El peso recupera terreno ante el giro de la Fed

El peso mexicano alcanzó este viernes su nivel más fuerte frente al dólar desde el 23 de febrero, en una jornada marcada por el deterioro de los indicadores laborales de Estados Unidos y por un nuevo ajuste en las expectativas sobre la política monetaria de la Reserva Federal. El tipo de cambio spot se ubicó en 17.1452 unidades por dólar, frente a las 17.2098 unidades del cierre previo, lo que representó una apreciación de 6.46 centavos, equivalente a 0.36 por ciento.

El movimiento no responde únicamente a una mayor demanda por activos mexicanos. La explicación inmediata se encuentra en la pérdida de fuerza del dólar, cuyo índice DXY retrocedió 0.30 por ciento, a 99.64 unidades, después de que las cifras de empleo estadounidenses mostraran una economía con menos capacidad de creación de puestos de trabajo de la que esperaba el mercado. La combinación de un dólar debilitado y una menor probabilidad de endurecimiento monetario en Estados Unidos favoreció a las monedas emergentes, entre ellas el peso.

La cotización intradía refleja, sin embargo, que el mercado permaneció sensible a cualquier cambio de percepción. El dólar se movió entre un máximo de 17.2150 pesos y un mínimo de 17.0929. Esa amplitud revela que, detrás de la apreciación, persisten posiciones especulativas y una elevada dependencia de los datos que puedan modificar el rumbo esperado de las tasas estadounidenses.

El empleo estadounidense cambia el mapa monetario

Las nóminas no agrícolas de Estados Unidos disminuyeron en 23,000 puestos el mes pasado, después de que el dato del mes anterior fuera revisado a la baja y mostrara un aumento de apenas 20,000 empleos. El consenso del mercado anticipaba un incremento de 80,000 posiciones. La diferencia entre lo esperado y lo observado es relevante porque el mercado laboral constituye uno de los principales criterios utilizados por la Reserva Federal para decidir si mantiene, reduce o eleva las tasas de interés.

Una creación de empleo tan débil puede interpretarse de dos maneras. Por un lado, confirma que la actividad económica pierde impulso y reduce la presión sobre los precios, lo que abre espacio para una política monetaria menos restrictiva. Por otro, plantea dudas sobre la solidez de la expansión estadounidense y sobre la capacidad de las empresas para sostener el consumo interno. En la primera lectura, el resultado favorece a los activos de mayor riesgo; en la segunda, puede provocar episodios de aversión al riesgo si los inversionistas temen una desaceleración más profunda.

La reacción inicial se inclinó hacia el primer escenario. De acuerdo con Fed Watch, de CME, la posibilidad de que la Reserva Federal eleve las tasas en su reunión de septiembre cayó a 44 por ciento. Antes de la publicación del informe laboral, una parte importante del mercado mantenía una expectativa más firme de endurecimiento monetario. El ajuste de las apuestas modificó de inmediato los rendimientos de los instrumentos estadounidenses y redujo el atractivo relativo de mantener posiciones en dólares.

La importancia de este cambio va más allá de una sesión de operaciones. Durante los últimos años, el diferencial de tasas entre México y Estados Unidos ha sido uno de los soportes centrales del peso. Cuando los bonos estadounidenses ofrecen mayores rendimientos, parte del capital internacional puede abandonar mercados emergentes; cuando las tasas en Estados Unidos dejan de subir o comienzan a bajar, los instrumentos mexicanos recuperan atractivo, especialmente si la economía local mantiene estabilidad financiera.

México pierde terreno en diversificación exportadora y eleva su dependencia externa

La inflación mexicana aporta un respaldo adicional

El entorno externo encontró un apoyo en los datos internos. La inflación general de México se desaceleró en julio por cuarto mes consecutivo y se ubicó en 3.12 por ciento anual, su menor nivel en seis años, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía. La inflación subyacente, que excluye los productos más volátiles, descendió por sexto mes consecutivo hasta 3.95 por ciento anual.

La evolución de los precios modifica el margen de maniobra del Banco de México. Si la inflación continúa acercándose al objetivo y las presiones subyacentes pierden intensidad, la autoridad monetaria puede evaluar una reducción de tasas sin provocar necesariamente una salida desordenada de capitales. El peso se beneficia cuando esa flexibilización ocurre en un contexto en el que la Reserva Federal también modera su postura, porque el diferencial entre ambos países se reduce de forma gradual y no por una divergencia abrupta.

La secuencia es importante. Un recorte de tasas en México, aislado de una política más flexible en Estados Unidos, podría presionar al peso al disminuir el rendimiento de los activos denominados en moneda nacional. En cambio, si la Reserva Federal mantiene o prepara una postura menos restrictiva, el mercado puede absorber mejor una eventual reducción mexicana. La apreciación registrada este viernes no significa que el problema haya desaparecido, pero sí muestra que las dos variables comenzaron a moverse en una dirección favorable para la moneda local.

El dato inflacionario también tiene consecuencias para los hogares. Una menor inflación general ayuda a contener el costo de alimentos, servicios y bienes importados, aunque el beneficio no se distribuye de manera uniforme. Los hogares de menores ingresos destinan una proporción mayor de su presupuesto a productos básicos, por lo que una desaceleración sostenida en esos componentes puede tener un impacto tangible. Aun así, la cifra anual no garantiza que los precios dejen de subir: indica que avanzan a un ritmo menor que antes.

El peso fuerte reduce costos, pero estrecha márgenes

La apreciación cambiaria puede abaratar insumos importados, maquinaria, combustibles y componentes utilizados por empresas mexicanas. Sectores como la manufactura, la industria automotriz y algunas ramas de la electrónica dependen de cadenas de suministro denominadas en dólares. Un peso más firme reduce el costo en moneda nacional de esas compras y puede mejorar temporalmente los márgenes empresariales, siempre que los contratos y las coberturas cambiarias no neutralicen el efecto.

También puede moderar los precios de bienes importados y aliviar parte de las presiones inflacionarias. Si una empresa compra equipo en Estados Unidos o paga servicios tecnológicos en dólares, un tipo de cambio cercano a 17 pesos reduce el desembolso requerido en moneda nacional frente a un escenario de depreciación. Este mecanismo es especialmente relevante para pequeñas y medianas compañías que carecen de coberturas sofisticadas.

El efecto no es completamente positivo para todos. Los exportadores reciben menos pesos por cada dólar obtenido en el exterior. Una empresa mexicana que vende productos en Estados Unidos puede observar un deterioro de sus ingresos expresados en moneda nacional, aun cuando sus ventas en dólares permanezcan estables. El impacto depende de cuánto de sus costos también esté denominado en dólares: una firma con insumos importados tiene una protección natural, mientras que otra que produce principalmente con costos locales puede enfrentar una compresión más intensa de sus márgenes.

Las remesas representan otro canal de transmisión. Cuando el peso se aprecia, cada dólar enviado por los trabajadores mexicanos en el extranjero se convierte en menos pesos. El ingreso en dólares de las familias no cambia, pero sí disminuye su valor en moneda nacional. Para los hogares que utilizan las remesas para pagar renta, alimentos o educación, una apreciación persistente puede limitar su capacidad de compra, sobre todo en regiones donde esas transferencias tienen un peso considerable en la economía local.

La industria exportadora enfrenta una prueba distinta

La fortaleza del peso ocurre en un momento en el que México busca consolidar inversiones vinculadas con la relocalización de cadenas productivas. Un tipo de cambio estable puede ser una ventaja para las empresas que importan maquinaria y componentes, pues facilita la planeación financiera y reduce el costo inicial de instalar operaciones. Sin embargo, una moneda excesivamente fuerte puede restar competitividad a los productores que dependen de precios internacionales y cuyos costos se pagan principalmente en pesos.

La relocalización no se decide únicamente por el tipo de cambio. La disponibilidad de energía, agua, infraestructura, seguridad, talento técnico y certidumbre regulatoria pesa más en las decisiones de inversión de largo plazo. Aun así, el valor de la moneda influye en el cálculo de rentabilidad. Si las empresas perciben que la apreciación es temporal y está respaldada por flujos financieros, pueden beneficiarse de menores costos de importación. Si creen que se mantendrá durante años sin un aumento equivalente de productividad, podrían revisar sus planes de producción orientados a la exportación.

La experiencia reciente muestra que el llamado “superpeso” no debe confundirse con una transformación estructural. Parte de la fortaleza cambiaria puede explicarse por el diferencial de tasas, las entradas de capital, las remesas y la percepción de estabilidad macroeconómica. Estos factores son importantes, pero no sustituyen el crecimiento de la productividad. Una moneda fuerte basada principalmente en flujos financieros puede revertirse cuando cambian las condiciones internacionales.

El riesgo oculto está en las próximas revisiones

El mercado laboral estadounidense todavía puede sufrir revisiones, como ya ocurrió con el dato del mes anterior. Una cifra inicial débil que posteriormente sea corregida al alza podría reactivar las expectativas de una subida de tasas y fortalecer al dólar. Por esa razón, los inversionistas no observarán únicamente el número de nóminas, sino también la tasa de desempleo, los salarios, las horas trabajadas y la participación laboral.

En México, el comportamiento de la inflación tampoco está asegurado. GBM prevé que el componente subyacente se mantenga en niveles similares durante la segunda mitad del año, mientras que la inflación no subyacente podría repuntar debido a bases de comparación adversas y complicaciones asociadas con el fenómeno de El Niño. Un aumento en alimentos o energía puede alterar la lectura general y limitar la capacidad del Banco de México para reducir tasas.

El clima añade una fuente de incertidumbre que no depende directamente de la política monetaria. Sequías, lluvias extremas o interrupciones en la producción agrícola pueden trasladarse a los precios de frutas, verduras y otros bienes básicos. Si esas presiones coinciden con una depreciación del peso, el impacto inflacionario sería mayor porque los productos importados también se encarecerían. La aparente calma cambiaria de esta jornada, por tanto, no elimina los riesgos que pueden surgir fuera de los mercados financieros.

Una recuperación que depende de la confianza

El nivel de 17.1452 pesos por dólar confirma la capacidad de la moneda mexicana para responder con rapidez a los cambios en las expectativas internacionales. También deja claro que su trayectoria seguirá vinculada a decisiones tomadas en Washington, a la lectura de los datos de Estados Unidos y a la credibilidad de la política económica mexicana. La apreciación puede contener la inflación y abaratar inversiones, pero sus beneficios serán más duraderos si se convierten en productividad, empleo formal y mayor capacidad exportadora.

La clave para los próximos meses será distinguir entre una fortaleza cambiaria sustentada en fundamentos y un avance impulsado por posiciones financieras de corto plazo. Mientras la inflación continúe descendiendo, las cuentas externas permanezcan ordenadas y el diferencial de tasas conserve atractivo, el peso tendrá respaldo. Pero cualquier sorpresa en el empleo estadounidense, un repunte de precios internos o un cambio brusco en el apetito global por riesgo puede modificar rápidamente el escenario. El mercado ha ganado espacio para el optimismo; todavía no cuenta con certeza suficiente para convertirlo en tendencia permanente.

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