La interrupción temporal de los sistemas de climatización en varias unidades académicas de la Universidad Autónoma de Baja California en Mexicali no obedece, por ahora, a una falla estructural del campus ni a un colapso técnico de gran escala. El origen está en una variable climática que suele darse por descontada en una ciudad asociada casi siempre con el calor extremo: la humedad. Cuando el nivel superó 50% al inicio del ciclo escolar, el comportamiento de las torres de enfriamiento cambió lo suficiente para impedir que el agua alcanzara el rendimiento esperado y, con ello, afectó el suministro de aire acondicionado en algunos espacios.
Ese dato importa más de lo que parece. Mexicali no solo vive temperaturas altas; vive, sobre todo, bajo una lógica de confort térmico basada en sistemas que fueron diseñados para un entorno seco. En ese sentido, el episodio revela una vulnerabilidad silenciosa: buena parte de la infraestructura pública y educativa en zonas desérticas depende de condiciones ambientales relativamente estables. Cuando el clima se aparta de ese patrón, aunque sea por unos días, el impacto deja de ser anecdótico y se traduce en aulas más calurosas, concentración reducida, fatiga y una merma inmediata en la experiencia de aprendizaje.
El problema no es el equipo, sino el entorno
Diana González, responsable de Servicios Administrativos del campus Mexicali, precisó que la universidad opera alrededor de mil 800 equipos de aire acondicionado y 21 unidades de enfriamiento con torres que utilizan agua helada. La cifra da una idea de la escala del sistema y también de su complejidad: no se trata de una sola máquina fallando, sino de una red técnica que requiere mantenimiento preventivo, correctivo y ajustes de arranque antes del regreso a clases. La universidad, según explicó, había realizado ese trabajo durante el receso y comenzó a poner en marcha los equipos una semana antes del inicio del ciclo.

La lectura técnica es clara: las torres de enfriamiento dependen de la evaporación y del intercambio térmico eficiente; cuando la humedad ambiental sube, ese mecanismo pierde efectividad. En otras palabras, el aire ya no “ayuda” a enfriar el agua con la misma rapidez, y el sistema entero trabaja por debajo de su capacidad óptima. Esto explica por qué algunas instalaciones no alcanzaron de inmediato las condiciones de confort habituales, pese a contar con infraestructura operativa y mantenimiento reciente.
Lo que está en juego para estudiantes y personal
El impacto no se limita al malestar momentáneo. En un campus universitario, la climatización forma parte de la infraestructura educativa, no de un lujo accesorio. Las aulas con temperatura inadecuada afectan la atención, el rendimiento y la permanencia en clase, especialmente en periodos de calor prolongado. Para el personal docente y administrativo, además, cualquier inestabilidad en el ambiente de trabajo se traduce en jornadas más demandantes y en una mayor presión sobre los horarios de mantenimiento, la planeación de actividades y la respuesta institucional ante quejas que hoy circulan rápidamente en redes sociales.
Ahí aparece un segundo punto de fondo: la percepción pública. En una ciudad como Mexicali, donde el aire acondicionado es parte de la vida cotidiana, las fallas en climatización suelen leerse como señal de descuido, aunque el origen sea externo y técnico. La universidad no solo debe corregir el problema; también necesita explicar con precisión por qué ocurre, cuánto durará y qué medidas de respaldo están activas. La gestión de la comunicación importa porque evita que una contingencia operativa se convierta en una narrativa de incompetencia institucional.
Invertir más no siempre significa depender menos
González defendió el uso de torres de enfriamiento frente a la alternativa de sustituirlas por equipos mini-split. Su argumento es sólido desde la ingeniería y desde el costo: los edificios universitarios demandan abastecimiento de agua helada para espacios amplios, y reemplazar ese esquema por unidades individuales implicaría multiplicar equipos, consumo eléctrico y labores de mantenimiento. La adquisición reciente de dos torres de 500 y 350 toneladas, además de dos chillers de 200 toneladas cada uno, confirma que la UABC no está reduciendo su apuesta por la climatización centralizada; al contrario, la está reforzando.
La discusión relevante no es si la tecnología es obsoleta, sino si su diseño operativo está suficientemente adaptado a un clima cada vez menos predecible. Esa es la primera conclusión de fondo: la resiliencia de una infraestructura no se mide solo por su potencia instalada, sino por su capacidad de rendir bajo condiciones atípicas. La segunda es financiera. Sistemas centralizados como este pueden ser más eficientes en campus grandes, pero exigen una estrategia más fina de contingencia, monitoreo en tiempo real y redundancia frente a variaciones ambientales. Aumentar capacidad sin fortalecer protocolos de respuesta deja intacta la vulnerabilidad principal.
Una advertencia para otras instituciones del noroeste
Lo ocurrido en Mexicali puede servir de espejo para escuelas, hospitales, oficinas públicas y plantas industriales de regiones áridas que han asumido como normal un patrón climático estable. El cambio no tiene por qué ser dramático para producir efectos operativos: basta una humedad inusual, una ola de calor más larga o un desfase en el mantenimiento para que sistemas diseñados para otra regularidad pierdan eficiencia. El sector educativo es especialmente sensible porque depende de horarios fijos, gran afluencia diaria y espacios cerrados donde el confort térmico impacta de inmediato.
También hay un componente de política pública que no conviene ignorar. Si episodios como este se repiten, las universidades tendrán que ajustar criterios de inversión, priorizando sensores, automatización, almacenamiento térmico, mantenimiento predictivo y diseños híbridos capaces de amortiguar extremos climáticos. La verdadera pregunta no es cuántas toneladas de enfriamiento se compran, sino cuánta autonomía operativa ofrece cada peso invertido. Sin esa evaluación, la infraestructura seguirá respondiendo bien en condiciones normales y mostrando sus límites justo cuando más se le necesita.
La mejora que la propia UABC reporta en las instalaciones sugiere que el problema no es irreversible. Pero el episodio deja una señal nítida: en ciudades donde el clima define gran parte de la vida urbana, la continuidad académica ya depende tanto de la pedagogía como de la ingeniería ambiental. Cuando el termómetro y la humedad se mueven fuera del guion, la calidad educativa también se pone a prueba.
