El partido entre México e Inglaterra en la Ciudad de México revive un debate recurrente en el fútbol de élite: cómo influye la altitud en el rendimiento físico cuando un equipo visita una sede a más de 2 240 metros sobre el nivel del mar. Aunque la pregunta parece técnica, su alcance trasciende lo deportivo e involucra decisiones históricas de la FIFA, estrategias de preparación y consecuencias económicas para países que organizan torneos internacionales.
La Ciudad de México no es la única capital que presenta este desafío. Bolivia, Ecuador y Etiopía han albergado encuentros donde la menor presión parcial de oxígeno modifica la capacidad aeróbica. Sin embargo, el Estadio Azteca concentra mayor atención mediática porque recibe regularmente selecciones europeas poco habituadas a estas condiciones.
Antecedentes históricos del factor altitud
Desde el Mundial de 1970, cuando México organizó su primer torneo global, la FIFA ya conocía el efecto de la altitud sobre el rendimiento. Los equipos europeos que participaron entonces reportaron dificultades respiratorias y mayor fatiga en el segundo tiempo. Décadas después, la misma sede fue escenario de la eliminatoria rumbo a Alemania 2006, donde la selección inglesa sufrió una derrota que muchos atribuyeron, en parte, a la falta de aclimatación previa. Estos antecedentes demuestran que el problema no es nuevo, sino que se repite cada vez que una selección europea enfrenta a México en casa.
Estudios publicados en el British Journal of Sports Medicine entre 2015 y 2022 analizaron partidos de la Copa Libertadores y eliminatorias mundialistas en Quito y La Paz. Los datos mostraron que equipos no aclimatados pierden entre 4 y 8 % de su capacidad de sprint repetido después de los 60 minutos. Aunque estos porcentajes varían según el nivel de preparación, la tendencia es consistente: el organismo consume glucógeno más rápido y la recuperación entre esfuerzos de alta intensidad se alarga.

El experimento de los periodistas y su significado
La reciente iniciativa de corresponsales ingleses de correr en las calles de la capital mexicana reproduce, a escala reducida, lo que enfrentarán los jugadores del seleccionado de Inglaterra. El hecho de que varios reporteros describieran la misma sensación de esfuerzo desproporcionado confirma que el fenómeno no depende de la condición atlética individual, sino de la respuesta fisiológica universal ante la hipoxia. Este tipo de demostraciones periodísticas, aunque no sustituyen estudios controlados, ayudan a visibilizar ante el público general un factor que suele quedar oculto detrás de narrativas de motivación o táctica.
Impacto en la preparación y la logística de selecciones
Los cuerpos técnicos que viajan a la Ciudad de México deben decidir entre llegar con 48 horas de antelación o invertir varios días en aclimatación. La primera opción reduce costos de hospedaje y alimentación, pero aumenta el riesgo de bajo rendimiento. La segunda exige presupuestos más elevados y coordinación con calendarios de clubes europeos, donde los jugadores regresan exhaustos de sus ligas. En la práctica, pocas federaciones optan por estancias prolongadas, lo que convierte la altitud en una ventaja estructural para el equipo local.
Además, el factor altitud modifica las decisiones médicas. Los médicos de selecciones visitantes suelen recomendar mayor ingesta de líquidos y evitar esfuerzos máximos en el primer entrenamiento. Sin embargo, estas medidas no eliminan la disminución de la capacidad de recuperación entre partidos consecutivos, un aspecto relevante cuando se disputa una fase de grupos o eliminatorias con calendario comprimido.
Consecuencias económicas y de organización de eventos
Las ciudades que albergan partidos en altitud enfrentan costos adicionales en infraestructura médica y logística de transporte de oxígeno suplementario para casos de emergencia. Aunque la FIFA exige protocolos de seguridad, estos requisitos encarecen la candidatura de una sede. Al mismo tiempo, la narrativa de la “dificultad de jugar en altura” puede convertirse en un atractivo turístico: boletos para partidos en el Azteca suelen agotarse más rápido cuando se percibe que el local cuenta con una ventaja natural.
A largo plazo, la discusión sobre altitud influye en las decisiones de sedes para mundiales. En 2026, cuando Estados Unidos, Canadá y México coorganicen el torneo, varios encuentros se disputarán en Denver y Guadalajara, ambas por encima de los 1 500 metros. Los comités organizadores ya estudian protocolos de aclimatación escalonada para selecciones europeas y asiáticas, lo que implica coordinación con aerolíneas y hoteles semanas antes del inicio del certamen.
Efectos en el desarrollo del deporte y la equidad competitiva
La ventaja de jugar en altitud plantea interrogantes sobre la equidad en competiciones internacionales. Mientras algunos analistas defienden que cada selección debe adaptarse al entorno del rival, otros proponen que la FIFA establezca periodos mínimos de aclimatación obligatorios. Esta tensión se ha manifestado en debates dentro de la Confederación Sudamericana, donde equipos de costa argumentan que las sedes andinas distorsionan resultados. La experiencia mexicana, por su frecuencia y visibilidad mediática, sirve como referencia para futuras regulaciones.
Desde una perspectiva de largo plazo, el entrenamiento en hipoxia simulada se ha popularizado entre clubes europeos. Equipos como el Bayern Múnich y el Liverpool han incorporado cámaras de altitud en sus instalaciones para preparar a jugadores antes de viajes a México o Sudamérica. Esta tendencia genera un mercado de tecnología deportiva y consultoría fisiológica que beneficia a empresas especializadas, pero también amplía la brecha entre selecciones con mayores recursos y aquellas que no pueden costear estos sistemas.
En conclusión, el rendimiento en altitud no es un detalle marginal, sino un elemento que moldea estrategias, presupuestos y políticas de organización deportiva. El experimento de los periodistas ingleses en la CDMX, aunque anecdótico, recuerda que detrás de cada partido existe un contexto fisiológico que influye en el resultado y en la percepción pública del deporte. Las federaciones que ignoren este factor enfrentan consecuencias medibles en el terreno de juego y en la planificación de torneos futuros.
