Más dólares, menos capacidad de compra: el nuevo dilema de las remesas en México

Las remesas que llegan a México atraviesan una paradoja que altera la lectura habitual sobre este flujo económico: los hogares recibieron en julio un promedio récord de 426 dólares por envío, pero ese monto compra menos bienes y servicios dentro del país. Medido en pesos constantes, el ingreso mensual promedio fue de 7 mil 438 pesos, 6.6% menos que en julio de 2025. La cifra revela que el máximo nominal en dólares no equivale automáticamente a una mejora en el bienestar de las familias receptoras.

El dato es especialmente relevante porque las remesas han dejado de ser un complemento marginal para convertirse en una fuente estructural de ingreso en numerosas localidades. México captó 5 mil 571 millones de dólares en julio, superando por tercer mes consecutivo el umbral de 5 mil millones. Sin embargo, una vez convertido el flujo a pesos y descontada la inflación, también aparece una caída anual de 6.7%. El país recibe una masa considerable de divisas, pero su efecto sobre el consumo cotidiano se está erosionando.

El récord en dólares oculta una pérdida real para los hogares

La comparación con la canasta alimentaria permite dimensionar el problema con mayor precisión. En julio, una transferencia promedio de 7 mil 438 pesos no alcanzó para adquirir la canasta alimentaria mensual de tres personas en zonas urbanas, valuada por el Inegi en 7 mil 637 pesos. Un año antes, el equivalente de las remesas promedio era de 7 mil 960 pesos y superaba el costo de esa misma referencia, entonces ubicado en 7 mil 360 pesos.

No se trata únicamente de una diferencia estadística de 199 pesos. Para hogares con presupuestos estrechos, esa brecha suele resolverse reduciendo compras de proteína, medicamentos, transporte, útiles escolares o servicios básicos. Las familias que destinan la remesa principalmente a alimentación y vivienda tienen poca capacidad para absorber el ajuste mediante ahorro. Por eso, la caída del poder adquisitivo afecta de manera desproporcionada a comunidades donde el dinero enviado desde Estados Unidos funciona como ingreso recurrente, no como recurso extraordinario.

La primera conclusión es que el desempeño de las remesas debe observarse en tres monedas distintas: dólares enviados, pesos recibidos y bienes que efectivamente se pueden comprar. La discusión pública suele detenerse en el primer indicador porque es el más visible y permite anunciar nuevos máximos. Pero para una familia en Michoacán, Zacatecas, Guerrero, Oaxaca o Chiapas, el indicador decisivo es el tercero: cuántos días de comida, renta, transporte y atención médica cubre el giro una vez que llega al hogar.

El tipo de cambio explica más que la inflación

La contracción real tiene dos causas directas. La inflación nacional acumuló 3.1% en un año, elevando el precio de productos y servicios esenciales. Pero el factor predominante fue la apreciación de 6.6% del peso frente al dólar. Cuando la moneda mexicana se fortalece, cada dólar remitido se convierte en menos pesos. En otras palabras, una mejor cotización del peso, favorable para importadores, deudores en dólares y consumidores de bienes externos, puede reducir el ingreso disponible de quienes dependen de recursos enviados desde el extranjero.

Juan José Li Ng, economista senior para México de BBVA Research, ha subrayado que la apreciación cambiaria explica la parte principal del deterioro. Es una precisión importante: el problema no es que los migrantes estén enviando menos en términos individuales. Al contrario, el promedio de 426 dólares indica un esfuerzo adicional. El problema es que el mecanismo de conversión está neutralizando parte de ese esfuerzo antes de que el dinero llegue a la mesa de las familias.

Esto introduce una segunda lectura: el actual ciclo cambiario redistribuye poder de compra entre grupos sociales. Un peso fuerte puede moderar costos de importación y contribuir a contener presiones inflacionarias, pero también reduce los recursos en moneda nacional de quienes perciben dólares, incluidos receptores de remesas y algunos sectores exportadores. No es una razón para perseguir un tipo de cambio artificialmente débil; sí es una advertencia contra interpretar la fortaleza cambiaria como un beneficio uniforme para toda la economía.

El mercado laboral estadounidense sostiene el flujo, pero no elimina la fragilidad

Banorte atribuye el elevado envío promedio a un mejor panorama laboral para los migrantes mexicanos en Estados Unidos y a la decisión de mandar recursos extra para compensar la pérdida de valor en pesos. La recuperación del empleo de la población hispana en julio respalda parcialmente esa explicación. Cuando aumenta el número de personas empleadas o las horas trabajadas, la capacidad de sostener transferencias transfronterizas también mejora.

Sin embargo, esta resistencia debe leerse con cautela. Que los migrantes aumenten los dólares enviados no significa necesariamente que hayan fortalecido su propia situación financiera. En muchos casos, la remesa responde a obligaciones familiares poco flexibles: gastos escolares, enfermedades, deudas, reparaciones de vivienda o pérdida de empleo de un familiar en México. El remitente puede estar enviando más mediante jornadas laborales adicionales, menores ahorros o renuncias a consumo propio. El récord, por tanto, puede reflejar solidaridad y presión al mismo tiempo.

La tercera conclusión es que las remesas están operando como un amortiguador privado frente a vulnerabilidades públicas. Cuando los hogares enfrentan alimentos más caros, empleo informal o acceso limitado al crédito, la red familiar transnacional absorbe parte del golpe. Esa función estabilizadora contiene caídas de consumo en regiones receptoras, pero también puede ocultar la ausencia de soluciones locales para generar ingresos productivos, cobertura social y financiamiento accesible.

El impacto regional rebasa a las familias receptoras

Los analistas de Valmex señalan que las remesas son un soporte del excedente de divisas privado y de los ingresos y consumo de los hogares en regiones receptoras. El efecto se propaga más allá de quien cobra el envío. Tiendas de abarrotes, farmacias, transporte local, pequeñas constructoras, comercios de ropa, arrendadores y proveedores de materiales dependen indirectamente de esa liquidez. Cuando el poder de compra real cae, el primer ajuste puede no ser visible en las estadísticas nacionales, pero sí en el volumen de ventas de pequeños negocios.

La diferencia entre un flujo nominal elevado y una capacidad de compra menguante importa particularmente en economías municipales poco diversificadas. Allí, la remesa no sólo financia consumo: puede sostener empleo comercial, pagos de servicios y obras de mejoramiento de vivienda. Si el monto en pesos se reduce, el gasto se concentra en necesidades inmediatas y se posponen decisiones con efectos multiplicadores, como ampliar un negocio, reparar una casa o financiar estudios técnicos.

También hay una cuestión distributiva. Los hogares que reciben remesas no forman un bloque homogéneo. Algunos cuentan con otras fuentes de ingreso y pueden destinar una parte del dinero a ahorro, activos o educación. Otros dependen casi por completo de la transferencia mensual. Para estos últimos, una caída real de 6.6% tiene consecuencias más severas porque no poseen margen de maniobra. La medición agregada debe complementarse con estudios territoriales y de uso del ingreso para evitar que el promedio oculte esas diferencias.

La regulación en Estados Unidos abre un riesgo de canal, no sólo de volumen

El frente más sensible hacia el cierre del año no está únicamente en el empleo ni en el tipo de cambio. Está en Washington. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos tenía hasta el 17 de agosto para proponer ajustes reglamentarios vinculados con la Ley del Secreto Bancario y con requisitos de debida diligencia basada en riesgo. Entre los asuntos bajo discusión figura la posibilidad de recabar información sobre estatus migratorio y autorización de trabajo.

Por ahora, los usuarios bancarios continúan bajo un esquema de recomendaciones y avisos, y ninguna institución está obligada a preguntar el estatus migratorio de quien abre una cuenta. Pero el calendario mantiene abierta la incertidumbre: el 15 de noviembre, el Tesoro y reguladores federales deben revisar posibles cambios relativos a identificaciones consulares extranjeras. Banorte considera que este punto tiene mayor potencial para incidir en los flujos, pues la matrícula consular es un documento clave para que una parte importante de la población migrante acceda a servicios financieros formales.

La preocupación de organizaciones de defensa del consumidor, como el National Consumer Law Center, se centra en un posible efecto de exclusión. Diane Thompson advierte que obligar a las personas a probar estatus migratorio puede empujarlas a mantener efectivo fuera del sistema financiero. El argumento no es sólo humanitario: un mayor uso de efectivo encarece y vuelve menos transparente el envío de dinero, expone a los migrantes a robo y fraude, y fortalece canales informales con menor protección para quien remite y para quien recibe.

La disputa regulatoria enfrenta objetivos legítimos con costos desiguales

Las autoridades estadounidenses tienen interés en reforzar controles contra lavado de dinero, fraude y financiamiento ilícito. La debida diligencia basada en riesgo es un principio habitual del sistema financiero y no toda exigencia de identificación equivale a una prohibición. El punto controvertido es el diseño: una regla demasiado amplia puede tratar a millones de trabajadores y usuarios de bajo riesgo como si fueran casos sospechosos, elevando costos de cumplimiento para bancos y remesadoras y restringiendo servicios a comunidades enteras.

Para las instituciones financieras, el incentivo puede ser reducir exposición regulatoria cerrando cuentas o endureciendo filtros, incluso antes de que exista una obligación explícita. Para los migrantes, la consecuencia sería una menor competencia entre proveedores y comisiones potencialmente más altas. Para México, el riesgo principal no es necesariamente que desaparezca el ingreso enviado, sino que se vuelva más caro, menos seguro y más difícil de medir. Esa distinción importa: la familia puede seguir recibiendo dinero, pero perder una mayor proporción en costos y enfrentar mayor volatilidad en los canales de cobro.

El gobierno mexicano y las autoridades consulares tienen margen para actuar antes de que se materialicen cambios más restrictivos. La prioridad debería ser defender la utilidad de mecanismos de identificación confiables, ampliar la educación financiera y fortalecer vías formales de bajo costo. No bastará con destacar la importancia macroeconómica de las remesas; será necesario demostrar que la inclusión financiera de migrantes mejora la trazabilidad y la seguridad, objetivos que también interesan a los reguladores estadounidenses.

Un cierre de año condicionado por tres variables

La trayectoria inmediata dependerá de la inflación mexicana, el comportamiento del peso y la fortaleza del mercado laboral en Estados Unidos. Si la inflación cede y el tipo de cambio se estabiliza, incluso un crecimiento moderado de los envíos en dólares podría recuperar parte del terreno perdido en términos reales. Si el peso se aprecia más rápido que los salarios de los migrantes o que los montos remitidos, persistirá la contradicción de récords nominales con menor bienestar efectivo.

El escenario más favorable combina empleo estable para la población migrante, una inflación alimentaria contenida y reglas financieras que preserven el acceso bancario. El escenario adverso combina desaceleración laboral en Estados Unidos, nuevas barreras documentales y una moneda mexicana suficientemente fuerte para reducir la conversión a pesos. En ese caso, las remesas podrían conservar cifras elevadas en dólares mientras las comunidades receptoras sienten una reducción más marcada en su consumo real.

La señal de julio obliga a abandonar una narrativa complaciente. Las remesas siguen siendo una fuente decisiva de divisas y un sostén para millones de hogares, pero su capacidad para proteger el nivel de vida no está garantizada por el volumen bruto. Medirlas con rigor implica seguir el dólar, el peso, la inflación, las comisiones y el acceso financiero. Sólo entonces será posible distinguir entre un récord estadístico y una mejora tangible en la vida de las familias que dependen de ese dinero.

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