La economía mexicana ha entrado en una fase de crecimiento estrecho, pero con una composición que ya no puede leerse con comodidad desde los viejos mapas industriales. Durante los últimos dos años y medio, el avance del PIB ha sido apenas de 2.55% en total, un ritmo modesto que se sostuvo sobre todo en los servicios. Comercio, actividades inmobiliarias, finanzas, educación, salud y conectividad empujaron la expansión, mientras la industria quedó rezagada. Esa asimetría importa porque México no enfrenta sólo un problema de velocidad, sino de dirección: el país crece donde el empleo tiende a ser más disperso y de menor productividad, mientras pierde tracción en los segmentos que históricamente han elevado salarios, exportaciones y encadenamientos productivos.
La estructura del PIB confirma esa tensión. Los servicios concentran 64% del producto y, junto con la industria secundaria, explican 85% de la economía. Dentro de esa parte industrial, la manufactura sigue siendo decisiva, con cerca de 70% del total secundario. Sin embargo, el dato relevante no es su peso nominal, sino su estancamiento reciente. En junio pasado la producción manufacturera cayó 2.4% anual y se ubicó prácticamente al nivel de fines de 2023. Construcción, minería y electricidad tampoco han mostrado capacidad de arrastre. El resultado es una industria comprimida en un momento en que otras economías están reordenando su aparato productivo para capturar la relocalización de cadenas, la digitalización y la demanda energética que acompaña a la inteligencia artificial.

La lectura cambia cuando se observa el interior de la manufactura. El desplome de la fabricación de equipo de transporte, en particular el automotriz, desde el último trimestre de 2024, contrasta con el repunte del equipo de cómputo, medición, componentes electrónicos y otros bienes ligados a centros de datos. En exportaciones ocurre algo parecido: el flujo automotriz se ha detenido, mientras que las ventas de cómputo y componentes electrónicos hacia Estados Unidos crecen con fuerza. No se trata de una anécdota estadística, sino de un cambio de eje. La industria mexicana más madura, con décadas de integración regional, pierde dinamismo justo cuando emerge otra familia productiva asociada a infraestructura digital y a la expansión de la IA.
La comparación entre ambos sectores ayuda a dimensionar el viraje. En 2024, el valor agregado de exportación del sector automotriz aportó 46% del VAE total de las manufacturas, frente a 12.4% del segmento electrónico y de cómputo, según INEGI. Esa proporción todavía no define quién manda hoy en la manufactura mexicana, pero sí muestra desde dónde se construyó el pasado reciente. El sector automotriz ha sido durante años el principal laboratorio de integración regional, empleo formal y exportación manufacturera. Su frenazo no sólo afecta a ensambladoras; golpea a autopartistas, logística, acero, plásticos y una red de proveedores medianos que dependen de volúmenes estables para sostener inversión y ocupación.
El caso de la electrónica y el cómputo es distinto. México participa ahí como parte de una cadena más estrecha con insumos de Taiwán y Estados Unidos, y su expansión responde a una demanda concreta: la infraestructura asociada a centros de datos, servidores y procesamiento para inteligencia artificial. La referencia no es menor, porque ese tipo de producción suele dejar más valor agregado cuanto más local es la integración de componentes, pruebas, empaques, ingeniería y servicios de soporte. El hecho de que la diferencia entre sus importaciones y exportaciones se haya casi quintuplicado desde 2024 sugiere una escalada del VAE, aunque todavía incompleta. El potencial existe, pero no se materializa por inercia; depende de energía disponible, transporte confiable, seguridad y capital humano técnico.
Ahí se entiende la propuesta de política industrial que se abre paso en el debate. No es una defensa del viejo proteccionismo ni de los subsidios selectivos que buscaron fabricar ganadores desde el escritorio. Tampoco descansa en la idea de “sectores estratégicos” definidos por intuición política. La urgencia está en otra parte: en que el Estado corrija cuellos de botella materiales para que las actividades de mayor potencial puedan instalarse, escalar y dejar más ingresos dentro del país. Electricidad suficiente, redes de transporte eficientes por aire, tierra y mar, seguridad pública y formación de talento son, en este contexto, instrumentos industriales tanto como cualquier incentivo fiscal.
Ese enfoque cobra sentido si se mira el mapa regional. Las plantas electrónicas, los centros de servicios digitales y la subcontratación profesional no se distribuyen al azar; buscan nodos urbanos con conectividad, energía estable y cercanía a mercados de Norteamérica. México tiene ventajas comparativas reales en software, servicios de TI, procesos profesionales, contenidos digitales y servicios de salud. Pero una ventaja comparativa no es un destino asegurado. Sin infraestructura y reglas de operación que reduzcan incertidumbre, la inversión termina concentrándose en pocos enclaves o se va a jurisdicciones que ya resolvieron esos problemas. El resultado sería un país con oportunidades fragmentadas, incapaz de convertir la nueva demanda global en un salto de productividad amplio.
Las consecuencias de no actuar serían visibles en varios frentes. En el laboral, la economía seguiría generando empleo en ramas de menor productividad relativa, con presiones sobre salarios reales y menor movilidad ocupacional. En el fiscal, un crecimiento apoyado en servicios de bajo valor agregado limita la base tributaria de largo plazo. En el regional, el país profundizaría su desigualdad territorial, porque la nueva industria digital y electrónica tiende a premiar corredores con logística fina y gestión pública eficaz. Y en el externo, México correría el riesgo de seguir exportando mucho, pero capturando menos ingreso neto por cada unidad vendida, justo cuando la competencia global por contenido nacional se endurece.
La discusión, en realidad, trasciende el sector industrial. Lo que está en juego es si México puede aprovechar el reacomodo de América del Norte para pasar de ser una economía que ensambla y presta servicios dispersos a una que integra más conocimiento, más componentes y más salario en su territorio. El agotamiento relativo del ciclo automotriz y el ascenso de la electrónica vinculada a la IA no son episodios aislados; son una señal de transición productiva. Si el país responde tarde, la oportunidad se volverá estadística. Si responde con infraestructura, energía y formación, la nueva ola exportadora puede dejar de ser un reflejo de la demanda externa y convertirse en una palanca de desarrollo interno.
