El almacenamiento define cuánto dura el sabor del café

La calidad del café no termina con la compra: su conservación determina cuánto tiempo mantendrá el aroma, el sabor y la textura originales. El aire inicia la oxidación, mientras que la luz, el calor y la humedad aceleran la pérdida de frescura. El resultado puede ser una taza plana, rancia o impregnada de olores ajenos.

Grano entero, menor exposición

La opción más eficaz es comprar café en grano y molerlo justo antes de prepararlo. El grano entero ofrece una superficie menor al contacto con el oxígeno que el café molido, por lo que protege durante más tiempo sus notas de chocolate, frutos secos, caramelo o frutas. La molienda, aunque mejora la preparación inmediata, también acelera el deterioro.

El café debe guardarse en un recipiente hermético, limpio y preferiblemente opaco, dentro de una alacena fresca y seca. Conviene mantenerlo lejos de la estufa, el horno, la cafetera, las ventanas y cualquier fuente de calor. Una bolsa con cierre hermético y válvula puede funcionar; si el envase original queda abierto o no sella bien, es mejor trasladarlo a un frasco o lata con tapa firme.

La cantidad también importa

El refrigerador no es una solución: el café absorbe olores y puede sufrir condensación cada vez que se abre el recipiente. La congelación solo resulta conveniente para compras grandes; en ese caso, los granos deben dividirse en porciones pequeñas y bien selladas, sin volver a congelar una porción descongelada.

Comprar cantidades moderadas reduce el desperdicio y permite consumir el café en las semanas posteriores al tostado. Una vez abierto, lo recomendable es terminarlo en dos a cuatro semanas; el café molido exige mayor rapidez. Guardarlo correctamente no recupera un aroma perdido, pero sí evita que factores cotidianos lo deterioren antes de tiempo.

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