Los precios de los combustibles volverán a aumentar en Panamá desde las 6:00 a.m. del viernes 4 de septiembre. En las provincias de Panamá y Colón, el litro de gasolina de 95 octanos costará $1,28, el de 91 octanos se venderá a $1,19 y el diésel llegará a $1,40. El nuevo ajuste confirma una tendencia que se ha intensificado desde mediados de julio y que afecta con mayor fuerza al combustible utilizado para el transporte de mercancías.
Los valores permanecerán vigentes hasta las 5:59 a.m. del 18 de septiembre, fecha prevista para la siguiente revisión quincenal. En otras localidades del país, los precios serán ligeramente superiores debido a los costos de traslado y distribución. Para los consumidores, el incremento no se limita al gasto directo de llenar el tanque: el diésel puede influir en el precio final de alimentos, productos básicos y servicios que dependen de la logística terrestre.
El diésel concentra la mayor parte del encarecimiento
La comparación entre los precios oficiales vigentes desde el 10 de julio y los anunciados para septiembre muestra una diferencia considerable. La gasolina de 95 octanos pasó de aproximadamente $1,17 a $1,28 por litro, un aumento cercano al 9%. La de 91 subió de $1,11 a $1,19, equivalente a alrededor del 8%. En el caso del diésel, el precio avanzó de cerca de $1,09 a $1,40 por litro: un incremento aproximado del 29% en menos de dos meses.
Expresada por galón, la variación también evidencia la distancia entre los combustibles. La gasolina de 95 aumentó unos $0,40 y llegará a aproximadamente $4,84 por galón. La de 91 acumuló una subida cercana a $0,33, hasta unos $4,52. El diésel, en cambio, se encareció alrededor de $1,18 y alcanzará $5,30 por galón.

Una secuencia de aumentos con un alivio temporal
El ajuste no constituye un movimiento aislado. El 24 de julio, la gasolina de 95 octanos subió a $1,26 por litro, la de 91 alcanzó $1,18 y el diésel llegó a $1,27. En apenas dos semanas, este último aumentó aproximadamente $0,18 por litro, muy por encima del avance de las gasolinas.
La presión continuó al comenzar agosto. Desde el día 7, la gasolina de 95 pasó a $1,27 y la de 91 se ubicó en $1,19, mientras el diésel escaló hasta aproximadamente $1,34. El 21 de agosto se produjo una corrección parcial en las gasolinas: la de 95 bajó a cerca de $1,23 y la de 91 a $1,16. Sin embargo, el diésel volvió a subir ligeramente, hasta unos $1,35 por litro.
El nuevo precio del 4 de septiembre devuelve la gasolina de 95 a un nivel superior al registrado al inicio de agosto y mantiene la de 91 en $1,19. El diésel marca un nuevo máximo dentro del periodo analizado. La trayectoria revela que las reducciones ocasionales en las gasolinas no han alterado la tendencia general del mercado, especialmente en el segmento del combustible pesado.
Por qué el impacto puede extenderse a los alimentos
El diésel es fundamental para movilizar mercancías desde los puertos hacia centros de distribución, comercios y zonas agrícolas. También se utiliza en camiones, equipos de carga y parte de la maquinaria vinculada con la producción y el abastecimiento. Cuando el combustible aumenta de forma sostenida, las empresas enfrentan mayores costos por cada recorrido y por cada etapa de la cadena logística.
Ese incremento puede trasladarse gradualmente a los consumidores. El efecto no necesariamente aparece de inmediato ni con la misma intensidad en todos los productos, porque las empresas pueden absorber una parte del costo, renegociar fletes o reducir márgenes temporalmente. No obstante, cuanto más tiempo se mantenga el diésel en niveles elevados, mayor será la presión para ajustar tarifas de transporte y precios de venta.
La repercusión también dependerá de la distancia recorrida y del peso del combustible dentro de la estructura de costos. Los productos transportados desde puertos o áreas productivas alejadas suelen ser más sensibles que aquellos distribuidos localmente. Por esa razón, el aumento puede sentirse de manera desigual entre regiones y sectores, aun cuando el precio oficial sea definido para periodos nacionales de referencia.
La tensión internacional detrás del ajuste
La Secretaría Nacional de Energía atribuyó el último aumento principalmente a las tensiones en Medio Oriente, que impulsaron los precios internacionales del petróleo y sus derivados. Durante las últimas semanas de agosto, los enfrentamientos y las dificultades para movilizar cargamentos por rutas estratégicas elevaron la preocupación sobre el abastecimiento mundial.
El West Texas Intermediate, referencia petrolera negociada en Nueva York, también registró fuertes movimientos. Después de retroceder al comienzo de agosto, recuperó terreno durante las últimas jornadas y superó los $90 por barril al iniciar septiembre. Entre mediados de julio y el comienzo de este mes, el WTI aumentó cerca de 13%, desde aproximadamente $79,60 hasta más de $90.
La evolución internacional ayuda a explicar el encarecimiento local, aunque la relación no es automática. Panamá importa la gasolina y el diésel que consume, por lo que en el precio final también pesan el valor de los productos ya refinados, el transporte marítimo, los seguros, el almacenamiento, la distribución interna y el calendario de actualización oficial. Por ello, las variaciones nacionales pueden reflejar los movimientos internacionales con cierto retraso o presentar magnitudes diferentes.
La próxima revisión será clave para medir la persistencia
El siguiente ajuste, previsto para el 18 de septiembre, permitirá determinar si el máximo alcanzado por el diésel representa un episodio temporal o el inicio de una presión más prolongada. Una moderación del petróleo internacional podría aliviar los costos en futuras revisiones, pero la continuidad de los riesgos geopolíticos, los fletes y las interrupciones en las rutas de suministro mantendría elevada la incertidumbre.
Mientras tanto, hogares y empresas deberán afrontar un combustible más caro en un contexto en el que el diésel tiene una función transversal. El desafío no será únicamente contener el gasto de los conductores, sino evitar que el aumento acumulado se convierta en una presión adicional sobre el transporte, la distribución y el costo cotidiano de los bienes.
