La recepción de remesas en México atraviesa un cambio estructural: durante el primer semestre de 2026, 53.3% de las transferencias electrónicas llegó directamente a cuentas bancarias, por encima del pago en efectivo. El dato, difundido por el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos (Cemla) con base en cifras de Banco de México, confirma una aceleración de la bancarización iniciada en 2020, cuando esta modalidad apenas representaba 18.8%.

Un flujo más visible y útil para el sistema financiero
El avance no responde sólo a la expansión de los depósitos: entre enero y junio, las remesas pagadas en efectivo cayeron en 728 millones de dólares frente al mismo periodo de 2025, mientras las depositadas en cuenta aumentaron en 1,669 millones. Al cierre de 2025, ambos canales ya mostraban una convergencia: 30,866 millones de dólares fueron abonados a cuentas, frente a 30,331 millones entregados en efectivo.
Para el Cemla, la tendencia reduce riesgos asociados al manejo de dinero físico, como pérdidas, robos o gastos inmediatos sin planeación. También deja trazabilidad sobre el origen y destino de los recursos, lo que fortalece los controles frente a operaciones ilícitas. La transformación, por tanto, no es meramente operativa: convierte una transferencia familiar en una puerta de entrada al sistema financiero formal.
La regularidad de las remesas permite a los bancos identificar ingresos recurrentes y ofrecer productos como crédito para vivienda o micronegocios. El efecto puede ser especialmente relevante para las mujeres, que representan cerca de dos tercios de quienes reciben estos recursos. A escala macroeconómica, una mayor captación bancaria amplía la base de depósitos y puede facilitar crédito productivo, además de extender el alcance de la política monetaria a hogares antes desconectados del sistema financiero.
