, mantenimiento, ciencia, infraestructura hidráulica, transporte, salud preventiva y programas productivos. Es justamente ahí donde una consolidación fiscal puede volverse contraproducente, porque reduce el déficit hoy a costa de debilitar el crecimiento, la recaudación y la competitividad de los próximos años.

La brecha entre la meta oficial y el mercado

Las proyecciones divergentes sobre los RFSP reflejan distintas lecturas sobre la solidez de los supuestos que sostendrán el Presupuesto. Para cumplir una meta de 3.5 por ciento del PIB, el Gobierno necesitaría combinar una expansión razonable de ingresos, control efectivo del gasto y un menor uso de deuda para cubrir presiones financieras. Sin embargo, el margen es estrecho. Sergio Luna, economista en jefe de Banco Mifel, advierte que existe poco impulso fiscal para el crecimiento, mientras que Pamela Díaz Loubet, de BNP Paribas, anticipa un déficit de 4.3 por ciento del PIB. Ambas perspectivas sugieren que el reto no consiste simplemente en anunciar disciplina, sino en demostrar cómo se materializará.

En los mercados, una meta fiscal se evalúa por su credibilidad operativa. Los analistas revisan las previsiones de crecimiento, el precio del petróleo, la plataforma de producción, los ingresos tributarios, las transferencias a Pemex, el costo de la deuda y los supuestos sobre tipo de cambio y tasas de interés. Si alguno de estos pilares falla, el déficit puede ampliarse aunque el presupuesto haya sido presentado con una narrativa prudente. La experiencia reciente muestra que los ingresos extraordinarios o los subejercicios temporales pueden aliviar un año, pero no sustituyen una corrección estructural de las finanzas públicas.

La primera conclusión relevante es que la discusión sobre el déficit debe desplazarse de la cifra de cierre hacia su composición. Un RFSP de 4.2 o 4.3 por ciento del PIB no tiene el mismo significado si financia activos que elevan la productividad, como redes eléctricas, puertos, agua, logística y digitalización, que si se utiliza para cubrir costos recurrentes, rescates implícitos o proyectos con retornos inciertos. La sostenibilidad no depende exclusivamente de cuánto se debe, sino de la relación entre el costo de esa deuda y la capacidad futura de generar ingresos para pagarla.

El ajuste más fácil puede ser el más costoso

Pablo López Sarabia, investigador de la Universidad Autónoma de Chapingo, identifica la restricción decisiva: si no es viable elevar los ingresos, la única forma de alcanzar la meta fiscal es reducir el gasto. Pero esa formulación esconde una asimetría política y económica. Gran parte del gasto público es inercial; no se puede recortar rápidamente sin afectar derechos, obligaciones legales o servicios esenciales. Por ello, el gasto de capital suele funcionar como variable de ajuste. Es una decisión administrativamente sencilla, pero con efectos multiplicadores negativos sobre la actividad económica.

Recortar inversión pública no sólo implica construir menos carreteras o edificios. También puede postergar ampliaciones de la red eléctrica, mantenimiento ferroviario, infraestructura hospitalaria, saneamiento de agua, conectividad industrial y modernización aduanera. Para una economía que busca aprovechar la relocalización de cadenas productivas en América del Norte, esas omisiones importan más que el titular sobre una reducción anual del déficit. Una planta manufacturera puede decidir instalarse en México por costos laborales y cercanía con Estados Unidos, pero requiere energía confiable, disponibilidad de agua, cruces fronterizos eficientes, seguridad y proveedores locales. Sin esas condiciones, el potencial del nearshoring se convierte en una oportunidad parcial y geográficamente concentrada.

La segunda idea central es que la inversión pública no debe evaluarse como gasto residual, sino como condición para que el sector privado amplíe su inversión. La consolidación fiscal será más sólida si protege proyectos con retornos económicos verificables y elimina programas de bajo impacto o duplicidad administrativa. El dilema real no es austeridad contra expansión, sino selección de gasto. Una reducción indiscriminada puede mejorar una métrica fiscal de corto plazo y, al mismo tiempo, aumentar los cuellos de botella que limitan el PIB potencial. En cambio, una reasignación basada en resultados puede contener el déficit sin vaciar la capacidad estatal de inducir inversión privada.

La deuda ya compite con la inversión

Los datos del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado revelan la magnitud de la presión. Hasta junio, el Saldo Histórico de los RFSP acumuló 19 billones de pesos. Las estimaciones oficiales apuntan a que la deuda superará 20 billones al cierre de 2026. Paralelamente, el costo financiero ascendería a 1.5 billones de pesos, equivalentes a 15.2 por ciento del gasto total, 4.1 por ciento del PIB y cerca de 60 por ciento más de lo previsto para inversión física. En otras palabras, una proporción creciente de los recursos públicos se destina a remunerar compromisos pasados antes de financiar capacidades futuras.

Este desplazamiento tiene consecuencias distributivas y sectoriales. Para las empresas constructoras, proveedoras de equipo, desarrolladoras de infraestructura y fabricantes vinculados a obra pública, una menor inversión federal puede traducirse en menor cartera de proyectos y pagos más lentos. Para los gobiernos estatales y municipales, puede implicar una mayor presión para financiar obras que no pueden sostener con sus propios ingresos. Para hogares de regiones con rezagos de transporte, agua o servicios médicos, el costo aparece en forma de menor acceso, más tiempos de traslado y oportunidades productivas limitadas.

También afecta a los contribuyentes. Cuando el servicio de la deuda crece más rápido que la recaudación, el gobierno dispone de menos espacio para responder a choques externos, desastres naturales, caídas petroleras o una desaceleración estadounidense. La deuda no es necesariamente un problema por sí misma, como subraya Díaz Loubet: puede ser sostenible si financia inversiones que elevan el PIB potencial. Pero la dinámica se vuelve delicada cuando el endeudamiento cubre gasto corriente, obligaciones recurrentes o pérdidas de entidades estatales sin un plan convincente de corrección.

La tercera observación es que el costo financiero ya no debe tratarse como una partida técnica aislada. Se ha convertido en una restricción de política pública. Cada aumento en tasas, cada depreciación que encarezca obligaciones externas y cada desviación del déficit resta margen para educación, infraestructura o salud. Esto obliga a revisar no sólo el volumen de deuda, sino el perfil de vencimientos, la exposición a tasas variables, la moneda de denominación y la calidad de los proyectos respaldados con financiamiento.

Pemex concentra una parte decisiva de la credibilidad

Para calificadoras e inversionistas, el manejo de Pemex será uno de los indicadores más sensibles del Paquete Económico. La empresa estatal no puede analizarse únicamente como una compañía petrolera: su situación financiera tiene implicaciones directas para el balance soberano por el respaldo explícito e implícito del Gobierno. Cada apoyo de capital, reducción de carga fiscal, garantía o absorción de deuda puede ser justificable en un contexto determinado, pero también puede trasladar riesgos corporativos a las cuentas públicas si no está acompañado por cambios operativos y financieros medibles.

La controversia no es ideológica, sino de rendición de cuentas. Desde la perspectiva gubernamental, sostener a Pemex protege la soberanía energética, preserva empleos y evita una crisis de una empresa estratégica. Desde la óptica de los inversionistas, el problema es la incertidumbre sobre el monto, duración y condiciones de esos apoyos. Para el sector privado energético, la pregunta es si el presupuesto abrirá espacio para asociaciones, inversión complementaria y proyectos que mejoren la disponibilidad de gas, electricidad y refinación, o si persistirá un esquema donde la carga fiscal limita la inversión productiva de la propia empresa.

Un presupuesto creíble debería distinguir entre apoyo transitorio y subsidio permanente. Esa diferencia requiere metas públicas sobre reducción de pérdidas, rentabilidad de proyectos, pagos a proveedores, producción, refinación y manejo de pasivos financieros. Sin parámetros verificables, el apoyo a Pemex puede ser leído como una obligación abierta. Con metas claras, calendario y transparencia, el Gobierno tendría mejores argumentos para defender que el respaldo busca preservar valor económico y no simplemente aplazar un ajuste inevitable.

Recaudar más no equivale sólo a aumentar impuestos

La fragilidad fiscal mexicana también proviene de una base tributaria limitada frente a las necesidades de inversión social y productiva. Fortalecer los ingresos es indispensable, pero la ruta más viable no necesariamente pasa por una elevación generalizada de tasas. México tiene espacio para mejorar la administración tributaria, combatir la evasión, revisar tratamientos preferenciales, formalizar actividades económicas, digitalizar controles aduaneros y ampliar la tributación derivada de sectores de alto valor agregado. La calidad del crecimiento importa porque una economía con mayor contenido nacional, salarios formales y proveedores locales genera una recaudación más estable que una expansión basada principalmente en importaciones o actividades de baja productividad.

La advertencia de BNP Paribas sobre la pérdida de participación en actividades de mayor valor agregado apunta a una falla más profunda. Captar inversión extranjera no basta si las nuevas plantas operan con pocos encadenamientos nacionales, importan la mayor parte de sus insumos y no transfieren conocimiento a proveedores locales. En ese escenario, el país recibe empleo y exportaciones, pero limita su capacidad de elevar salarios, recaudar más y sostener una base industrial diversificada. El Presupuesto 2027 puede influir mediante incentivos bien diseñados para capacitación, innovación, infraestructura regional y desarrollo de proveedores, siempre que dichos apoyos tengan reglas transparentes y evaluación de resultados.

Una consolidación con dos posibles trayectorias

La primera trayectoria para 2027 sería una consolidación basada principalmente en recortes lineales y supuestos optimistas de ingresos. Podría producir una mejora inicial en las cuentas, pero elevaría el riesgo de subinversión, menor crecimiento y desviaciones posteriores del déficit. Si la economía crece por debajo de lo previsto, la razón deuda-PIB puede deteriorarse incluso con ajustes nominales, porque el denominador se debilita. Esta ruta también incrementaría la posibilidad de que la inversión privada retrase decisiones ante la incertidumbre sobre energía, infraestructura y demanda interna.

La segunda trayectoria combinaría disciplina con reasignación. Implicaría proteger la inversión de alto impacto, reducir gasto ineficiente, transparentar los compromisos asociados a Pemex, mejorar la calidad de la recaudación y establecer objetivos fiscales que puedan ser monitoreados trimestre a trimestre. No eliminaría las presiones financieras, pero cambiaría la señal enviada a los mercados: el Gobierno no estaría aplazando el problema, sino construyendo condiciones para que el crecimiento ayude a estabilizar la deuda.

El riesgo externo sigue siendo relevante. Una desaceleración en Estados Unidos afectaría exportaciones, remesas, manufactura y recaudación; una caída del precio del petróleo presionaría los ingresos; tasas globales más altas encarecerían el refinanciamiento; y eventos climáticos podrían demandar gasto extraordinario. Frente a ese entorno, la credibilidad presupuestaria será un activo económico tangible. El Paquete 2027 se juzgará menos por la elegancia de sus proyecciones que por su capacidad de responder a esas contingencias sin sacrificar la inversión que México necesita para crecer.

La prueba decisiva será política además de financiera. Reducir el déficit exige priorizar, y priorizar obliga a reconocer que no todos los gastos producen el mismo beneficio social ni económico. El presupuesto puede convertirse en una herramienta para ordenar las finanzas públicas y apuntalar la productividad, o en un mecanismo para diferir costos mediante menor inversión y mayor deuda. La diferencia estará en la calidad de las decisiones, la transparencia de los supuestos y la disposición a medir los resultados más allá del cierre anual de las cuentas.

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