Dólar en Cuba: contexto y efectos a largo plazo

El cierre del dólar estadounidense a 24 pesos cubanos el 26 de junio de 2026 refleja una estabilidad aparente que oculta tensiones acumuladas durante más de dos décadas de reformas monetarias incompletas. El leve avance del 0,12% respecto al día anterior y la volatilidad reducida al 2,01% contrastan con una economía que sigue operando bajo restricciones estructurales profundas. Este comportamiento cambiario no surge de manera aislada, sino que forma parte de un proceso iniciado con la unificación monetaria de 2021, que eliminó el peso convertible y dejó al peso cubano como única moneda legal.

Antes de 2021, el sistema dual de monedas generaba distorsiones constantes: el peso convertible se utilizaba en transacciones formales y turísticas mientras el peso ordinario servía para la población. La devaluación progresiva desde 21 pesos por convertible en 2002 hasta 25 pesos en 2005, sumada al impuesto del 10% sobre el dólar, erosionó el poder adquisitivo de los salarios estatales y fomentó el mercado negro. La desaparición del peso convertible en el “Día Cero” de 2021 buscó corregir esa fragmentación, pero la falta de reservas suficientes impidió una convertibilidad real y empujó la demanda de divisas hacia canales informales.

De la contracción económica a la “economía de guerra”

Entre 2020 y 2024 la economía cubana perdió un 11% de su producto interno bruto. La caída del 1,1% en 2024 marcó el segundo año consecutivo de retroceso y evidenció que las expectativas de rebote post-pandemia no se materializaron. El ministro Joaquín Alonso ha calificado el escenario 2026 como de “economía de guerra”, reconociendo amenazas externas y cuellos de botella internos que limitan cualquier recuperación sostenida. La proyección oficial de un crecimiento del 1% para 2026 repite la meta fallida del año anterior y depende casi exclusivamente del turismo y de los servicios médicos exportados, dos rubros vulnerables a fluctuaciones internacionales y a la migración de personal calificado.

La inflación prevista del 10% para 2026 representa una reducción respecto al 14,07% de 2025, pero sigue siendo elevada para una población cuyos salarios estatales apenas cubren la cesta básica. El déficit fiscal de 74.500 millones de pesos (equivalente a unos 3.100 millones de dólares al tipo de cambio oficial) se mantendrá en niveles similares a los del año anterior, lo que implica mayor emisión monetaria y presión adicional sobre el tipo de cambio. En este contexto, la aparente calma del dólar oficial a 24 pesos resulta más un reflejo de control administrativo que de equilibrio de mercado.

Dolarización y desigualdad social

La creciente dolarización de la economía cubana amplifica las brechas entre quienes acceden a divisas (remesas, turismo o trabajo en el exterior) y quienes dependen exclusivamente del peso cubano. Esta segmentación afecta directamente el acceso a alimentos, medicinas y servicios básicos, que cada vez se ofrecen con mayor frecuencia en dólares o en pesos a precios indexados. El resultado es una redistribución regresiva del ingreso que erosiona la cohesión social y alimenta la migración masiva registrada desde 2021. Familias enteras optan por abandonar el país cuando el salario estatal deja de cubrir gastos elementales, lo que a su vez reduce la disponibilidad de personal en sectores clave como la salud y la educación.

El gobierno ha prometido un marco más transparente para atraer inversión extranjera, pero la persistencia de apagones, escasez de insumos y un marco jurídico que sigue subordinado a decisiones políticas limita el interés de capitales privados. Sin divisas suficientes para importar materias primas y repuestos, las empresas estatales operan por debajo de su capacidad instalada y la producción interna no logra sustituir las importaciones. Esta dependencia circular refuerza la necesidad de dólares y mantiene la presión sobre el tipo de cambio paralelo.

Impactos a mediano y largo plazo

Si la proyección de crecimiento del 1% se cumple, el efecto sobre el empleo y los ingresos reales será marginal. La economía necesitaría tasas sostenidas superiores al 3% anual durante varios años para recuperar los niveles previos a la pandemia y absorber el aumento de la población en edad laboral. La actual combinación de inflación moderada, déficit fiscal elevado y baja inversión productiva apunta más bien a un estancamiento prolongado. En ese escenario, la estabilidad cambiaria observada en junio de 2026 podría romperse si las exportaciones de servicios médicos o el turismo no alcanzan las metas previstas, obligando al Banco Central a devaluar o a restringir aún más el acceso a divisas.

Desde el punto de vista regional, el caso cubano ilustra cómo la unificación monetaria sin acompañamiento de reformas productivas y financieras puede generar nuevos desequilibrios. Países vecinos que han enfrentado procesos similares muestran que la credibilidad del tipo de cambio depende menos de la fijación administrativa y más de la capacidad de generar divisas de manera sostenida. Mientras persistan los problemas estructurales —baja productividad, envejecimiento poblacional y dependencia de pocos rubros exportadores—, cualquier avance en el valor del peso cubano seguirá siendo frágil y reversible.

El análisis del cierre del dólar el 26 de junio, por tanto, no se limita a una variación diaria. Revela la continuidad de un modelo económico que, tras la unificación de 2021, sigue sin resolver las restricciones de oferta y la escasez de divisas que determinan el ritmo de crecimiento y el bienestar de la población en los próximos años.

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