La administración de Donald Trump atribuye a su política arancelaria la creación de 25 mil empleos manufactureros y mejoras salariales de hasta 2 mil dólares en lo que va de 2026. Sin embargo, especialistas advierten que estos resultados no pueden atribuirse exclusivamente a los aranceles, ya que intervienen factores como la depreciación del dólar y reformas fiscales previas. Esta distinción resulta crucial para evaluar el verdadero alcance de las medidas comerciales adoptadas desde enero de 2025.
El debilitamiento deliberado del dólar estadounidense ha mejorado la competitividad de las exportaciones norteamericanas. Con el peso mexicano rondando los 17 pesos por dólar, los inversionistas mexicanos encuentran más atractivo canalizar recursos hacia plantas manufactureras en territorio estadounidense que hacia instrumentos financieros locales. Esta dinámica monetaria genera un efecto de atracción de capital que opera independientemente de la barrera arancelaria.

Efectos sobre la inversión extranjera directa
La rentabilidad derivada de la paridad cambiaria podría desplazar flujos de inversión que antes se destinaban a bonos del Tesoro o depósitos bancarios. Empresas mexicanas y europeas evalúan ahora establecer operaciones manufactureras en Estados Unidos para aprovechar tanto el dólar débil como los estímulos fiscales aprobados por el Congreso. Este movimiento reconfigura las cadenas de suministro regionales y reduce la presión sobre la capacidad instalada en México, aunque también expone a las economías latinoamericanas a una menor llegada de capital productivo.
Al mismo tiempo, la declaración de inconstitucionalidad de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA) introduce una capa de incertidumbre jurídica. Las empresas que planifican inversiones a mediano plazo deben considerar que los aranceles podrían ser impugnados nuevamente en tribunales, lo que erosiona la previsibilidad necesaria para decisiones de largo aliento.
Riesgos inflacionarios y consumo interno
Los aranceles elevan el costo de bienes intermedios importados, especialmente componentes electrónicos y materias primas. Aunque el gobierno sostiene que las exportaciones superan los 200 mil millones de dólares mensuales, el encarecimiento de insumos puede trasladarse a precios finales y erosionar el poder adquisitivo de los hogares estadounidenses. La desaceleración del consumo interno ya observada podría intensificarse si las empresas optan por repercutir los costos arancelarios en lugar de absorberlos.
Especialistas destacan que la inflación moderada registrada en 2026 responde en parte a este efecto. Un escenario de mayor endurecimiento arancelario podría revertir los modestos avances en contención de precios y obligar a la Reserva Federal a mantener tasas de interés más altas de lo previsto, afectando el financiamiento de la construcción de nuevas fábricas.
Consecuencias para México y América Latina
La combinación de un dólar débil y estímulos fiscales estadounidenses genera incentivos para que capital mexicano migre hacia el norte. Sectores como el automotriz y el de electrodomésticos podrían ver reducida su expansión en territorio nacional, con el consecuente impacto en empleo regional. Sin embargo, la proximidad geográfica y los acuerdos comerciales vigentes siguen ofreciendo ventajas logísticas que ningún arancel puede eliminar por completo.
En Europa y Sudamérica la situación es similar: exportadores enfrentan un mercado estadounidense más caro para sus productos, mientras que los inversionistas locales redirigen recursos hacia activos denominados en dólares. Esta reasignación de capital puede profundizar la brecha de desarrollo entre economías que logran integrarse a cadenas de valor estadounidenses y aquellas que quedan excluidas.
Incertidumbres jurídicas y políticas comerciales futuras
La agenda arancelaria cubre acuerdos que alcanzan a más de la mitad de la población mundial, pero su sostenibilidad depende de la capacidad del Ejecutivo para sortear impugnaciones legales. Cualquier reversión judicial obligaría a renegociar términos comerciales bajo condiciones menos favorables, exponiendo a las empresas a costos de adaptación elevados. Además, socios comerciales podrían responder con medidas recíprocas que reduzcan el acceso de productos estadounidenses a mercados externos.
El paquete de reformas fiscales que reduce la tasa corporativa y permite deducciones inmediatas de inversión sigue siendo el principal motor de rentabilidad empresarial. Si los aranceles pierden vigencia, el gobierno podría verse tentado a intensificar otras herramientas de política industrial, aumentando el riesgo de distorsiones en la asignación de recursos y de represalias por parte de la Organización Mundial del Comercio.
En conclusión, aunque los datos de empleo manufacturero y exportaciones resultan alentadores, la atribución exclusiva a los aranceles carece de sustento sólido. La interacción entre política monetaria, reformas tributarias y condiciones macroeconómicas globales configura un panorama más complejo, donde los beneficios observados podrían diluirse ante cambios en cualquiera de estos factores. Los tomadores de decisiones en ambos lados de la frontera deben ponderar estos riesgos antes de asumir que la estrategia arancelaria actual representa una solución estructural al déficit comercial estadounidense.
