Lamarque y la 4T

La disputa por la coordinación de los Comités de Defensa de la Transformación en Sonora ha entrado en su tramo decisivo con Javier Lamarque Cano en una posición que combina exposición territorial, acumulación política y lectura estratégica del momento. Más que una gira de cortesía, su agenda en Hermosillo y en espacios de diálogo como La Sauceda revela un intento deliberado por convertir trayectoria en argumento de continuidad. En un proceso donde la definición interna pesa tanto como el resultado final, Lamarque está intentando que la experiencia no se lea como un dato biográfico, sino como una credencial de gobernabilidad.

Ese matiz importa porque la 4T en Sonora no compite sólo por un nombre, sino por el relato de quién puede garantizar cohesión, operación y resultados en una etapa donde la transformación ya no se mide por el entusiasmo fundacional, sino por su capacidad de producir efectos concretos. Lamarque insiste en que ha estado desde los orígenes del movimiento y que eso le permite hablar con conocimiento directo del estado, de sus desigualdades y de sus prioridades. Esa afirmación tiene un valor político evidente: en una contienda interna, la cercanía con la base y la memoria del proceso suelen pesar tanto como la estructura formal de respaldo.

Hay, sin embargo, una lectura más profunda detrás de su mensaje. Lamarque no está vendiendo solamente veteranía; está defendiendo una teoría de eficacia. Cuando dice que ha gobernado con buenos resultados y que la experiencia sirve para decidir desde el primer día, lo que plantea es que el tiempo de aprendizaje ya no puede ser un lujo político. En un entorno de alta exposición pública, donde los gobiernos enfrentan presión simultánea por seguridad, servicios, infraestructura y disciplina interna, la promesa de “arrancar ya” tiene valor operativo. No es casual que su discurso conecte experiencia con capacidad de resolución: en política local, esa traducción es lo que separa una candidatura simbólica de una candidatura funcional.

El primer efecto de esta estrategia se observa en la propia base social del movimiento. La 4T se sostiene sobre una coalición amplia y a menudo heterogénea: militantes históricos, cuadros administrativos, votantes beneficiarios de programas sociales y simpatizantes que esperan continuidad sin fricción. Para ese universo, la unidad no es una consigna abstracta, sino una condición de estabilidad. Lamarque coloca su figura como puente entre experiencia acumulada y disciplina organizativa, y con ello intenta reducir el costo de las disputas internas. Si logra imponerse esa narrativa, el mensaje para la militancia será claro: la continuidad no depende sólo de lealtades personales, sino de quién puede ordenar el proceso con menor desgaste.

El segundo impacto está en la competencia por legitimidad dentro de Morena y del bloque transformador. En procesos de selección interna, la discusión rara vez se limita a simpatías; suele girar en torno a tres criterios: arraigo territorial, capacidad de operación y percepción de eficacia. Lamarque parece fuerte en los tres frentes, al menos en el plano discursivo. Su agenda territorial le permite mostrar presencia; su trayectoria le da una memoria política reconocible; y su experiencia de gobierno le ofrece una comparación tangible frente a perfiles menos probados. En un partido que ha crecido con rapidez, esa combinación puede ser una ventaja real, porque reduce la incertidumbre que normalmente acompaña a las definiciones de liderazgo.

Pero esa misma fortaleza abre una discusión incómoda. La apelación a la experiencia puede ser leída como virtud o como cierre. Para los sectores que empujan renovación, una candidatura sustentada en “yo ya goberné” corre el riesgo de parecer una apuesta conservadora dentro de un movimiento que nació prometiendo ruptura. La tensión no es menor: si la 4T en Sonora termina privilegiando a los cuadros más probados, podría ganar orden, pero perder energía de relevo. Si opta por perfiles más nuevos, puede ganar frescura, pero asumir mayor incertidumbre operativa. Esa disyuntiva no es ideológica; es de administración del poder.

El caso de La Sauceda es revelador porque introduce un ángulo poco atendido: el vínculo entre política y tejido comunitario. Lamarque eligió cerrar ahí una jornada de escucha a entrenadoras y entrenadores deportivos, un sector que rara vez ocupa el centro de la conversación política, pero que cumple una función social de primer orden. El deporte local no sólo forma atletas; organiza tiempo, disciplina y pertenencia en contextos donde la cohesión social suele estar presionada por violencia, desigualdad o abandono institucional. Su reconocimiento a quienes trabajan desde las canchas muestra que la disputa por la coordinación no se juega únicamente en el terreno de la estructura partidista, sino también en la capacidad de leer redes sociales que sostienen legitimidad cotidiana.

Ahí aparece uno de los puntos más sólidos de su discurso: la defensa de la cercanía como método de gobierno. En México abundan ejemplos de liderazgos que, al llegar a posiciones de poder, se desconectan del territorio y terminan gobernando desde indicadores parciales o desde el filtro de sus equipos. Lamarque intenta contraponer esa distancia con una lógica de escucha permanente. El argumento tiene sustancia política porque las administraciones locales que conservan canales de interlocución directa suelen reaccionar mejor ante conflictos sectoriales, sobre todo en temas sensibles como deporte, juventud, servicios urbanos o atención comunitaria. No es una virtud decorativa; es una herramienta de gobernabilidad.

Aun así, la lectura crítica obliga a no idealizar la cercanía. Escuchar no equivale automáticamente a resolver, y una narrativa de territorio puede volverse insuficiente si no se acompaña de resultados verificables. La historia reciente de gobiernos locales en México muestra que la legitimidad de origen se erosiona rápido cuando la ciudadanía no percibe mejoras en servicios, seguridad o empleo. Por eso, la frase de Lamarque sobre “resultados desde el primer día” es más exigente de lo que parece: fija una vara concreta y lo compromete a demostrar eficiencia, no sólo afinidad con la base. Esa es la zona donde su candidatura puede fortalecerse o desgastarse con rapidez.

De aquí a la resolución interna, el escenario más probable es una disputa menos centrada en la confrontación abierta que en la evaluación silenciosa de atributos. La experiencia seguirá siendo un activo fuerte en una etapa donde el movimiento necesita cohesión para no fragmentarse. Pero también crecerá la presión para que esa experiencia se traduzca en una propuesta capaz de conectar con nuevas generaciones, sectores productivos y territorios donde la 4T necesita ampliar su margen. Si Lamarque consigue combinar memoria del proceso con un lenguaje de eficacia cotidiana, podrá consolidarse como una opción de continuidad robusta. Si su mensaje queda reducido a la defensa de su trayectoria, el riesgo será quedar atrapado en la lógica de los cuadros conocidos en un entorno que pide también renovación.

El desenlace en Sonora tendrá una lectura que rebasa al estado. En Morena, cada definición interna funciona como señal hacia otros territorios sobre qué tipo de liderazgo premia el movimiento: el de la lealtad histórica, el de la eficiencia de gobierno o el de la capacidad de integrar facciones. En ese sentido, Lamarque encarna una discusión nacional en escala local. Su apuesta por ofrecer experiencia y resultados no es sólo una fórmula de campaña; es una tesis sobre qué debe valer más cuando la transformación entra en fase de consolidación. La respuesta de la militancia y de los distintos grupos de interés marcará si esa tesis se convierte en método o si queda como una promesa más dentro de una competencia cada vez más exigente.

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