Panamá mejora sus cuentas, pero sigue expuesta

La reducción del déficit fiscal panameño en el primer semestre de 2026 ofrece una señal de alivio, aunque todavía no equivale a una normalización de las finanzas públicas. El ajuste se apoyó en un aumento de los ingresos mayor que el crecimiento del gasto, un dato relevante en un contexto en el que la economía requiere certidumbre para sostener inversión, crédito y actividad privada. Sin embargo, la lectura de fondo es menos cómoda: el Estado sigue operando con un gasto rígido, presionado por intereses de la deuda, pensiones y jubilaciones, y una caja de seguro social que absorbe una porción creciente de los recursos disponibles.

La mejora del balance, con un déficit equivalente al 1.98% del PIB frente al 2.34% de un año antes, puede fortalecer la percepción de disciplina fiscal. Eso importa porque una trayectoria de déficit más contenida tiende a moderar el riesgo país y a dar algo de margen a la deuda soberana. También ayuda a sostener la credibilidad de la política económica en momentos en que los mercados observan con atención la capacidad del Estado para financiarse sin deteriorar sus costos. Si esta tendencia se consolidara, el Gobierno podría ganar espacio para administrar vencimientos y refinanciar pasivos con menos tensión.

El problema es que la fuente principal de la mejora no proviene todavía de una ampliación robusta y sostenida de la base tributaria, sino de movimientos puntuales en ingresos y de una expansión fuerte en la Caja de Seguro Social. Esa composición plantea una fragilidad evidente: cuando la corrección depende de factores que no se repiten con la misma intensidad cada semestre, la mejora puede perder velocidad. Además, los ingresos corrientes del Gobierno Central permanecieron casi estancados, lo que sugiere que la recaudación estructural aún no acompaña las necesidades de gasto del país.

El crecimiento de los ingresos tributarios es positivo, pero insuficiente para cambiar el cuadro de fondo. La expansión del ITBMS, del impuesto de inmueble y de algunos gravámenes asociados a transferencias de bienes muestra una economía con cierta actividad, aunque no necesariamente con el dinamismo requerido para absorber compromisos crecientes. Si el avance tributario se apoya demasiado en impuestos al consumo o en transacciones puntuales, el margen de maniobra será limitado y el costo puede trasladarse de forma desigual a hogares y empresas, especialmente en un entorno de ingreso disponible ajustado.

La presión más delicada sigue viniendo del gasto inflexible. Los pagos de intereses alcanzaron $1,389.1 millones en solo seis meses, una cifra que sigue compitiendo con prioridades sociales y de inversión. Aunque el costo promedio ponderado de la deuda bajó, esa mejora no elimina el hecho de que una parte cada vez mayor del presupuesto se destina a honrar obligaciones pasadas. En otras palabras, incluso con una tasa promedio menor, el volumen total de deuda mantiene elevado el peso del servicio financiero sobre las cuentas públicas.

El caso de la seguridad social merece especial atención. El aumento de los gastos corrientes de la CSS, impulsado por pensiones y jubilaciones, revela que el sistema no solo demanda más recursos hoy, sino que probablemente seguirá haciéndolo en los próximos años. Esto crea un riesgo doble: por un lado, desplaza gasto que podría dirigirse a infraestructura, educación o salud preventiva; por el otro, reduce la capacidad del Estado para responder a choques externos sin abrir nuevos huecos fiscales. Si la reforma del sistema no avanza con rapidez y legitimidad política, la presión se trasladará de forma recurrente al presupuesto central.

La expansión de la planilla pública también introduce incertidumbre. El aumento registrado en las posiciones del Gobierno Central puede reflejar cambios administrativos y no solo nuevas contrataciones, pero aun así señala una masa salarial que continúa creciendo. En la práctica, esto limita la posibilidad de una consolidación fiscal basada en contención del gasto corriente. Un Estado con nóminas en aumento enfrenta menos flexibilidad para absorber choques, y cualquier ajuste futuro corre el riesgo de chocar con costos políticos altos si toca salarios, contrataciones o transferencias sensibles.

En el corto plazo, la reducción del déficit puede ayudar a sostener la estabilidad macroeconómica y ofrecer una señal de orden a inversionistas, acreedores y organismos multilaterales. Pero el escenario se vuelve más exigente en el segundo semestre, cuando el Gobierno deberá demostrar que la mejora no fue solo contable ni transitoria. La clave estará en si logra elevar la recaudación sin frenar la actividad, contener gastos rígidos sin deteriorar servicios y administrar la deuda sin depender de alivios temporales. La capacidad de sostener ese equilibrio definirá si Panamá transita hacia una corrección fiscal duradera o si simplemente gana tiempo frente a presiones que siguen ahí, intactas.

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