Colapso de la sandía en La Laguna

La caída del precio de la sandía a 1.50 pesos por kilogramo en las parcelas de la Comarca Lagunera ha expuesto con crudeza las tensiones estructurales de la cadena agroalimentaria mexicana. Lo que en un principio parecía una fluctuación estacional se ha convertido en una crisis que amenaza la viabilidad de cientos de productores medianos y pequeños en Coahuila y zonas aledañas. La situación no solo refleja un desajuste puntual de oferta y demanda, sino que revela cómo el poder de negociación se concentra en los eslabones finales de la distribución.

Eloy Castañón Ojeda, agricultor de Matamoros, resume el cálculo que hoy enfrentan muchos de sus colegas: una inversión promedio de 150 mil pesos por hectárea apenas recupera 50 mil pesos con los precios actuales, lo que equivale a una pérdida operativa del 60 por ciento. La fruta maduró de forma acelerada por el estrés hídrico y las temperaturas extremas registradas desde abril, elevando los costos de mano de obra para una cosecha anticipada que, al final, no encuentra comprador dispuesto a cubrir siquiera los gastos de recolección.

Quién controla realmente el margen

La diferencia entre el precio en parcela y el que paga el consumidor final —entre 10 y 25 pesos por kilogramo en supermercados— no se explica únicamente por costos de transporte o mermas. Los grandes distribuidores y cadenas minoristas han consolidado mecanismos de compra que les permiten absorber la sobreoferta nacional de junio a precios muy bajos, mientras mantienen márgenes estables en el anaquel. Esta asimetría de información y poder de compra actúa como un amortiguador para el eslabón comercial y como un multiplicador de pérdidas para el productor primario.

Los intermediarios locales, que en años anteriores servían de puente, ahora carecen de capacidad para sostener volúmenes cuando las grandes firmas ya tienen contratos cerrados con zonas de mayor escala. El resultado es un mercado de dos velocidades: quienes poseen convenios previos logran colocar parte de su cosecha, mientras el resto enfrenta el abandono de la fruta en el campo porque recolectarla genera más gasto que ingreso.

El efecto dominó en la región

La decisión de dejar la fruta sin cosechar no es aislada. En Matamoros y municipios vecinos, varios productores han optado por suspender operaciones en parcelas que ya habían recibido inversión en riego y fertilización. Esta salida anticipada reduce la demanda de mano de obra temporal y afecta directamente a jornaleros que dependen de la cosecha de sandía para completar su ingreso anual. El impacto se extiende también a proveedores de insumos y servicios de maquinaria, que ven caer sus ventas de un año a otro.

El estrés hídrico que aceleró la maduración de la fruta no es un evento aislado. La Comarca Lagunera ha registrado déficits de agua persistentes que obligan a los agricultores a adelantar ciclos productivos, aumentando la coincidencia de cosechas entre distintas regiones del país. Esta sincronización involuntaria genera picos de oferta que el mercado no absorbe sin una fuerte presión sobre los precios.

Perspectivas enfrentadas

Desde la óptica de los grandes minoristas, la abundancia de producto representa una oportunidad para ofrecer precios competitivos al consumidor y mantener volúmenes de venta. Sin embargo, esta estrategia descansa en la capacidad de los productores para absorber pérdidas que, de repetirse, pueden derivar en una reducción estructural de la superficie cultivada. Los agricultores, por su parte, señalan la ausencia de mecanismos institucionales que permitan estabilizar ingresos ante fluctuaciones extremas, como fondos de contingencia o seguros de precio que cubran al menos los costos de cosecha.

Los consumidores finales perciben la sandía como un producto accesible durante el verano, sin que la caída en origen se traduzca en reducciones equivalentes en el punto de venta. Esta desconexión entre precio de origen y precio final alimenta la percepción de que el sistema de distribución prioriza márgenes intermedios por encima de la sostenibilidad del eslabón inicial.

Riesgos de mediano plazo

Si la dinámica actual persiste, es previsible una mayor concentración de la producción en manos de grandes consorcios que cuentan con capacidad financiera para negociar directamente con cadenas comerciales. Los productores independientes enfrentan la disyuntiva de diversificar cultivos o abandonar la actividad, lo que podría reducir la oferta regional en ciclos posteriores y generar nuevos desequilibrios cuando la demanda supere la capacidad instalada.

Otro riesgo latente es la pérdida de conocimiento técnico acumulado. Cuando parcelas quedan sin cosechar o se destinan a usos menos intensivos, se interrumpe la transmisión de prácticas específicas de manejo de sandía adaptadas a las condiciones locales de suelo y clima. Esta erosión de capital humano y productivo es difícil de revertir en el corto plazo y puede elevar los costos de reingreso para quienes decidan volver al cultivo cuando las condiciones de precio mejoren.

La ausencia de apoyos institucionales que amortigüen estos choques no solo afecta la rentabilidad inmediata, sino que debilita la capacidad del sector para enfrentar eventos climáticos cada vez más frecuentes. Sin instrumentos de estabilización, el ciclo de inversión y pérdida se repite, erosionando el patrimonio de las familias rurales y acelerando la migración hacia otras actividades o hacia zonas urbanas.

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