Durante años, la apertura del mercado gasolinero en México pareció empujar una sustitución gradual de la vieja hegemonía de Pemex por marcas privadas, nuevas franquicias y modelos comerciales más flexibles. La fotografía más reciente, sin embargo, apunta en sentido inverso: la empresa estatal volvió a ganar presencia en estaciones de servicio y, al 30 de junio de 2026, abastece total o parcialmente a 13,046 gasolineras. De ese universo, 7,564 operan bajo su franquicia, un alza anual de 3% que confirma un giro lento pero sostenido en la preferencia comercial de muchos empresarios del ramo.
El dato importa menos por el número aislado que por la tendencia que revela. En un mercado donde la marca y el suministro están estrechamente ligados, el regreso a Pemex no solo expresa una decisión publicitaria o de imagen, sino una reordenación de costos, riesgos y capacidades logísticas. La estatal no recupera clientes por nostalgia; los recupera porque, en buena parte del país, sigue siendo la opción más estable para asegurar combustible, crédito y cobertura operativa.

El péndulo tras la apertura
La reforma energética de 2014 abrió el negocio de las gasolineras a la competencia y permitió que marcas distintas a Pemex ganaran presencia en el mostrador. El efecto visible llegó años después: en 2022 las marcas de terceros alcanzaron su mayor número de estaciones. Pero el auge fue más frágil de lo que parecía. Desde 2023 comenzó una recomposición: algunas estaciones cambiaron de bandera, otras renegociaron contratos de suministro y varias marcas enfrentaron dificultades para sostener cadenas de importación y transporte con escala suficiente.
Marcial Díaz, fundador de Qua Energy, describe ese movimiento como una “remigración” hacia Pemex. La palabra es útil porque sugiere algo más profundo que un simple cambio de logotipo. En muchas plazas, la franquicia estatal vuelve a actuar como un paraguas comercial que reduce fricciones. Para estaciones medianas o pequeñas, la decisión suele estar menos asociada al prestigio de la marca que a la ecuación diaria de inventarios, financiamiento y continuidad del abasto. Cuando el margen se estrecha, la seguridad de suministro pesa más que la aspiración de independencia.
Los números respaldan esa lectura, pero también exhiben sus límites. Pemex reporta 7,564 estaciones bajo su franquicia, 4,333 con marcas distintas y 1,149 con licenciamiento de uso de marca sin comprar franquicia. Es decir, la estructura del mercado sigue siendo diversa y no hay una reversión completa del proceso de apertura. Lo que existe es una corrección de expectativas: muchas marcas privadas no lograron convertir presencia comercial en fortaleza logística duradera.
Logística, crédito y márgenes apretados
El principal motor del retorno a Pemex parece ser logístico. El suministro de combustibles exige transporte, almacenamiento, cobertura regional y capacidad de respuesta ante interrupciones. Las marcas privadas que dependen de esquemas de importación más costosos o de redes de distribución menos densas quedan expuestas a fallas que el consumidor percibe de inmediato: desabasto, retrasos o variaciones en el servicio. Pemex, pese a sus problemas estructurales, conserva una huella territorial y una infraestructura que todavía funcionan como ventaja competitiva.
Hay también un factor financiero. Las condiciones de crédito y los descuentos por volumen pueden inclinar la balanza hacia la franquicia estatal, especialmente en contextos de alta sensibilidad en precios. Si el negocio minorista se vuelve más estrecho por políticas de contención o por mayor presión regulatoria sobre los precios, las estaciones privadas absorben mejor el golpe cuando cuentan con mejores términos comerciales. Pemex, en ese sentido, no solo vende combustible: ofrece una arquitectura de sobrevivencia empresarial.
La tercera variable es el margen. En un mercado donde la competencia ya no depende únicamente de atraer clientes, sino de resistir costos crecientes de importación, transporte y operación, las marcas pequeñas o regionales quedan más expuestas. El caso ilustra una paradoja del sector energético mexicano: la apertura amplió opciones, pero no necesariamente distribuyó capacidades en igualdad de condiciones. La competencia existe, aunque no todos compiten con la misma base material.
Lo que cambia para el mercado
El avance de Pemex tiene consecuencias que van más allá del número de estaciones. En el corto plazo, puede estabilizar ciertas zonas donde las marcas privadas enfrentaron problemas de continuidad, pero también puede reducir el espacio para modelos comerciales que apostaban por diferenciarse mediante precios, servicio o alianzas internacionales. Si la reconfiguración continúa, el mercado podría tender a una consolidación en la que sobrevivan los operadores con mejor músculo financiero y mejores vínculos de suministro.
Eso afecta a la competencia real. Una red más concentrada puede facilitar la coordinación logística, pero también vuelve más difícil que el consumidor compare alternativas robustas en calidad, oferta y precio. La experiencia internacional muestra que los mercados de combustibles minoristas funcionan mejor cuando hay pluralidad efectiva, no solo nominal. Si las marcas privadas no logran sostenerse fuera de nichos urbanos o corredores muy rentables, la apertura termina dejando un mapa incompleto.
Para Pemex, el repunte tampoco equivale a una victoria estructural definitiva. La empresa sigue cargando con desafíos de inversión, eficiencia y reputación. Recuperar estaciones no resuelve por sí mismo el problema de fondo: modernizar la cadena de valor, asegurar abasto competitivo y reconstruir confianza a largo plazo. Si el regreso de franquicias responde sobre todo a debilidades ajenas, el crecimiento actual puede ser más una corrección del mercado que una prueba de fortaleza plena.
Una recomposición que dice más del sector que de una marca
El dato más revelador es histórico. A junio de 2020 había 7,954 estaciones bajo franquicia Pemex; para la primera mitad de 2021 bajaron a 7,136, y en junio de 2022 tocaron un piso de 6,858. Desde entonces, la curva cambió. Aun así, la red actual sigue 30% por debajo de la de 2018, el primer año en que se registraron cambios de marca tras la reforma. Ese contraste sugiere que el mercado no regresó al punto de partida, sino que entró en una fase más selectiva, donde el valor de una marca depende tanto de su identidad como de su capacidad operativa real.
En esa reconfiguración se juega una parte importante del futuro energético minorista del país. Si Pemex consolida su recuperación, probablemente lo hará menos por un impulso simbólico que por su persistencia como garante de suministro. Si las privadas no ajustan su escala y su logística, la competencia quedará reducida a un grupo más pequeño de jugadores. El resultado puede ser un mercado menos fragmentado, pero también menos dinámico. Y en un sector tan sensible para la movilidad cotidiana, cualquier pérdida de dinamismo termina afectando algo más amplio que la contabilidad de las estaciones: impacta precios locales, decisiones de inversión y la forma en que millones de consumidores acceden al combustible todos los días.
