El balance que deja Acceder en Córdoba durante 2026 ofrece una lectura más amplia que la mera suma de contratos. Los 474 itinerarios activados, las 115 contrataciones firmadas y la participación de 60 empresas dibujan el funcionamiento de una política pública que intenta corregir una desigualdad persistente: la distancia histórica entre la población gitana y el mercado laboral ordinario. En una ciudad donde el empleo sigue muy concentrado por sectores y por redes de acceso, la capacidad de un programa de intermediación para convertir acompañamiento social en oportunidades reales resulta tan relevante como los números que arroja.
Una brecha que no nace en el mercado, sino antes
La clave para entender el alcance del programa está en el punto de partida. Acceder no trabaja sobre una población que llega al empleo en condiciones homogéneas, sino sobre personas que arrastran trayectorias de exclusión, baja cualificación, interrupciones educativas y, en muchos casos, discriminación acumulada. Por eso el dato de que el 71% de las personas atendidas en estos 26 años hayan sido gitanas, el 56% mujeres y el 70% jóvenes menores de 30 años no es una simple fotografía demográfica: revela dónde se concentra la vulnerabilidad y también dónde puede ser más eficaz la intervención.
La apuesta por itinerarios individualizados explica parte de los resultados. De las 474 personas atendidas este año, 377 se orientaron al empleo por cuenta ajena y 97 al autoempleo y el comercio ambulante. Esa distribución muestra que el programa no se limita a empujar a la contratación convencional; también reconoce que una parte de la economía gitana ha operado históricamente en formatos mixtos, informales o familiares. La utilidad de Acceder, en ese contexto, reside en ordenar trayectorias dispersas y traducirlas en cualificación, acreditación y acceso a puertas que suelen permanecer cerradas.

Empresas, formación y el valor de la intermediación
El dato de las 60 empresas colaboradoras es especialmente significativo porque sitúa el programa en el terreno de la mediación práctica. El acceso al empleo no depende solo de la motivación individual o de la existencia de vacantes; depende de que haya empresas dispuestas a abrir procesos de selección, prácticas y formación en entornos reales. Las 33 acciones formativas puestas en marcha en 2026, diez de ellas vinculadas a compañías de la ciudad, apuntan precisamente a esa dirección: reducir la distancia entre aprendizaje y contratación. Cuando 89 personas reciben formación en contextos conectados con el trabajo real, el itinerario deja de ser una promesa abstracta y pasa a ser un mecanismo de inserción con resultados verificables.
La concentración de contratos en servicios, hostelería y comercio confirma una tendencia conocida en el mercado laboral cordobés: son sectores intensivos en rotación, con necesidad recurrente de personal y con barreras de entrada relativamente más bajas que otros ámbitos. Pero el hecho de que también se hayan producido inserciones en tecnología y logística abre una pista más interesante. Si un programa como Acceder logra colocar perfiles gitanos en sectores menos tradicionales, no solo mejora estadísticas de empleo; amplía el repertorio de ocupaciones posibles y desafía la idea de que determinados trabajos están reservados a determinados grupos sociales.
La inclusión como política económica y no solo social
La aportación municipal de 30.000 euros y la continuidad del marco europeo FSE+ indican que el proyecto se apoya en una arquitectura institucional que combina recursos locales y comunitarios. Esa mezcla es importante porque la exclusión laboral de la población gitana no puede resolverse únicamente desde la asistencia social. Cuando un ayuntamiento duplica su contribución, está reconociendo que la inserción laboral también es una política económica: reduce dependencia de ayudas, ensancha la base de cotización, mejora la estabilidad de los hogares y multiplica la capacidad de consumo y de participación social.
El efecto, sin embargo, va más allá de la inserción individual. Cada contratación formal tiene un valor simbólico en un entorno donde los prejuicios siguen pesando en la contratación, en la promoción y en la permanencia en el puesto. Acceder actúa también como una herramienta contra el antigitanismo porque obliga a las empresas a contrastar expectativas con desempeño real. Esa experiencia acumulada puede modificar criterios internos de selección, especialmente en pymes y sectores de atención al público, donde los sesgos suelen operar con mayor discreción y menor control externo. Si esa transformación se consolida, el programa deja de ser un dispositivo de atención y pasa a ser un agente de cambio cultural en el tejido productivo local.
Lo que puede cambiar a medio plazo
El impacto más profundo probablemente no se medirá solo por contratos anuales, sino por trayectorias educativas y familiares. La insistencia de la Fundación Secretariado Gitano en el retorno educativo y en la formación apunta a una hipótesis de fondo: cuando el empleo aparece como horizonte alcanzable, también aumenta el valor percibido de estudiar y completar itinerarios formativos. En familias donde el abandono escolar ha sido una constante, ver a jóvenes gitanos acceder a empleos estables o a prácticas reales puede alterar expectativas intergeneracionales. Ese efecto es lento, pero decisivo.
También hay un componente de género que merece atención. Que más de la mitad de las personas atendidas sean mujeres revela una realidad conocida pero a menudo subestimada: la exclusión laboral golpea con más fuerza cuando se cruza con las cargas de cuidados, la precariedad y la discriminación étnica. Si el programa consolida itinerarios específicos para mujeres gitanas, el retorno no será solo laboral. Habrá mayor autonomía económica, más capacidad de decisión dentro del hogar y un avance tangible en la visibilidad pública de un colectivo que ha estado históricamente doblemente penalizado.
Después de 26 años y más de 4.400 contratos acumulados en Córdoba, Acceder ya no puede leerse como una iniciativa experimental. Su trayectoria sugiere que la inclusión laboral de la población gitana exige persistencia, escala y una combinación fina de orientación, formación y alianzas empresariales. En una coyuntura donde el empleo sigue siendo una de las principales fronteras de la desigualdad, el programa funciona como un recordatorio incómodo: sin acceso efectivo al trabajo, la ciudadanía queda incompleta. Y sin políticas sostenidas que ataquen la discriminación en origen, la igualdad formal apenas atraviesa la puerta de entrada.
