El riesgo país argentino cayó por debajo de los 500 puntos básicos y alcanzó en julio un mínimo de 403 unidades, el nivel más bajo desde abril de 2018. Sin embargo, la mejora todavía no alcanza para ubicar al país entre los mercados más confiables de la región: con aproximadamente 494 puntos, Argentina conserva el segundo riesgo soberano más elevado de América Latina, solo por detrás de Venezuela.
La diferencia entre ambos datos resume la principal tensión del momento. El indicador efectivamente se redujo de manera significativa desde el cambio de gobierno, pero su descenso no implica que el acceso de Argentina al financiamiento internacional se haya normalizado. Para los inversores, la distancia entre una crisis de crédito y una situación sostenible sigue siendo considerable.
La caída que reivindicó Milei y el límite que muestran los mercados
Durante su discurso en el Foro de Madrid, realizado en Santiago de Chile, el presidente Javier Milei afirmó que el riesgo país “ha sido prácticamente eliminado” y presentó la evolución del indicador como una confirmación de su programa económico. En un mensaje marcado por sus críticas a la izquierda latinoamericana, sostuvo que los datos constituyen el principal antídoto frente a los cuestionamientos políticos y aseguró que el Gobierno no modificará el rumbo de sus políticas.
Los datos respaldan una parte de esa afirmación, aunque no toda la conclusión. Desde la segunda vuelta presidencial del 19 de noviembre de 2023, el riesgo país descendió desde los 2.415 puntos básicos hasta la zona actual de 494 unidades. La reducción supera los 1.900 puntos, equivalente a cerca del 80 por ciento. También cayó unos 70 puntos en lo que va de 2026, después de haber tocado los 403 puntos en julio.

El problema es que el riesgo país no mide únicamente la dirección del cambio, sino también el costo que el mercado todavía asigna a la deuda argentina. Un nivel cercano a 500 puntos significa que los inversores exigen una compensación muy superior a la que reclaman a otros emisores soberanos de la región. Por eso, la mejora es relevante como señal de confianza, pero insuficiente como habilitación automática para volver a emitir deuda en el exterior.
Por qué una emisión internacional seguiría siendo costosa
El índice elaborado por JP Morgan compara el rendimiento de los bonos de países emergentes con las tasas de los títulos del Tesoro de Estados Unidos. En las últimas semanas, los Treasuries elevaron sus rendimientos hasta un rango de entre 4,50% y 5,24% anual, cerca de sus niveles más altos desde octubre de 2023.
La combinación de ambos factores explica el límite financiero. Si Argentina intentara colocar hoy nuevos bonos soberanos en los mercados internacionales, debería convalidar una tasa aproximada del 10% anual en dólares: alrededor de 4,5% a 5,2% correspondiente al costo base estadounidense, más la prima de riesgo argentina. Esa carga continúa siendo demasiado elevada para que el endeudamiento externo resulte una alternativa atractiva o sostenible.
La caída del indicador, por lo tanto, mejora las condiciones potenciales de financiamiento, pero no las vuelve competitivas. Para que el descenso se traduzca en una reapertura efectiva del crédito internacional, el mercado necesitará comprobar que la estabilización macroeconómica puede sostenerse, que las reservas se fortalecen y que el Gobierno conserva capacidad para cumplir sus compromisos sin recurrir a nuevas medidas de emergencia.
La comparación regional revela la magnitud del desafío
El promedio latinoamericano se ubica en torno a los 250 puntos básicos, aproximadamente la mitad del nivel argentino. Uruguay encabeza el ranking regional con 64 puntos, seguido por Chile, con 84; Jamaica, con 106; Perú, con 108; Paraguay, con 116; y Panamá, con 121. Costa Rica registra 128 puntos, Honduras 147, Trinidad y Tobago 152, mientras que República Dominicana y Brasil se sitúan en 171 unidades.
Colombia y México presentan un riesgo país de alrededor de 200 puntos. Incluso Bolivia, con 424, Ecuador, con 419, y El Salvador, con 271, exhiben registros inferiores al argentino. La comparación es significativa porque muestra que la mejora local no debe evaluarse solo contra el punto de partida de 2023. También debe medirse frente a países que, con distintos modelos económicos y grados de estabilidad, mantienen una percepción crediticia más favorable.
El único caso regional claramente más comprometido es Venezuela, cuyo riesgo país alcanza aproximadamente 6.145 puntos básicos. La distancia con ese extremo no convierte a Argentina en un mercado seguro: apenas establece que su deterioro financiero es menor que el de la economía más castigada de la región.
La próxima prueba será convertir la señal en confianza
Ignacio Morales, Chief Investments Officer de Wise Capital, consideró que la baja del riesgo crediticio favorece una eventual vuelta al crédito internacional, aunque remarcó que los inversores siguen observando el rumbo económico, los movimientos cambiarios y la viabilidad del plan financiero oficial. Su evaluación apunta a una distinción central: el mercado puede reconocer avances sin haber otorgado todavía un voto definitivo de confianza.
En la misma línea, Felipe Mendoza, analista de EBC Financial Group, señaló que los recortes en las proyecciones de crecimiento de Argentina realizados por Goldman Sachs y JP Morgan introducen una tensión adicional. La recuperación lenta de la actividad contrasta con el tono optimista de funcionarios económicos que destacan el reconocimiento internacional del programa macroeconómico.
Esa diferencia entre narrativa y métricas reales será determinante. Un riesgo país descendente puede reflejar expectativas de estabilización, pero el crecimiento, la capacidad de pago, la acumulación de reservas y la previsibilidad de las reglas definirán si esa expectativa se consolida. Argentina logró abandonar los niveles extremos heredados de la crisis, aunque todavía debe demostrar que la reducción del riesgo no es solo una corrección de mercado, sino el comienzo de una mejora duradera en su relación con los acreedores.
