El crecimiento de Colombia y sus riesgos

La economía colombiana avanzó 3,5% en el segundo trimestre de 2026 frente al mismo período del año anterior, una cifra que confirma una recuperación más sólida de lo que varios analistas anticipaban al inicio del año. El dato no solo refleja una expansión del PIB, sino también un cambio en la composición del crecimiento: el impulso principal no provino de la industria ni de la inversión privada, sino de actividades públicas, educativas y sanitarias. Ese detalle es clave, porque revela una economía que puede estar ganando tracción, aunque todavía apoyada en motores que no siempre se traducen en una mejora duradera de la productividad.

La fuerza del trimestre estuvo concentrada en Administración pública y defensa, seguridad social, educación y salud, un bloque que creció 10% anual y aportó 1,7 puntos porcentuales al resultado total. En términos políticos, el ciclo electoral presidencial y la mayor actividad institucional ayudan a explicar parte de ese comportamiento. En términos económicos, el aumento del gasto y de la ejecución estatal suele dinamizar empleo, contratación y consumo en el corto plazo. Eso puede aliviar tensiones sociales y sostener la demanda interna, especialmente en un entorno regional todavía desigual. También puede mejorar la percepción de estabilidad justo cuando el país necesita preservar confianza en sus instituciones.

Sin embargo, el mismo patrón encierra una advertencia. Cuando el crecimiento depende de manera marcada del sector público, la economía queda más expuesta a la temporalidad del ciclo electoral y a la capacidad fiscal del Estado. Si la expansión responde en parte a gastos asociados a la organización de comicios, a mayor ejecución administrativa o a decisiones de corto plazo, el efecto puede desvanecerse una vez pase el pico de actividad. Eso deja abierta la pregunta de fondo: cuánto del 3,5% obedece a una mejora estructural y cuánto a factores transitorios que no necesariamente se repiten en los próximos trimestres.

El segundo riesgo es de composición. Un crecimiento impulsado por servicios públicos, educación y salud puede ser socialmente valioso y necesario, pero no reemplaza la expansión de sectores que generan divisas, inversión de largo plazo y aumentos de productividad. Si la industria, el agro moderno o la construcción no aceleran al mismo ritmo, el país puede sostener una tasa positiva sin resolver sus cuellos de botella más persistentes: baja inversión, informalidad laboral, costos logísticos y débil capacidad exportadora. En ese escenario, el dato trimestral mejora el ánimo, pero no garantiza una senda de convergencia más robusta.

La comparación semestral, con un alza de 2,9% frente al mismo período de 2025, sugiere que la economía sí salió de la inercia de meses anteriores. Aun así, la lectura debe hacerse con cautela. En economías de tamaño medio y alta sensibilidad política, un semestre positivo puede ocultar fragilidades si el crecimiento está concentrado en pocas ramas. La amplitud del avance importa tanto como su magnitud. Cuando el dinamismo se distribuye de forma limitada, el efecto sobre salarios, crédito y recaudación puede ser menos homogéneo de lo que la cifra agregada sugiere.

Para los hogares, el impacto inmediato puede ser moderadamente favorable: más actividad pública suele traducirse en empleo temporal, mayor circulación de ingresos y cierta estabilidad en servicios esenciales. Pero el beneficio no es automático. Si la inflación se mantiene contenida, el crecimiento puede sentirse en el consumo; si no, una parte del avance nominal se diluye. Además, la mejora en la actividad estatal no garantiza una reducción rápida de la desigualdad territorial, especialmente en regiones donde la presencia del Estado sigue siendo más frágil y la economía depende de sectores con menor valor agregado.

En el frente empresarial, el dato ofrece una señal de resiliencia, aunque no necesariamente de confianza plena. Las compañías que operan en servicios vinculados al Estado pueden encontrar una ventana favorable, pero las firmas orientadas a inversión de largo plazo observarán algo distinto: estabilidad regulatoria, certidumbre fiscal y condiciones para ampliar capacidad productiva. Si el impulso de 2026 se interpreta solo como una victoria coyuntural, el riesgo es que el Gobierno y el mercado subestimen la necesidad de una agenda más amplia de competitividad. El crecimiento, en ese sentido, podría convertirse en una pausa alentadora más que en un cambio de ciclo.

El verdadero examen llegará en los siguientes trimestres. Si el avance se sostiene una vez disipado el efecto electoral y sin un aumento desproporcionado del gasto público, Colombia podría estar entrando en una fase de expansión más equilibrada. Si, por el contrario, el ritmo se enfría con rapidez, el 3,5% quedará como una cifra útil para medir la capacidad de rebote, pero insuficiente para hablar de una transformación económica. La señal positiva existe; el reto es evitar que dependa demasiado de factores que por definición no duran.

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