El algoritmo vuelve a ser casamentero

La historia de las citas en Estados Unidos puede leerse como una sucesión de intermediarios. Primero fueron la familia, el vecindario, la escuela, la iglesia, el trabajo y los amigos; después, las plataformas digitales abrieron una puerta hacia desconocidos; ahora, la inteligencia artificial intenta administrar esa abundancia. El giro no consiste simplemente en que más personas usen aplicaciones. La transformación profunda es que el criterio para elegir pareja está dejando de ser una decisión enteramente manual, basada en un catálogo casi infinito, para convertirse en una recomendación cada vez más mediada por sistemas que ordenan, descartan y priorizan perfiles.

Los datos del sociólogo Michael J. Rosenfeld, de Stanford, permiten situar esta mutación en una perspectiva más amplia que la del éxito o fracaso de una aplicación concreta. Hacia 1940, cerca del 25% de las parejas heterosexuales estadounidenses se conocía por medio de la familia y alrededor del 21% a través de amigos. Las redes cercanas funcionaban como infraestructuras sociales: facilitaban el encuentro, pero también aportaban reputación, información y una cierta vigilancia comunitaria. No era solo que alguien presentara a dos personas; también respondía, en cierta medida, por ellas.

La desaparición del aval social

Durante las décadas siguientes, los amigos ganaron peso como vía de presentación. Su participación llegó a rozar el 40% alrededor de 1990, mientras el trabajo alcanzó aproximadamente el 20%. Esa era una sociedad en la que las trayectorias cotidianas se cruzaban de forma repetida y donde los grupos de pertenencia reducían el riesgo de relacionarse con un desconocido. La familia perdió centralidad con la autonomía individual, pero su función de filtro fue ocupada parcialmente por amistades, compañeros de estudio y colegas laborales.

Internet quebró esa arquitectura. Rosenfeld lo describe como un intermediario social capaz de conectar a personas sin vínculos previos. El cambio fue cuantificable: para 2007-2009, las parejas que se conocían por la familia habían caído por debajo del 10%, mientras el peso de amigos y trabajo ya descendía desde sus máximos. En 2017, aproximadamente el 39% de las parejas heterosexuales estadounidenses declaró haberse conocido en línea, lo que convirtió a internet en la vía predominante para formar pareja.

La primera consecuencia fue una ampliación extraordinaria del mercado relacional. Para personas que vivían en ciudades pequeñas, tenían horarios laborales poco compatibles con la vida social, pertenecían a minorías sexuales o buscaban afinidades muy específicas, la tecnología redujo barreras reales. Grindr, por ejemplo, no puede analizarse únicamente como una app de citas: para parte de la población LGBTQ+, especialmente fuera de grandes núcleos urbanos, ha funcionado como un espacio de visibilidad, comunidad y acceso a vínculos que antes eran difíciles de encontrar de forma segura.

Pero abrir el mercado también eliminó el aval social. El perfil digital sustituye la recomendación de alguien conocido, aunque no puede reproducirla por completo. Una fotografía, una descripción breve y unas señales de comportamiento dentro de la plataforma condensan identidades complejas en información escasa y fácilmente manipulable. La promesa de libertad del encuentro digital vino acompañada de nuevos costes: fraude, suplantación, acoso, desconfianza, agotamiento y una percepción de que encontrar pareja exige una gestión constante de la propia imagen.

El swipe convirtió la abundancia en fatiga

El modelo del swipe resolvió un problema de acceso y creó otro de selección. Al presentar perfiles en serie, las apps transformaron la búsqueda amorosa en una dinámica de evaluación rápida, con incentivos para seguir explorando incluso después de encontrar opciones potencialmente adecuadas. La abundancia no garantiza mejores decisiones. En mercados con demasiadas alternativas, los usuarios pueden elevar sus expectativas, postergar compromisos o descartar conexiones prometedoras por señales superficiales. En las citas, además, cada elección involucra vulnerabilidad emocional, tiempo y seguridad física.

Esta es la primera conclusión relevante: la crisis actual de las apps no parece ser una crisis de demanda por conocer gente, sino una crisis de eficiencia del modelo de descubrimiento masivo. Los usuarios no necesariamente rechazan que la tecnología intervenga en sus relaciones; rechazan una experiencia que les exige filtrar miles de perfiles, sostener conversaciones de baja calidad y asumir gran parte del trabajo de verificación. La caída de usuarios activos mensuales de Tinder, un 7% interanual en marzo de 2026, ilustra esa presión, aunque el hecho de que fuera su menor descenso en 31 meses sugiere una estabilización más que un colapso definitivo.

La respuesta de Tinder combina dos caminos. Por un lado, busca devolver dimensión presencial a la experiencia mediante Tinder Events, una función orientada a actividades y encuentros compartidos. Tras su lanzamiento en Los Ángeles en marzo, la empresa informó que organizó más de 60 eventos y alcanzó una participación de casi el 70% de los usuarios elegibles. Por otro, impulsa Chemistry, una herramienta que emplea inteligencia artificial y datos autorizados por los usuarios para recomendar un conjunto reducido de perfiles considerados más compatibles.

Ambas iniciativas responden a la misma debilidad: el catálogo por sí solo ya no genera valor suficiente. Los eventos restauran contexto social, observación directa y conversación menos guionizada. La IA pretende reducir el volumen de decisiones. Una vía devuelve parte de la espontaneidad que las aplicaciones habían comprimido; la otra busca hacer más racional el filtro digital. Ninguna elimina la lógica de plataforma, pero ambas reconocen que deslizar perfiles indefinidamente ha perdido capacidad para producir encuentros satisfactorios.

La IA no sustituye al criterio: lo redistribuye

La segunda conclusión es más incómoda. La inteligencia artificial no elimina al casamentero: concentra su poder. Un amigo que presenta a dos personas opera con información contextual, intuición, conocimiento mutuo y responsabilidad reputacional. Un algoritmo puede procesar señales de compatibilidad a gran escala, pero define qué señales importan, cómo se ponderan y qué usuarios reciben visibilidad. El sistema no es un observador neutral; se convierte en un editor de oportunidades afectivas.

Esto cambia el terreno competitivo de la industria. Durante años, la ventaja de una app se medía por su volumen de usuarios y por el tamaño de su inventario de perfiles. En una etapa guiada por recomendación, la ventaja puede trasladarse a la calidad de los datos, la capacidad de interpretar intenciones y la habilidad para convertir coincidencias en conversaciones y citas reales. La métrica decisiva deja de ser cuántos perfiles se muestran y pasa a ser cuántas conexiones relevantes se producen sin erosionar la confianza del usuario.

La verificación facial de autenticidad introducida por Tinder también revela que el problema no es puramente romántico, sino de infraestructura. Si una plataforma no puede asegurar razonablemente que una persona es quien dice ser, cualquier promesa de compatibilidad carece de base. La IA puede detectar conductas sospechosas, imágenes reutilizadas o patrones asociados a cuentas falsas; sin embargo, una verificación más intensa supone recopilar información sensible. El avance contra el fraude puede abrir, al mismo tiempo, una discusión legítima sobre privacidad, conservación de datos biométricos y vigilancia comercial.

Para los usuarios, el beneficio potencial es evidente: menos tiempo perdido, menos exposición a perfiles fraudulentos y recomendaciones que tengan en cuenta intereses, estilos de comunicación o objetivos relacionales. Para las empresas, el incentivo es igualmente claro: una mejor selección puede elevar la retención, aumentar las conversaciones y recuperar suscripciones. Para anunciantes e inversionistas, la IA ofrece una narrativa de crecimiento en un mercado que ya no puede depender únicamente de sumar descargas. Sin embargo, los intereses de esas partes no siempre coinciden. Una plataforma puede optimizar la interacción y no necesariamente la formación de parejas duraderas, porque un usuario satisfecho que abandona la app sigue siendo, desde el punto de vista comercial, un cliente perdido.

Grindr y Bumble muestran que no hay una sola crisis

El desempeño de Grindr confirma que sería un error hablar de decadencia uniforme del sector. En el primer trimestre de 2026, la compañía reportó ingresos de US$130 millones, un aumento del 38% frente al mismo periodo del año anterior, y alrededor de 15 millones de usuarios activos mensuales. Su fortaleza no depende solo de facilitar citas. La plataforma se ha expandido hacia una función social más amplia, donde comunidad, identidad, información local y conexión inmediata conviven. Esa posición responde a una necesidad específica que las plataformas generalistas no siempre cubren con la misma profundidad.

Bumble representa otro tipo de corrección. La empresa abandonó la regla que exigía a las mujeres dar el primer paso en las conexiones heterosexuales. La decisión tiene una lectura empresarial y cultural. Su mecanismo fundacional buscaba reducir dinámicas agresivas y redistribuir el control en un entorno históricamente desigual, pero también trasladaba a muchas usuarias una carga adicional: iniciar, sostener y decidir conversaciones en un contexto de fatiga digital. Permitir que cualquiera escriba no equivale necesariamente a renunciar a la seguridad; significa admitir que una norma distintiva puede perder eficacia cuando las conductas reales de los usuarios cambian.

La controversia es inevitable. Algunos usuarios pueden interpretar el giro de Bumble como una renuncia a una propuesta de valor diferenciada. Otros pueden verlo como una adaptación necesaria para evitar que la interacción se estanque. El punto central es que la igualdad en las plataformas no se resuelve con una sola regla de diseño. Depende de herramientas de moderación, controles de consentimiento, filtros, mecanismos de denuncia, transparencia en las recomendaciones y normas que no castiguen desproporcionadamente a quienes buscan protegerse.

El riesgo de automatizar la compatibilidad

La tercera conclusión es que la promesa de “mejores coincidencias” debe examinarse con cautela. La compatibilidad no es una variable estable comparable con una preferencia de consumo. Las personas pueden querer relaciones distintas en momentos distintos, expresar deseos contradictorios o cambiar al conocer a alguien fuera de pantalla. Un algoritmo puede inferir patrones a partir de mensajes, elecciones y datos declarados, pero también puede reforzar los sesgos inscritos en esos datos: raza, clase, edad, apariencia, nivel educativo, ubicación o normas de género.

Existe además un riesgo de opacidad. Si una persona recibe pocos perfiles o siempre perfiles similares, difícilmente sabrá si responde a sus propias preferencias, a una inferencia del sistema o a una decisión comercial destinada a impulsar una suscripción. La reducción del universo puede aliviar la fatiga, pero también puede estrechar artificialmente las oportunidades. El catálogo infinito era extenuante; un filtro demasiado cerrado puede convertirse en una jaula invisible. Por eso, las plataformas deberían ofrecer explicaciones comprensibles sobre por qué recomiendan a alguien, opciones claras para ajustar criterios y vías reales para salir de la personalización automatizada.

La seguridad introduce otra tensión. Las verificaciones biométricas y el análisis de comportamiento pueden reducir perfiles falsos, extorsiones y estafas sentimentales, problemas especialmente dañinos para usuarios vulnerables. No obstante, centralizar fotografías faciales, patrones de actividad, preferencias íntimas y conversaciones en grandes empresas tecnológicas amplía el impacto potencial de una filtración, un uso secundario de datos o una solicitud gubernamental. En aplicaciones vinculadas a orientación sexual, identidad de género o ubicación, el coste de una brecha puede ser mucho mayor que una pérdida económica.

La próxima ventaja será crear contexto

El escenario más probable no es la desaparición de las apps, sino su fragmentación en modelos con funciones distintas. Las plataformas generalistas seguirán necesitando escala, pero competirán por demostrar que convierten coincidencias en relaciones, amistades o encuentros valiosos. Las apps de nicho podrán ganar relevancia donde la afinidad cultural o identitaria sea más importante que el volumen. Los eventos presenciales, las comunidades temáticas y las recomendaciones más deliberadas tendrán un papel creciente porque aportan elementos que una foto y una biografía no capturan: química, comportamiento, intereses compartidos y señales de confianza.

La IA será útil cuando funcione como asistencia y no como autoridad final. Puede resumir conversaciones, detectar riesgos, sugerir compatibilidades o evitar que el usuario se pierda en una oferta excesiva. Debería ser menos convincente cuando pretenda definir qué tipo de persona “conviene” a alguien basándose en registros parciales y sesgados. El éxito sostenible no dependerá de automatizar por completo la elección afectiva, sino de diseñar sistemas que devuelvan control, contexto y seguridad a las personas.

La paradoja final es clara. La digitalización desmanteló al casamentero tradicional porque parecía lento, limitado y demasiado dependiente de las redes sociales heredadas. El swipe radicalizó la autonomía, pero convirtió el exceso de opciones en una carga. Ahora la industria quiere recuperar la función de mediación mediante algoritmos más sofisticados. La cuestión decisiva no será si la inteligencia artificial encuentra mejores parejas, sino bajo qué reglas decide, qué datos utiliza, a quién deja fuera de la vista y si su promesa de compatibilidad sirve a los usuarios o principalmente al negocio de mantenerlos conectados.

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