Mientras la economía sigue tensionando el bolsillo de los argentinos, el oficialismo y la oposición peronista ya empezaron a reordenar sus piezas pensando en 2027. La discusión política se aceleró en paralelo a una serie de datos negativos sobre consumo, endeudamiento y expectativas, que en la Casa Rosada leen como el principal límite para la continuidad del proyecto de Javier Milei.
En el oficialismo, la señal más clara es interna: el Presidente aparece cada vez menos involucrado en la rosca cotidiana y delega la estrategia electoral en Karina Milei y su círculo más cercano. Esa estructura, según admiten en el propio Gobierno, deberá sostener la campaña mientras intenta preservar el programa económico en un contexto más áspero que el de 2023 y 2024. El razonamiento es simple: si la gestión no mejora, la reelección se vuelve más cuesta arriba.

La preocupación de fondo está en la economía real. Un informe del Banco Central ubica la morosidad de los créditos a familias en 12,8%, el nivel más alto en dos décadas, y el rojo se agrava en billeteras virtuales con tasas que llegan al 30%. El dato más sensible para el Gobierno es que buena parte de esos préstamos se usan para gastos corrientes, una señal de estrés que confirma que el problema ya no pasa solo por la inflación, sino por la capacidad concreta de llegar a fin de mes.
Un voto más frío que en 2023
El malestar también se refleja en los estudios cualitativos que circulan entre funcionarios. En focus groups aparecen reclamos por empatía, por el costo del día a día y por la sensación de que el ajuste dejó de ser una promesa transitoria para convertirse en un modo de vida. Consultoras como AtlasIntel/Bloomberg, QSocial, Casa Tres y Zentrix coinciden en una foto incómoda para el Gobierno: la aprobación de Milei se mantiene en niveles frágiles, mientras crecen la desaprobación y la percepción de deterioro económico personal y familiar.
Ese clima explica por qué varios operadores oficialistas ya hablan de una segunda fase más difícil: convertir estabilización en bienestar. La baja de la inflación y el orden fiscal siguen siendo los principales activos del Gobierno, pero no alcanzan por sí solos para consolidar adhesión electoral si no se traducen en salarios, empleo y consumo más firmes. En otras palabras, el oficialismo parece haber ganado tiempo con el programa de shock, pero ahora enfrenta la prueba de la mejora tangible.
La oposición también mira el calendario
Del otro lado, el peronismo y sus aliados también comenzaron a ordenar su estrategia. Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner retomaron el diálogo en una mesa compartida con gobernadores y jefes parlamentarios, impulsados menos por afinidad que por necesidad. La prioridad común, según trascendió, es evitar una fractura anticipada y preservar herramientas como las PASO, vistas como un mecanismo útil para administrar tensiones internas antes de la próxima presidencial.
Al mismo tiempo, la relación entre La Libertad Avanza y el PRO volvió a entrar en una fase de conversaciones. Karina Milei habló con Mauricio Macri y luego se multiplicaron los encuentros entre dirigentes de ambos espacios. En la Casa Rosada interpretan ese acercamiento como un reconocimiento de fuerza y debilidad a la vez: el Gobierno necesita ampliar su base para llegar competitivo a 2027, mientras el macrismo evalúa hasta dónde conviene sostener una convivencia que ya no tiene el margen de la primera etapa.
El cuadro general deja una certeza política y una incógnita económica. La certeza es que 2027 ya empezó a jugarse en despachos oficiales y opositores. La incógnita es si el Gobierno logrará transformar la estabilización en una recuperación visible para millones de hogares que hoy calculan, antes que nada, cómo estirar el ingreso hasta fin de mes.
